Nos gusta la mente imperturbable más que a un tonto un lápiz. Lo de plantar el culo en el suelo durante una hora ya es otra cosa, pero el zen mola. El zen del kendo, su sabiduría, su filosofía.

Aunque no era nuevo, el kendo se implanta en Europa y América como parte del pack del vencedor, en una ola colonial que lo mismo exportaba sake barato que conocimiento. Llegaban los 60 y había hambre. Occidente se asomó al kendo como al budismo Zen: dos pozos muy, muy hondos donde no se oía el eco de la moneda. Y como ya sabemos que no hay nada que venda mejor que el misterio, tiramos unas cuantas monedas más. Seguimos tirando monedas en busca de lo que Geoff Salmon, acertado como siempre, llama instant dharma.

Porque hay un kendo pop de anuncios de whisky y asesinos impostores, y hay un zen pop de caligrafías, tatamis e incienso, que se parece al auténtico estudio de la Vía casi tanto como yo a un torero. Un Zen de consumo rápido que, cuando se junta con el budo, nos ofrece momentos antológicos.

 combate-zen-artes-orientales-karate-kendo-arqueria-zen_MLU-F-3110681514_092012Satori a guantazos

En la década de los 70 y 80 proliferaron títulos como este Combate Zen. Se trataba, básicamente, de despertar el interés del lector al que no atraían las artes marciales por meramente deportivas o violentas. Para trascender en diez fáciles lecciones, libros como este describen principios de Tai Chi, Yoga o meditación. Avalados por el mismísimo sabio Daruma, ojo. Después de un largo periodo de meditación en una cueva, el sabio dijo: “Hacer la guerra y matar es malo, pero también es un error no estar preparado para defenderse. No tenemos cuchillos, así que hagamos una daga de cada dedo; nuestros garrotes han sido confiscados, así que convirtamos cada puño en un garrote; no tenemos lanzas, pero de cada brazo hagamos una lanza y de cada mano abierta una espada”. ¡Y con más de cien ilustraciones!

Yukio Mishima

Confieso que le tengo ganas a este señor desde antes incluso de empezar esto. Para muchos el último samurai; para otros, un hombre profundamente atormentado. Dos de sus relatos se dedican a la espada, aunque con protagonistas modernos: Ken y Harakiri. Los dos terminan, como otras de sus obras, con el suicidio. En la segunda sólo hay muerte. El seppuku de Mishima es el de un soldado que elige mal el bando, el de un líder que no está a la altura. Muertes que parecían existir, como la suya propia, antes que los actos que las provocaron.

La obsesión de Mishima sublima el hecho, precisamente, de que no era samurai. De serlo, habría valorado su propia sexualidad, y su propio tiempo, con más indulgencia. Sus letras y sus trabajos en cine respiran un concepto del honor y del sacrificio que suena a antiguo, a tradición y sabiduría. Pero la cosa es que no lo eran. El ritual que describe y que él mismo representó fue en su época, de hecho, arma política, una forma de ejecución y, para notables intelectuales bushi, una horterada.

Triunfa en los negocios como hacían los samurai

O cómo un señor que se apellida De Mente hace carrera como formador de ejecutivos gracias a sus libros Estrategias Samurai: 42 secretos marciales del Libro de los Cinco Anillos y El Código Samurai: cinco estrategias para el éxito. Los libros de Bushido for Business están muy a tope desde hace tiempo, pero un libro como Los Cinco Anillos, disponible en cualquier librería y pirateado mil veces, no esconde secretos, salvo quizá que es un tratado de técnica marcial que no pretende despertar la iluminación de nadie, ni siquiera de los coetáneos de Musashi. Mucho menos exportar la experiencia de combate individual al éxito en los negocios corporativos.

El credo samurai

No tengo espada: yo hago de mi no mente mi espada. No tengo armadura: yo hago de mi no mente mi armadura. Llevo un par de años intentando encontrar la fuente de este poema anónimo que unos fechan en el siglo XIV y otros en el XVIII.

Resulta que la primera vez que aparece esto es en el libro La sabiduría de las runas (1993) de un tal Ralph R. Blum, autor a su vez de Curación con runas y Runas: antigua sabiduría para un nuevo milenio. Pero a su vez, Blum pudo haberse inspirado en el Credo del Ninja, que también circula por ahí y que, por lo visto, está tomado de la serie de novelas de El Ninja Blanco, de Eric Van Lustbader, de 1985. Ahora cada vez que lo veo colgando en un gimnasio, centro de meditación o balneario urbano me da la risa tonta.

Los protagonistas de la maravillosa Sabiduría Garantizada, de Doris Dörrie, viajan a Japón en busca de este kaiten zen. Acaban pidiendo en el metro de Tokio antes de llegar siquiera al monasterio. Una mezcla de casualidades y perseverancia les conduce por fin hasta el retiro, donde aprenden (como nosotros) a base de madrugones, agujetas y dolor de pies. Otros siguen echando monedas al pozo.