El 25 de noviembre de 1970, el escritor Yukio Mishima entró en el cuartel general del ejército en Tokio con intención de liarla parda. La performance terminó como había previsto: con su propio suicidio y una entrada automática en el imaginario popular japonés.

Paul Schrader no podía dejar de lado una historia semejante: ya había escrito Taxi Driver y la injustamente maltratada La costa de los mosquitos, entre otras historias de antihéroes. Tenía que escribir y dirigir Mishima: una vida en cuatro capítulos. Una producción americana rodada íntegramente en japonés, con Phillip Glass dándolo todo y Francis Ford Coppola y George Lucas a los números, en su afición de producir películas personalísimas y arriesgadas mientras los más tontos seguimos haciendo chistes de midiclorianos.

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Mishima: una vida en cuatro capítulos

Aunque llaman a Schrader un narrador de los excesos, sería más apropiado hablar de la contradicción. A pesar de su teatralidad hay poco o nada de excesivo en Mishima: lo que pudiera darse en el personaje real se pone al servicio de una intensa coherencia íntima. La muerte es origen, catalizador y motor de cada momento, no podía ser de otra manera. Pero cuando todo alrededor parece venir muerto de casa quizá la única respuesta posible sea la locura, el seppuku o el insomnio paranoide de Travis Bickle.

A Schrader no le interesa el biopic: el hombre Yukio es un personaje casi inadvertido en un relato en blanco y negro. Sólo merecen color las tres novelas que dan estructura al relato y la performance del día de su muerte. Y como obra y muerte parecen sinónimos, el sol anaranjado inunda toda la tercera parte, que Schrader tituló “Acción”.

 

La delicada narrativa de la obra maneja ese tercer capítulo en torno a la novela Caballos desbocados, que toca tangencialmente la práctica del kendo. Al protagonista, Isao, el shinai le sabe a poco, igual que el Japón en decadencia en el que vive. Isao cambia el shinai por la katana. La espada le acompaña en un atentado terrorista que acaba como el rosario de la aurora, un asesinato de consolación y finalmente en su suicidio ritual, lo único que le sale como ha planeado.

La dirección de arte estuvo a cargo de Eiko Ishioka, posteriormente escenógrafa del Drácula de Ford Coppola. Eishioka presenta el dojo escolar como un escenario, con la bandera japonesa a modo de telón. Durante todo el plano perdura la impresión de función de Navidad, y no precisamente por fallos en la técnica. Los kendokas son hombres crecidos, pero embutidos todavía en keikogis infantiles. Nada que ver con los policías de Sol Naciente: esto es todo de mentira. Isao lo sabe, y toma partido por lo auténtico. No hay vuelta atrás. Tampoco éxito.

El propio Mishima practicó kendo (era quinto dan) y también iaido, ambos relativamente tarde puesto que se inició con 33 años. Ken, uno de sus cuentos cortos, vuelve sobre el kendo para manifestar otra idea que flota en su obra: la vida de sacrificio, la trascendencia del propio cuerpo imperfecto como única excusa de la muerte. No hay espacio para el esfuerzo o la superación. Si no estás a la altura, sacrifícate o quítate de enmedio.  Una idea que, para alguien que ha salvado su vida gracias en gran parte al kendo, resulta profundamente perturbadora.

Fotograma de El pabellón dorado, primera parte de la película

¿Se sentía Mishima imperfecto? El blanco y negro nos habla de un niño enfermizo, de una abuela tiránica, de una homosexualidad reprimida, aspectos folklóricos de su leyenda; pero adivinamos en ese blanco y negro una frustración permanente y una profunda soledad. Según la tesis de Schrader, el gran drama de Yukio Mishima fue no poder librarse de la máscara que confesaba soportar en su primera obra. Un niño al que el abuso le parece normal, un pensador al que nadie escucha. Un hombre que va llegando tarde a los momentos decisivos de su vida y decide transformar su muerte en una opción estética, porque es la única decisión libre que le queda.

Cabe pensar si el Japón mítico que añoraba Mishima existió siquiera alguna vez. La película nunca ha sido estrenada en el país: Schrader señalaba al sol, pero la extrema derecha nipona, obsesionada con las alusiones a la homosexualidad del escritor, se quedó mirando al dedo. Dice el director que aún hoy los japoneses no saben qué pensar sobre Mishima. Escribió y murió solo: según los testigos su sepukku fue una chapuza infernalmente dolorosa que implicó varios tajos y dos personas para decapitarle, pues su kaishakunin resultó incapaz tras varios intentos. Pero el acto logró trascender en gran manera su trayectoria vital y fue lo que en definitiva le convirtió en un icono. Tanto que cuesta encontrar algunas ediciones de sus novelas, pero no fotografías de su cadáver en Internet.

Mishima ha sido remasterizada en la colección Criterion.

Eiko Ishioka homenajeó en su trabajo el mediometraje Patriotismo (Yukoku) , una de las breves incursiones de Mishima en el cine, que puedes ver aquí.