¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Tag: keikogi

Bueno, ¿y qué keikogi me compro?

Aunque la ZNKR recomienda llamar kendogi a nuestra chaqueta de kendo, todavía utilizamos keikogi ya que es el término que más aparece en las búsquedas. Esperamos ir sustituyéndolo progresivamente.

Algunos amigos novatos nos han preguntado por la ropa. La mayoría compramos a través de nuestros dojos: casi todas las tiendas de kendo y iaido tienen programas de descuento para clubes y te saldrá más económico que si compras por tu cuenta. Sin embargo, no siempre se puede esperar al pedido.

Los factores principales a la hora de elegir kendogi (o iaidogi) y hakama son tu grado de ACTIVIDAD y los GASTOS DE ENVÍO. Con actividad me refiero a elementos como la dedicación y el tiempo: no podemos pedirle lo mismo a un keikogi de iniciación que al que queremos lucir en exámenes o campeonatos; ni tenemos en cuenta lo mismo si vamos a utilizarlo de vez en cuando que entrenando cinco días a la semana. Los gastos de envío pueden determinar que elijamos una tienda u otra.

También puedes comprar directamente en Japón

Entre los iaidokas, muchos disponen de un uniforme específico de iaido para las ocasiones de vestir y se apañan con un kendogi para entrenar. Otros usan sólo ropa de iaido: depende de tus preferencias personales, tu escuela y tu presupuesto. Herberwest y yo utilizamos ropa de kendo en clase mientras que Saki prefiere vestir el negro (con perdón) todos los días.

Al final hicimos lo que hacemos siempre: preguntar por ahí. Estas son las marcas más populares entre kendokas y iaidokas. Para facilitar la lectura, he dividido el post en apartados:

KENDOGI Y HAKAMA BÁSICOS (TETRON) E INTERMEDIOS (ALGODÓN)

  • Kendoshop: Hasta hace poco, la tienda por defecto. Coreanos, mis dos sets de kendogi y hakama son suyos y el primero, su set de kendogi y hakama de iniciación, lleva diez años conmigo. Su línea intermedia es Budongsim. Algodón en ambas piezas por menos de 200 euros, y “aguanta mucho trote” según nos han asegurado sus propietarios.

Sin embargo yo no compro en Kendoshop. El envío es caro y la información de su web es prácticamente nula: tienes que adivinar por las fotos.

  • Nine Circles: británicos, empezaron distribuyendo Kendoshop en Europa. Ahora están haciéndole bastante pupa a los gigantes. Herberwest hace iaido a diario con su kendogi y hakama de iniciación, de su marca Tengu. Es sufrido para usarlo en kendo, pero lo bastante ligero como para iaido.

Set de kendogi y hakama de iniciación Tengu (9Circles)

En kendogi y hakama de algodón Nine Circles distribuye la marca Miyabi, aizome. Miyabi es también su marca de iaidogi, muy recomendable aunque con una particular anchura en el hakama que no la hace demasiado estética para los muy delgados.

Nine Circles es una tienda muy recomendable tanto por lo ajustado de sus portes como por la propia experiencia de compra: informativa, detallada y con amplia oferta de productos básicos, de precio medio y superiores.

Eurokendo: También británicos. La incesante actividad de Mr. Park en los cursos de Europa supone una ventaja, pues puedes encargarle el material y recogerlo en mano en algún evento. También lanza ofertas a menudo, aunque sus gastos de envío son más altos que Nine Circles. Además, las últimas remesas de básicos parecen haber bajado la calidad, a decir de Javi Armendáriz de Kendo Navarra. Sin embargo son los elegidos de José Zamora, instructor de Makoto Shin Kai, para su práctica diaria.

AIZOME Y TEJIDOS SUPERIORES

  •  All Japan Budogu: Directos desde Japón, la marca de Andy Fisher empieza a pegar fuerte entre los kenshis españoles. Más de uno le tenemos muchas ganas a sus shinais. Y aunque no son baratos, sus precios son ajustados y la calidad de sus materiales es innegable. Tienda física en Japón para peregrinos y gastos de envío gratuitos.

Kendogi modelo Hayabusa de All Japan

  • Mitsuboshi: una leyenda. La marca de kendogi y iaidogi que compras para ESE examen o ESE campeonato. La puesta de largo de todo budoka. Algodón de primera calidad, tinte aizome. No bajan de los 100 euros pero durarán toda tu vida. Los distribuye en Europa Budoexport, que aunque desgraciadamente cerró su web en español en 2013, sigue vendiendo a España (y que tiene su propia marca, Seido, también japonesa pero más económica).

Hakama Aizome “Shuho” Mitsuboshi – Bushu #11000 (Budoexport)

IAIDOGI Y HAKAMA DE IAIDO

Los líderes son Mitsuboshi y KUSAKURA. Excelente caída en el hakama y resistencia al roce. Las distribuye Budoexport y la veterana BUDOYA: Yoshihiro Hitomi lleva dos décadas vistiendo y armando a los iaidokas de España desde su sede en Valladolid.

Hakama de Mitsuboshi, Iaidogi de Kusakura, todo de BudoYa
(si lo sabré yo que son los míos)

 

Desde el otro lado del Atlántico, los kenshis argentinos del Dojo Kodenkai nos recomendaron una marca japonesa veterana, SANKEI,  que distribuye internacionalmente desde su delegación australiana. Amplio rango de calidades y precios y gastos de envío asequibles, en comparación con Tozando, que es con diferencia la más exclusiva.

Existen muchas más marcas disponibles para los peregrinajes a Japón: es pecado pasar por Kyoto y no traer nada. Sin embargo, a partir de aquí entran en juego aspectos tan delicados como el sentir de la ropa y por supuesto el volumen de tu cartera. Lo que te podemos asegurar es que lo que inviertas en tu kendogi y hakama te ayudará a aprovecharlos durante más tiempo.

Cuentos de hakamas y lavadoras

Últimamente nos preguntan en Twitter sobre cuidados del hakama. Aunque existen varios recursos en Internet sobre cómo lavar el hakama (¡y cómo plancharla!), voy a contaros cómo lo hago yo y cómo lo hacen otros budokas.

Como sabéis existen dos tipos de tejido del hakama, algodón (de varias calidades) y poliéster, de varias gamas también. Las hakamas de iaido y aikido suelen ser de mezcla de algodón o de tejidos sintéticos para favorecer el planchado, porque AY EL PLANCHADO. En ocasiones habréis leído “hakama algodón 100% #8000″: esta cifra se refiere a la densidad de la tela. Un hakama #8000 será de tejido intermedio, y uno #12000 mucho más denso y de más peso. Sin embargo, más peso también requiere algo más de experiencia moviéndose con hakama: no es para principiantes, aunque una vez aprendes a moverte con la de algodón aporta una sensación mayor de estabilidad y firmeza.

Hablando en concreto de hakamas de kendo, los tejidos más densos se tiñen en índigo, tinte natural que en japonés se conoce como aizome. Y el índigo destiñe. Destiñe mucho. Recuerda cómo desteñía al principio tu bogu, que también se colorea en índigo. El aizome también le da al kendo su particular olor. Hay más información sobre el proceso en el blog de Budoexport.

Un hakama de kendo de algodón índigo (o un hakama de aikido negro) donde mejor se lava es en la tintorería, esto es así. Antes de un examen le darán un buen repaso y la plancharán como es debido, y te preocuparás de una cosa menos… siempre y cuando hayan visto antes un hakama, porque no serías el primero al que le hacen ocho tablas en vez de siete. Cada dojo conoce una de confianza, aunque basta con explicarlo antes.

Cuando la tintorería no sea una opción, es imprescindible lavar en frío: suele recomendarse un lavado previo a mano, en barreño, antes de usarla. Hay quien añade soluciones de vinagre (una taza por cada cinco litros) para fijar el tinte y que suelte lo menos posible. También hay budokas que siempre lavan así su hakama. El tiempo de remojo oscila entre varios cambios de agua cada 30 minutos durante un par de horas hasta seis horas. Yo no he pasado nunca de una. En todo caso hay que remojarla plegada y doblada, sin abrir. Una vez se retira el agua (con muchísimo cuidado: recuerda que el índigo destiñe) se tiende al aire pero cuidando que no le dé la luz solar directa: puede que por un rato no pase nada, pero tanto los tintes naturales como los sintéticos se acaban perdiendo por exceso de sol. Para que no pierda la forma, se mantiene el doblado del hakama con varias pinzas.

Entonces ¿no se puede lavar un hakama de algodón en lavadora? La respuesta es sí PERO. Si tienes una lavadora moderna, con ciclos fríos para tejidos delicados sin centrifugar, adelante. Si no te fías de tu lavadora o no la entiendes, mejor que no. En el primer caso ahorrarás tiempo y tan sólo tienes que hacerte con una bolsa de ropa interior para lavadora donde meter el hakama plegado: si la bolsa es más grande que tu hakama, ajústala con pinzas de tender. Y por supuesto, siempre sola. El índigo (adivinad) destiñe, pero también algunos tintes sintéticos en un primer lavado.  Y nunca usar detergente.

Esto es un yukata de Minna No Kimono, pero para que os hagáis la idea

Los hakama de tejidos sintéticos son más fáciles de mantener, pero cuidarlos hará que duren muchos años. La mayor diferencia (aparte del precio) es que no destiñen, y además se pueden planchar en casa con un poco de maña. Se aconseja no usar nunca secadora: yo ni siquiera tengo, de modo que no puedo decir si es o no es recomendable. Mis dos hakamas de tetron (una especie de poliéster inventado en Japón) van a la lavadora con un programa de 30-40º, con detergente suave y en compañía de mis prendas de algodón. No las lavo cada semana como el keikogi, y para ser honesta no siempre las plancho tabla por tabla sino a vapor una vez dobladas y anudadas, pero no se lo digáis a nadie.

Tengo otras dos hakamas para iaido: la que uso a diario es un hakama de aikido de Decathlon con el hera hecho con una lima de pies (cortándole la piedra pómez y lijando los bordes: tres años como una rosa). Es una mezcla de 65% poliéster con apariencia de algodón, dura, resistente a los kata de suelo y a casi cualquier lavado. Mi keikogi y hakama de Mitsuboshi (los de los domingos) son de la misma mezcla pero mucho más ligeros. No suelo lavar ningún hakama de iaido más que una vez al mes, salvo accidentes. Y en el caso del dogi de bonito les doy un lavado en bolsa, similar al de un hakama de algodón, para proteger el bordado, con detergente suave. Y en todos los casos procuro protegerlas de la luz directa.

Hay una buena razón para cuidar nuestro dogi, y es que el kendo (y el iaido, y el aikido) es caro. Sí, también están esas cosas del respeto y la etiqueta y la tradición y… qué demonios, no voy a negar que cuido todavía de mi primer shinai (con el que ya no entreno) y de mi primer kendogi y hakama, con los que entreno siempre, como si fueran de oro. Llevan conmigo muchos años de kendo y  espero que me acompañen muchos más.

5, 4, 3, 2, 1… ¡kendo!

Los más madrugadores empezaron la semana pasada. Otros empiezan esta. También los hay que no han parado y han ido empalmando cursos, y en América Latina no han tenido vacaciones porque su verano empieza en diciembre. Pero la cosa es que la temporada de kendo y iaido 2013-2014 arrancará en menos que canta un men.

Kendo: consejos y trucos para preparar la temporada que empieza

Are you ready?

Si has llegado hasta aquí buscando “clases de kendo” en Google, bienvenida/o y gracias: lo más sencillo es que eches un vistazo al directorio de dojos y te pongas en contacto con el que te pille más cerca. En Facebook también compartimos toda la información que nos va llegando de la comunidad kendoka hispana, pero lo mejor es que una vez sepas qué buscar les vayas siguiendo. Y para cualquier duda puedes escribirnos.

Si ya llevas a cuestas un ratito de kendo, probablemente nada de lo que vayas a leer a continuación te haga falta, pero bueno, son risas.

Preparar los trastos suele venir bien como calentamiento mental. Este año tampoco había mucho que preparar, dado que llevo sin hacer kendo desde mayo a causa de la %$”&ﻖﻗ ﻘ ﻙ ﻚ ﻛ ﻜ ﻝﻞ !$·”$! lesión, así que he aprovechado para hacer inventario. Entre los imprescindibles, de todos modos, están:

  • Reparar, lijar e hidratar el shinai: hay tantos tutoriales como kenshis, algunos realmente buenos. Además del impresionante flyer de SUPERMIAU para desmontar y montar el shinai, la kendosfera se nutre de propuestas a cuál más interesante para mejorar nuestro taller. Entre mis favoritas están los consejos de Aranami Madrid: la calidad y la originalidad de su propuesta de difusión va pareja a la calidad (y a la originalidad también) de este dojo madrileño donde entrenan algunos de los kenshis que más respeto.

Aunque no me he hecho un remojador de shinais “Aranami”, creo que será una herramienta más de mi katanero en el futuro. Su guía de mantenimiento y reparación de shinais es todo lo que necesitáis saber, y poner en práctica YA porque no se hace en diez minutos. Javier habla además en esta guía de las bondades del aceite de girasol frente a la linaza tradicional: durante años he defendido éste o el aceite de oliva que utilizaba mi abuelo, ebanista, con escaso éxito entre mis compañeros de kendo. Y lo cierto es que estos tienen varias ventajas sobre el aceite de linaza, además del precio y que se venden en cualquier parte. El aceite de linaza es muy sensible al calor. Y cuando digo “muy sensible” estoy pensando en una amiga que una tarde de agosto tuvo que entrar en su terraza-taller con un extintor que no hemos vuelto a utilizar.

  • Repasar el keikogi, y darle un remiendo al hakama. Si se ha perdido el hera y no se quiere encargar uno nuevo, hace un par de años me aconsejaron sustituirlo por una lima para pies. Se quita la piedra pómez con una lima de ferretería, se redondea el extremo, y a coser.
  • Inventario. Aprovechar las últimas rebajas de temporada para hacerse con unos leggins o un nuevo sujetador y repasar el botiquín. Y asumir que algunas cosas no tienen reparación por más Nivea que se gaste, y que dentro de poco habrá que comprar un par de kotés.
  • Calendario. Pensar. Expectativas. Eso hacía yo antes. Y eso he decidido que no pienso hacer. Lo tengo todo en la bolsa y la cita es el próximo renshu. Como mucho estoy pensando en todo eso que ya no voy a poder hacer porque estaré con todos vosotros, todas vosotras, entrenando.

Un keikogi índigo impostor

Este es mi keikogi. Hay otros muchos, pero este es el mío. Y aunque mi keikogi no es mi mejor amigo, lleva conmigo desde que empecé a hacer kendo y le tengo mucho cariño, así que procuro cuidarlo tanto como cuido mi iaito o el mejor de mis shinais.

Este es mi keikogi. Hay otros muchos, pero este es el mío. Y aunque mi keikogi no es mi mejor amigo, lleva conmigo desde que empecé a hacer kendo y le tengo mucho cariño, así que procuro cuidarlo tanto como cuido mi iaito o el mejor de mis shinais.  keikogi_ANTES  Todavía sigo entrenando a diario con mi primer keikogi y mi primera hakama. Son el modelo barato de Kendoshop que compré a través de mi dojo: algodón arriba y tetron abajo. Las costuras del hakama empiezan a acusar el paso de los años y he tenido que hacerle algún remiendo. Igualmente, el keikogi ha perdido color y el tejido se queda cada vez más rígido tras lavarlo; y eso que no tengo secadora y la calidad del agua de mi región es notable.  Así que todos los veranos le hago un tratamiento especial de belleza que consiste en:      Un paquete de tinte La Nave, tono azul marino, comprado en (qué raro) Mercadona. 1,70 €     100 ml de suavizante Lagarto comprado en la droguería de al lado. 1,25 €     Un bote de bicarbonato sódico traído del colmado o supermercado más cercano. 0,60 €     Lavadora.  Lo primero que hago es teñir el keikogi. Este tipo de tintes están preparados para lavadora, mucho más limpio y menos engorroso que teñir en barreño. Si la lavadora además es clase A, el consumo de electricidad y agua para un tambor sólo con el keikogi será menor y el gasto energético no se notará en la factura, porque vamos a hacer varios ciclos sólo con una prenda.  El paquete de tinte trae dos dosis: para un tinte normal basta con un sobre (teñí así un kaku obi en negro hace unas semanas). En el caso de mi keikogi empleo los dos sobres para que el resultado sea más uniforme. Pongo un programa rápido y en unos 20 minutos ya está teñido.  Normalmente no quedan restos de tinte (el centrifugado escurre el agua): por si acaso, el paquete trae un sobre de sales para hacer un ciclo de limpieza de tambor.  El paso siguiente es recuperar el tacto de la tela, también en la lavadora: meto el keikogi todavía húmedo con medio vaso de suavizante y dos cucharadas soperas de bicarbonato directamente sobre él. Un lavado rápido en agua fría y al tendedero:  keikogi_AFTER     Hala, hasta septiembre  Este es el resultado. No es un tinte índigo, claro está, pero con el tratamiento consigo recuperar parte del color y sobre todo la suavidad del algodón. Esta segunda parte se puede hacer varias veces al año, aunque siempre lo hago en primavera: entreno cinco días a la semana con él y no me da tiempo a secarlo en invierno. Espero que el truco le ayude a acompañarme otros ocho años.

Antes

Todavía sigo entrenando a diario con mi primer keikogi y mi primera hakama. Son el modelo barato de Kendoshop que compré a través de mi dojo: algodón arriba y tetron abajo. Las costuras del hakama empiezan a acusar el paso de los años y he tenido que hacerle algún remiendo. Igualmente, el keikogi ha perdido color y el tejido se queda cada vez más rígido tras lavarlo; y eso que no tengo secadora y la calidad del agua de mi región es notable.

Así que todos los veranos le hago un tratamiento especial de belleza que consiste en:

Lo primero que hago es teñir el keikogi. Este tipo de tintes están preparados para lavadora, mucho más limpio y menos engorroso que teñir en barreño. Si la lavadora además es clase A, el consumo de electricidad y agua será menor y el gasto energético no se notará en la factura, porque vamos a hacer varios ciclos sólo con el keikogi.

El paquete de tinte trae dos dosis: para un tinte normal basta con un sobre (teñí así un kaku obi en negro hace unas semanas). En el caso de mi keikogi empleo los dos sobres para que el resultado sea más uniforme. Pongo un programa rápido y en unos 20 minutos ya está teñido.

Normalmente no quedan restos de tinte (el centrifugado escurre el agua): por si acaso, el paquete trae un sobre de sales para hacer un ciclo de limpieza de tambor.

El paso siguiente es recuperar el tacto de la tela, también en la lavadora: meto el keikogi todavía húmedo con medio vaso de suavizante y dos cucharadas soperas de bicarbonato directamente sobre él. Un lavado rápido en agua fría y al tendedero:

Este es mi keikogi. Hay otros muchos, pero este es el mío. Y aunque mi keikogi no es mi mejor amigo, lleva conmigo desde que empecé a hacer kendo y le tengo mucho cariño, así que procuro cuidarlo tanto como cuido mi iaito o el mejor de mis shinais.  keikogi_ANTES  Todavía sigo entrenando a diario con mi primer keikogi y mi primera hakama. Son el modelo barato de Kendoshop que compré a través de mi dojo: algodón arriba y tetron abajo. Las costuras del hakama empiezan a acusar el paso de los años y he tenido que hacerle algún remiendo. Igualmente, el keikogi ha perdido color y el tejido se queda cada vez más rígido tras lavarlo; y eso que no tengo secadora y la calidad del agua de mi región es notable.  Así que todos los veranos le hago un tratamiento especial de belleza que consiste en:      Un paquete de tinte La Nave, tono azul marino, comprado en (qué raro) Mercadona. 1,70 €     100 ml de suavizante Lagarto comprado en la droguería de al lado. 1,25 €     Un bote de bicarbonato sódico traído del colmado o supermercado más cercano. 0,60 €     Lavadora.  Lo primero que hago es teñir el keikogi. Este tipo de tintes están preparados para lavadora, mucho más limpio y menos engorroso que teñir en barreño. Si la lavadora además es clase A, el consumo de electricidad y agua para un tambor sólo con el keikogi será menor y el gasto energético no se notará en la factura, porque vamos a hacer varios ciclos sólo con una prenda.  El paquete de tinte trae dos dosis: para un tinte normal basta con un sobre (teñí así un kaku obi en negro hace unas semanas). En el caso de mi keikogi empleo los dos sobres para que el resultado sea más uniforme. Pongo un programa rápido y en unos 20 minutos ya está teñido.  Normalmente no quedan restos de tinte (el centrifugado escurre el agua): por si acaso, el paquete trae un sobre de sales para hacer un ciclo de limpieza de tambor.  El paso siguiente es recuperar el tacto de la tela, también en la lavadora: meto el keikogi todavía húmedo con medio vaso de suavizante y dos cucharadas soperas de bicarbonato directamente sobre él. Un lavado rápido en agua fría y al tendedero:  keikogi_AFTER     Hala, hasta septiembre  Este es el resultado. No es un tinte índigo, claro está, pero con el tratamiento consigo recuperar parte del color y sobre todo la suavidad del algodón. Esta segunda parte se puede hacer varias veces al año, aunque siempre lo hago en primavera: entreno cinco días a la semana con él y no me da tiempo a secarlo en invierno. Espero que el truco le ayude a acompañarme otros ocho años.

Hala, hasta septiembre

Este es el resultado. No es un tinte índigo, claro está, pero con el tratamiento consigo recuperar parte del color y sobre todo la suavidad del algodón. Esta segunda parte se puede hacer varias veces al año, aunque siempre lo hago en primavera: entreno cinco días a la semana con él y no me da tiempo a secarlo en invierno. Espero que el truco le ayude a acompañarme otros ocho años de kendo.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por nuestro dojo más a menudo de lo que nunca se imaginó, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la primera puerta a la derecha.

Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.

¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Foto de Alicia Pérez Gil

Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.

– ¿Que tienes QUÉ?

– Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas…

Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre… y ahí terminó la fantasía.

En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo “para que te hagas una idea”. Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.

Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.

– Es que es tinte natural- te dicen.

…y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Pie de foto (badumTSS!) Imagen de Alicia P. Gil

A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.
Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

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