¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Tag: toshiro mifune

El post de Los Siete Samurais

En 1950, Akira Kurosawa llevó el cine de samurais al mainstream mundial con un ejercicio narrativo disfrazado de cine de época: Rashomon. Académicos, cineastas y críticos se pusieron en seiza y se dejaron seducir por una cinematografía de bambú, kimonos, guerreros con katana y amantes crucificados, que parecía haber vivido aislada del mundo exterior.

Nada más lejos. Los cineastas japoneses se sabían al dedillo parámetros como el expresionismo, el cine negro, y en el caso de Kurosawa, el western. Un género al que este otaku al revés reverenciaba con tanta pasión como Luis Buñuel le profesaba.

Uy, perdón. Me he liado.

En 1954, el festival de Venecia volvió a ovacionar un estreno de Akira Kurosawa: Los Siete Samurais. Una historia que no arranca con la llegada del tren pero sí con las penurias bajo el sol de una aldea de campesinos olvidada en mitad de un feudo cualquiera. Un territorio sin ley donde forajidos enmascarados campan a sus anchas. El Daimyo no va a aparecer para mantener el orden y nadie le espera.

Hasta que el viejo Gisaku tiene una idea: alquilar ronin como protección. Con el inconveniente de que para contratar ronin hay que pagar, y en la aldea no quedan más que unos pocos sacos de arroz. Afortunadamente se cruzan con Kenbei, un viejo y curtido samurai que acepta el trabajo por comida, aunque de lo que Kenbei está realmente hambriento es de dignidad. Kenbei es menos que un samurai sin señor: es un samurai derrotado en batalla. Su profundo sentido de la ética no le ha ayudado a mantener su clase social. Al viejo ronin se une Shichiroji, un antiguo camarada; dos guerreros venidos a menos que pasaban por allí; Katsuhiro, un chaval que desea convertirse en samurai más que nada en el mundo… a pesar de no ser de familia samurai, sino el hijo pequeño de un rico comerciante. Un pie tierno, vamos. Y por último, Kikuchiyo. Un mangante borracho, gambitero y lenguaraz. Un saqueador de cadáveres, un Han Solo con katana. Sabe mejor que los viejos samurai lo que significa sobrevivir, precisamente, a los abusos de los samurai.

Kikuchiyo (que por supuesto tiene la cara de Toshiro Mifune) es un campesino disfrazado. Un samurai de mentira.

Porque esto no es cine de samurais. Es cine de Kurosawa. Y ya sabemos que a Kurosawa (y a su guionista habitual, Hideo Oguni) le chiflan los perdedores.

En muchas películas del maestro el concepto de clase u honor se sostiene simbólicamente sobre la ausencia de armas: la princesa Yuki de La Fortaleza Escondida no lleva una espada, pero sí una vara de bambú. En este caso, los ronin llevan sus armas, tienen que luchar para sobrevivir. Gorobei y Kyuzo son maestros del arco y la espada: su habilidad no les ha llevado a ser ronin, sólo la mala suerte. Lo que sí define a Kikuchiyo es su forma de llevar el sable, a lo loco y de cualquier manera. Un desprecio a la casta que mató a sus padres; y otro recordatorio de que el hábito, o los accesorios, no hacen al guerrero, ni le da un alma, ni nada de nada.

En cambio, un elemento simbólico clave para describir el viaje interior de los personajes es el vestuario: samurais y campesinos arrancan la película casi desnudos, con harapos el más afortunado. Algunos terminarán la película [OJOCUIDAO] muertos, pero todos vestidos, limpios. En una cultura que ha hecho de la higiene una obsesión y de la etiqueta una religión, no es este un detalle de atrezzo.

Otro elemento fundamental es el clima. Un sol abrasador al principio, lluvia y barro en los peores momentos, y por fin ls primavera y con ella la siembra del arroz. En los Jidai-geki de Kurosawa es frecuente la presencia de campesinos entre los personajes principales. En esta obra, los samurai sólo podrán ganar la batalla (y por ende recuperar su honor) aliándose con los campesinos de la aldea; y estos, a su vez, tendrán que aprender a armarse con lanzas y mosquetes y luchar a brazo partido si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. Unos y otros trascienden las normas de clase que regían el Japón del Shogunato.

Es este un tema clave para entender esta película, ni mucho menos insólito en el cine japonés, pero con el aditivo de que no hay un precio a pagar por trascender la clase: en esta historia [OJOCUIDAO] las cosas salen bien. Hay muchos muertos, como no podría ser de otro modo (tenía que venir Joss Whedon a recordarnos a los gaijin que cuando te pegas con los malos alguien muere siempre). Pero esas muertes son sacrificios por el bien mayor: la derrota de los forajidos y la supervivencia de la aldea. Las muertes no son un precio a pagar. Kenbei y Shichiroji han sobrevivido a la batalla, otra vez, ahora satisfechos. Katsuhiro se encuentra a sí mismo, pero no muriendo heroicamente sino luchando nada más, porque ha encontrado el amor por el camino y ahora siente esa tierra como suya. Sus errores tienen consecuencias graves, pero nadie ve necesario sajarse las tripas por ello. Hay tiempo para el humor, y para que los campesinos entiendan que se lo tienen que currar solos. Una apuesta por la iniciativa individual en un periodo donde todo parecía estar medido y marcado por las castas. Hay quien ha visto en esto un mensaje sobre la modernidad: a partir de ahora, es el tiempo de los campesinos. El samurai, lo que quiera que signifique esa palabra, se hace.

 En 1960 John Sturges decidió adaptar al western Los Siete Samurais, demostrando que no se había enterado de nada pero dando lugar a una de las mejores películas del Oeste. Los siete magníficos fue a su vez carne de remake en la desparramada Los siete magníficos del espacio (escrita, por cierto, por un jovencísimo John Sayles) y se habla de una nueva versión. La historia de Kurosawa y Oguni sigue estando entre las más prestigiosas cintas de todos los tiempos, y se sigue cargando la idea que tenemos del guerrero impoluto, bondadoso por genética y atado a una reluciente espada.

 

Ahora acaba de salir una nueva edición de sus tres horazas en BluRay, restaurada por la Colección Criterion y con todos los extras que un fan pudiera soñar. Desde ayer se puede ver online en Filmin.

Referencias:

Chris Fujiwara: Cannon Fodder: what it means to call Seven Samurai a great film.

Aint’it Cool News: Nordling’s Samurai Sunday. Seven Samurai.

GIZMODO: How Criterion restores a film.

El post de La Fortaleza Escondida

¿Cómo se representa al samurai en la ficción? Entre miércoles pop y miércoles pop vamos a ir viéndolo de vez en cuando. El análisis fílimico se lo dejamos a los que saben, y aquí nos vamos a enredar con las cosas que nos gustan.

Hacia el final del segundo acto de La Fortaleza Escondida, los protagonistas son descubiertos y atacados en medio del bosque. El pánico se apodera de los dos campesinos, Tahei y Masakishi, y el General Rokurota Makabe se dispone rápido a proteger a la princesa Yuki.

La princesa, sin embargo, se sienta en un tocón.

Ya nos habían dicho al principio que el comportamiento de Yuki Hime sería inusual: su padre el Daimyo la educó como a un varón y la preparó para heredarle. Monta a caballo, grita, se cabrea y baila. No llega a tocar una espada ni una alabarda: su arma favorita es una irónica vara de bambú. Pero da igual: no tenemos duda de que estamos ante una guerrera. Nos lo dice la escenografía: una samurai de principio a fin.

en el escondite

en el escondite

Escena final de La Fortaleza Escondida (1958) de Akira Kurosawa, con Toshiro Mifune. Este plano os recordará a Star Wars, y con razón.

en el castillo
(sí, en efecto)

O puede que no.

 

 

 

 

 

 

D. Trull escribe sobre La Fortaleza que, siendo el más jidai-geki de los jidai de Kurosawa, no lo es en el retrato de sus personajes: ni Yuki es una doncella inocente ni Makabe es simpático o siquiera heroico; y los dos se pasan la película con los pantalones arremangados, como un campesino cualquiera. No es algo nuevo: La Fortaleza es de 1958, posterior a Los Siete Samurai y a Donzoko, que también contaron con Toshiro Mifune encarnando a samurais guñones, borrachos, que no tenían etiqueta ni la conocieron. Precisamente es a través de sus antihéroes como Kurosawa explora el concepto del honor, que él asocia siempre a la lealtad. También en su obra de ambiente moderno: si alguien no ve que Duelo silencioso es un drama samurai, es que no sabe de qué van las películas de samurais.

En este caso, Makabe y Yuki no son ronin sino fugitivos disfrazados, pero su condición de nobles también es puesta en cuestión durante el viaje. Yuki Hime asume su deber no sólo para con su familia sino para con la humanidad: es la muerte de otra adolescente, la hermanita de Makabe, la que le da la oportunidad de sobrevivir y contraatacar, y condicionará su relación con los dos campesinos, con sus generales, y con el resto de la población. Kurosawa, dado a la metáfora, hace a la princesa jugarse el pellejo para salvar a una campesina de su edad.

Probablemente, lo que la escenografía nos dice es que Yuki tiene el espíritu, pero la posición tiene que ganársela. Es la misma princesa en el tocón y en el palacio, pero ya no es la misma persona.

Tampoco es convencional el uso de las armas. La Fortaleza Escondida es un drama de época (jidai-geki), no una “película de katanas” (Chanbara, género de acción, pero no necesariamente sobre samurais). Apenas hay combates. Makabe desenvaina una vez y no corta  a nadie (para eso hay que esperar a Yojimbo). Yuki se las apaña con una vara de bambú. Y, sin embargo, la intencionalidad de ambos elementos es clarísima:

Cartel original en japonés de  La Fortaleza Escondida (1958) de Akira Kurosawa, con Toshiro Mifune. Logo de la Toho en la que fue su última producción con Kurosawa

Cartel original de la película

A pesar de la mística que relaciona al bushi con su espada, los instrumentos de batalla a partir del periodo Edo eran la alabarda, el arco y el arcabuz. El arma icónica de las mujeres de casta samurai era la naginata. Si entraban en combate lo hacían para tener ventaja y resultados, no para relacionarse místicamente con nada.

Fotograma de La Fortaleza Escondida, de Akira Kurosawa (1952) con Toshiro Mifune y la princesa Yuki con su vara

Poder de la vara

Pero esta vara de bambú sí es un símbolo, no un arma. Es una espada. Yuki no puede ir armada puesto que va disfrazada de campesina, pero la vara representa ese rango que se está ganando por el camino. En otro fotograma famosísimo, el estandarte de su padre se sobreimpresiona sobre el rostro de la joven. Otro atributo samurai, y eminentemente masculino.

El cine histórico de la época no representaba a las mujeres nobles de esa manera: hasta los años 60, la característica que define a estos personajes es el pudor. Yuki, ya lo hemos dicho, no se representa pudorosa, ni física ni emocionalmente; y abre la puerta a esas heroínas pulp de la década siguiente.

La vara de Yuki me recuerda a las viñetas de Forges, cuando doña Concha persigue al inútil de su marido con una batidora de mano. En una película sembrada de elementos humorísticos, este es probablemente el único que se permite la protagonista.

Antes refería que si alguien no ve Vivir o Duelo Silencioso como películas de samurais es que no sabe de qué van las películas de samurais. Kurosawa sostuvo siempre que con La Fortaleza quería entretener y nada más, pero las metáforas y la subversión de la iconografía siguen siendo suyos y de sus guionistas habituales: Ryûzô Kikushima (Trono de Sangre) y Hideo Oguni (Vivir y Los siete samurais). Nos demuestran de nuevo que eso que llamamos honor o valor no tiene nada que ver con la clase, el género, la época o la posición internacional de un país como Japón, intentando entenderse a sí mismo desde entonces.

 Referencias

© 2017 ¿que haces QUÉ?

Theme by Anders NorenUp ↑

A %d blogueros les gusta esto: