¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

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El post de Los Siete Samurais

En 1950, Akira Kurosawa llevó el cine de samurais al mainstream mundial con un ejercicio narrativo disfrazado de cine de época: Rashomon. Académicos, cineastas y críticos se pusieron en seiza y se dejaron seducir por una cinematografía de bambú, kimonos, guerreros con katana y amantes crucificados, que parecía haber vivido aislada del mundo exterior.

Nada más lejos. Los cineastas japoneses se sabían al dedillo parámetros como el expresionismo, el cine negro, y en el caso de Kurosawa, el western. Un género al que este otaku al revés reverenciaba con tanta pasión como Luis Buñuel le profesaba.

Uy, perdón. Me he liado.

En 1954, el festival de Venecia volvió a ovacionar un estreno de Akira Kurosawa: Los Siete Samurais. Una historia que no arranca con la llegada del tren pero sí con las penurias bajo el sol de una aldea de campesinos olvidada en mitad de un feudo cualquiera. Un territorio sin ley donde forajidos enmascarados campan a sus anchas. El Daimyo no va a aparecer para mantener el orden y nadie le espera.

Hasta que el viejo Gisaku tiene una idea: alquilar ronin como protección. Con el inconveniente de que para contratar ronin hay que pagar, y en la aldea no quedan más que unos pocos sacos de arroz. Afortunadamente se cruzan con Kenbei, un viejo y curtido samurai que acepta el trabajo por comida, aunque de lo que Kenbei está realmente hambriento es de dignidad. Kenbei es menos que un samurai sin señor: es un samurai derrotado en batalla. Su profundo sentido de la ética no le ha ayudado a mantener su clase social. Al viejo ronin se une Shichiroji, un antiguo camarada; dos guerreros venidos a menos que pasaban por allí; Katsuhiro, un chaval que desea convertirse en samurai más que nada en el mundo… a pesar de no ser de familia samurai, sino el hijo pequeño de un rico comerciante. Un pie tierno, vamos. Y por último, Kikuchiyo. Un mangante borracho, gambitero y lenguaraz. Un saqueador de cadáveres, un Han Solo con katana. Sabe mejor que los viejos samurai lo que significa sobrevivir, precisamente, a los abusos de los samurai.

Kikuchiyo (que por supuesto tiene la cara de Toshiro Mifune) es un campesino disfrazado. Un samurai de mentira.

Porque esto no es cine de samurais. Es cine de Kurosawa. Y ya sabemos que a Kurosawa (y a su guionista habitual, Hideo Oguni) le chiflan los perdedores.

En muchas películas del maestro el concepto de clase u honor se sostiene simbólicamente sobre la ausencia de armas: la princesa Yuki de La Fortaleza Escondida no lleva una espada, pero sí una vara de bambú. En este caso, los ronin llevan sus armas, tienen que luchar para sobrevivir. Gorobei y Kyuzo son maestros del arco y la espada: su habilidad no les ha llevado a ser ronin, sólo la mala suerte. Lo que sí define a Kikuchiyo es su forma de llevar el sable, a lo loco y de cualquier manera. Un desprecio a la casta que mató a sus padres; y otro recordatorio de que el hábito, o los accesorios, no hacen al guerrero, ni le da un alma, ni nada de nada.

En cambio, un elemento simbólico clave para describir el viaje interior de los personajes es el vestuario: samurais y campesinos arrancan la película casi desnudos, con harapos el más afortunado. Algunos terminarán la película [OJOCUIDAO] muertos, pero todos vestidos, limpios. En una cultura que ha hecho de la higiene una obsesión y de la etiqueta una religión, no es este un detalle de atrezzo.

Otro elemento fundamental es el clima. Un sol abrasador al principio, lluvia y barro en los peores momentos, y por fin ls primavera y con ella la siembra del arroz. En los Jidai-geki de Kurosawa es frecuente la presencia de campesinos entre los personajes principales. En esta obra, los samurai sólo podrán ganar la batalla (y por ende recuperar su honor) aliándose con los campesinos de la aldea; y estos, a su vez, tendrán que aprender a armarse con lanzas y mosquetes y luchar a brazo partido si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. Unos y otros trascienden las normas de clase que regían el Japón del Shogunato.

Es este un tema clave para entender esta película, ni mucho menos insólito en el cine japonés, pero con el aditivo de que no hay un precio a pagar por trascender la clase: en esta historia [OJOCUIDAO] las cosas salen bien. Hay muchos muertos, como no podría ser de otro modo (tenía que venir Joss Whedon a recordarnos a los gaijin que cuando te pegas con los malos alguien muere siempre). Pero esas muertes son sacrificios por el bien mayor: la derrota de los forajidos y la supervivencia de la aldea. Las muertes no son un precio a pagar. Kenbei y Shichiroji han sobrevivido a la batalla, otra vez, ahora satisfechos. Katsuhiro se encuentra a sí mismo, pero no muriendo heroicamente sino luchando nada más, porque ha encontrado el amor por el camino y ahora siente esa tierra como suya. Sus errores tienen consecuencias graves, pero nadie ve necesario sajarse las tripas por ello. Hay tiempo para el humor, y para que los campesinos entiendan que se lo tienen que currar solos. Una apuesta por la iniciativa individual en un periodo donde todo parecía estar medido y marcado por las castas. Hay quien ha visto en esto un mensaje sobre la modernidad: a partir de ahora, es el tiempo de los campesinos. El samurai, lo que quiera que signifique esa palabra, se hace.

 En 1960 John Sturges decidió adaptar al western Los Siete Samurais, demostrando que no se había enterado de nada pero dando lugar a una de las mejores películas del Oeste. Los siete magníficos fue a su vez carne de remake en la desparramada Los siete magníficos del espacio (escrita, por cierto, por un jovencísimo John Sayles) y se habla de una nueva versión. La historia de Kurosawa y Oguni sigue estando entre las más prestigiosas cintas de todos los tiempos, y se sigue cargando la idea que tenemos del guerrero impoluto, bondadoso por genética y atado a una reluciente espada.

 

Ahora acaba de salir una nueva edición de sus tres horazas en BluRay, restaurada por la Colección Criterion y con todos los extras que un fan pudiera soñar. Desde ayer se puede ver online en Filmin.

Referencias:

Chris Fujiwara: Cannon Fodder: what it means to call Seven Samurai a great film.

Aint’it Cool News: Nordling’s Samurai Sunday. Seven Samurai.

GIZMODO: How Criterion restores a film.

Foto: Retrato escolar

kendo-vintage-chaval

Esto lo habéis visto en Pinterest. Vamos, como yo. Se trata de una fotografía datada entre los años 20 y 40 del siglo XX, arrancada de un álbum familiar (al original le quedan restos de cartón pegados en el reverso) y vendida en un mercadillo para turistas en Shizuoka a finales del siglo. Allí fue comprada por Kurt y Yumiko Bell y puesta a la venta en la tienda online que ambos regentaron entre los años 90 y 2000.

Después de que el negocio cerrase (y Kurt Bell comenzara una desconcertante carrera como videoblogger) es imposible saber nada más sobre el destino ulterior de la estampa, salvo que sigue dando vueltas por Internet. El original medía 9×6 cm., formato típico de las fotografías de colegio que también se hacían en Europa y que habréis visto en casa de los abuelos. Es razonable suponer que el niño retratado formaba parte de un equipo escolar de kendo y así posó para el fotógrafo.

Se estima que a finales de 1945 el 40% de las casas familiares japonesas (la mayoría todavía de madera) habían sido reducidas a escombros. La II Guerra Mundial se saldó en Japón con más de dos millones de muertos y siete millones de desplazados, muchos de los cuales eran antiguos colonos en Corea y Manchuria que trataban de regresar a sus prefecturas natales. La renta per capita hasta los años 50 estuvo por debajo de los 150 dólares.

La historia no suelen escribirla nunca los perdedores, de modo que hay poca literatura sobre el Japón ocupado: apenas alguna obra singular, como Hiroshima (Hadashi no Gen, “Gen el niño descalzo” en el original), de Keiji Nakazawa. Esta obra es uno de los pocos retratos del calvario de la población nipona antes, durante y después de la guerra. Un periodo oscuro que ha dado paso a una profunda amnesia histórica. La represión política, el hambre, el fascismo y la ocupación después dejaron baldado al país durante una década, condenado a estrarperlar con los bienes más básicos. No cuesta entender que el tráfico de reliquias invadiera las calles: desde espadas hasta kimonos, pasando por fotografías como esta.

Japanlover.me o cuando el kendo se hizo branded content

Cualquier cosa es mejor con kendo y vosotros lo sabéis. Así hemos visto películas de superhéroes con kendo, anime de zombies con kendo, anuncios de whisky con kendo, películas españolas con kendo y series de TV para la tercera edad con kendo. Ya, si ya. Pero kendo, vosotros me entendéis. Mientras tanto, en Internet circulan los Kendo Memes, los Kendo Gifs y la fotonovela de humor gráfico Kendo Daily Life. Más recientemente hemos descubierto estas ilustraciones que a mí me dio por llamar Kendo Kawaii:

kendo_kawaii

Y venga likes

 

Otra que tuvo todavía más éxito fue esta otra que llevaba las armas samurai al terreno de LO MONÍSIMO:

Total que me metí esta mañana en la web que sale en la firma He investigado exhaustivamente sobre las autoras de estas ilustraciones. Japanlover.me es el nombre del portfolio más creativo que nunca se le haya podido ocurrir a un otaku. Detrás de la web están tres jóvenes ilustradoras filipinas, Kaila, María Chichi Romero y Michelle Domínguez. Ninguna supera los 23 años y han desarrollado una carrera incipiente en el mundo de la publicidad online como community managers y diseñadoras gráficas. De tal manera que lo que empezó siendo una página para mostrar sus declaraciones ilustradas de amor a Japón se ha convertido en una web dinámica, fieramente viral, donde puedes encontrar guías de viaje temáticas, directorios web sobre Japón, y sobre todo comprar cositas. Si andas buscando por Internet en ese amplio mundo de las “cosas japonesas” acabarás dando con alguno de sus álbumes, y de ahí directo a un catálogo específico de merchandising online con el tema de la ilustración.

Los álbumes dedicados al kendo y a las armas samurai (y ninja) forman parte, claro está, de su sección Cool. Japanlover.me está dividido en tres áreas, Kawaii (kimonos, dulces y moda), Otaku (os lo imagináis) y Cool, quizá la más interesante, que va recorriendo Japón a través de sus tradiciones más antiguas y más modernas. Desde luego es la que cuenta con ilustraciones más originales y su tienda online dispone de DVD, arte, música e instrumentos, documentales y material didáctico para aprender japonés.

Por si la jugada no fuera lo suficientemente inteligente, las autoras dedican cada mes a un contenido diferente de la cultura japonesa: las artes marciales protagonizaron el mes de diciembre, y este de enero están recorriendo las leyendas populares japonesas, con lo que han llenado la web (y sus réplicas en Pinterest, Facebook, Tumblr e Instagram) de grullas, dragones y kodamas.

Desconozco el volumen de ingresos que Japanlover.me está generando, pero de momento ha conseguido que el trabajo de las tres autoras llegue prácticamente a todas partes. Si se traduce en contratos o exposiciones habrá que verlo, del mismo modo que está por ver si a su creciente comunidad de japanlovers les acaba interesando alguno de sus contenidos más allá de Lo Kawaii. El Social Media es, por su propia naturaleza viral, de muy breve perduración en el tiempo. Mantener su presencia digital quizá les lleve más esfuerzo que sus propias (y bellas) creaciones, y la lucha por ser el kendoviral del mes que viene empieza a ser tan encarnizada como un torneo policial.

Foto: Ueno Hikoma

¿Sabéis quién es este señor?

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Su nombre era Shinsaku Takasugi, y antes de aparecer una vez a la semana en nuestros muros de Facebook y Pinterest ya era un símbolo nacional en Japón. De origen samurai, fue una figura clave en la transición del Shogunato a la Reforma Meiji: colaboró en la creación del primer ejército regular y, como se ve en esta famosísima placa, en el proceso de modernización del kenjutsu a lo que se llamaría gekkiken y ya en el siglo XX kendo.

Pero hoy no vamos a hablar de él sino de este otro señor, que es quien hizo la foto: Ueno Hikoma.

Retrato de Ueno Hikoma. Fuente: Wikipedia

Hikoma fue uno de los primeros fotógrafos profesionales de Japón y un pionero en la implantación y difusión de las técnicas de laboratorio más modernas de su época. Dejó la facultad de Medicina para hacer carrera junto a otro pionero instalado en Japón, Felice Beato, del que hablaremos en otro momento.

La fotografía, en el siglo XIX, tenía su mercado en los retratos individuales y de familia (esa foto de estudio del bisabuelo que tienes en la casa del pueblo), así como en la venta de paisajes. Los primeros otakus, que ya los había en 1870, se pirraban por los jardines japoneses y los retratos de geishas y samurais; y gracias a esta fiebre japonófila ha llegado hasta nosotros toda esa colección de imágenes que ahora circulan por Internet en lugar de por los salones de té y las sociedades geográficas. Eso llevó a unos cuantos fotógrafos europeos a Asia a hacer negocio, y los pioneros locales como Hikoma aprendieron de ellos y generaron sus propias técnicas, como el coloreado de la placa una vez revelada, al estilo tradicional de la pintura japonesa. Esto tuvo éxito en Europa y América y se copió incluso en los primeros años del cine:

 

(esta no es de Hikoma sino de su paisano Kiyobei Kashima, para que os hagáis una idea del coloreado “oriental”)

La palabra japonesa para decir “fotógrafo” es shashin, que podría traducirse como “quien copia la verdad”. Hacerse un retrato no era algo que ocurriera todos los días y costaba una cierta cantidad de dinero, así que los samurai que acudían al estudio de Hikoma lo hacían con sus mejores pintas y mostrándose orgullosos de su rango.

Retrato de Kiichi Harada

Arquero con yoroi (observad el telón colocado detrás y la hierba falsa)

 

Turistas estadounidenses que visitaron el estudio de Hikoma en 1875, y alguien decidió que no había narices a hacerse esta foto.

El magistrado Sumiteru Omura, con su familia, en 1872

Aunque hubo contemporáneos suyos que se dedicaron a fotografiar kenjutsu y gekkiken, los retratos de Hikoma han pasado a la posteridad como un catálogo de una civilización que estaba a punto de transformarse para siempre. Algunos como él, como Takasugi, lo vieron a tiempo y se adelantaron, cada uno en lo suyo. Hikoma es un hijo ilustre de Nagasaki y junto a la tumba de su familia se levanta una estatua conmemorativa. Da su nombre a uno de los premios fotográficos más importantes de Japón.

Referencias:

Revista Ebisu: “Ueno Hikoma, un portratiste a la fin du Shogunat”. Claude Estébe, 2000

Archivo fotográfico Ueno Hikoma de la Universidad de Nagasaki.

Pues a mí me gusta El Último Samurai

Hay una corriente narrativa que se conoce como de frontera, protagonizada por personajes desahuciados por su entorno o en los límites de la deserción, que encuentran un nuevo camino más allá de su propio mundo. A veces la frontera física y la emocioanl coinciden, a veces no están claras. A veces el otro lado viene con sus propias maldiciones. Lo cierto es que el western (sin ser el único género, ni la norteamericana la única cinematografía con línea fronteriza) nos fue dejando esta idea que se hizo más nítida, más agria también, al final del siglo XX. Bailando con lobos la redefinió para los estudios, y de vez en cuando reaparecen películas sobre nómadas que se encuentran al otro lado de la civilización.

Una de esas películas es El último samurai, de Edward Zwick. Y como de cine ya hay gente que sabe mucho, vamos a lo que nos interesa.

Hay una corriente narrativa que se conoce como de frontera, protagonizada por personajes desahuciados por su entorno o en los límites de la deserción, que encuentran un nuevo camino más allá de su propio mundo. A veces la frontera física y la emocioanl coinciden, a veces no están claras. A veces el otro lado viene con sus propias maldiciones. Lo cierto es que el western (sin ser el único género, ni la norteamericana la única cinematografía con línea fronteriza) nos fue dejando esta idea que se hizo más nítida, más agria también, al final del siglo XX. Bailando con lobos la redefinió para los estudios, y de vez en cuando reaparecen películas sobre nómadas que se encuentran al otro lado de la civilización.  Una de esas películas es El último samurai, de Edward Zwick. Y como de cine ya hay gente que sabe mucho, vamos a lo que nos interesa.      "¡No hay pan pa tanto chorizo!"  El argumento de la película se inspira tangencialmente en la Revolución Satsuma, que tuvo lugar durante la Era Meiji. De historia japonesa sabe mucho Jonathan y habla de la Satsuma en Historiajaponesa.com. Dice que el protagonista, Nathan Algren, aterriza en Japón como si viniera de Neptuno, y esa es la idea, en efecto. John Logan y Marshall Herskovitz armaron un guión donde éste es un testigo de otros hombres más que de una civilización o un tiempo, no sé si por temor a ser acusados de colonialistas o para quitar presión a Tom Cruise, que era un reclamo un tanto espinoso.  En cualquier caso este es probablemente uno de los rasgos más inteligentes de la historia, que apunta el foco hacia dos personajes en concreto: Katsumoto (Ken Watanabe) y Ujio (Hiroyuki Sanada). Ambos educados como samurais pero de caracteres opuestos, acaban haciéndose con la historia. Entre sus rasgos en común está precisamente la alegría de vivir y un sentido del humor ingenuo y bastante grueso que contrasta con la melancolía general. Saben que sus días están contados, pero tienen asumido que su destino, morir plantando cara, le dará valor al ideal de vida que defienden. Que a la larga este sacrificio le dé otra oportunidad a Nathan Algren es un gesto enormemente coherente.  La representación del samurai como icono para los occidentales pasa inevitablemente por el seppuku. El honor, y por ende la virilidad, están asociados a esta forma de ejecución. El último samurai toca el ritual pero la muerte de sus guerreros, en batalla o después de ésta, no es un objetivo sino un medio. Defienden una idea y están dispuestos a dar la vida para demostrar esa idea. Por eso, como los hombres de Takamori en la revolución de verdad, la Satsuma, posan orgullosos ante la cámara de placas.  Porque, otro rasgo original de la cinta, el Katsumoto de esta ficción no lucha contra unos demonios extranjeros. A quien le planta cara es al capitalismo.  La película está sembrada de elementos del western, género hermano del Chanbara. Uno de ellos es la llegada del tren, que entra en Japón como en el Oeste: a fuego y sangre. El ferrocarril pertenece a una contrata, igual que el ejército japonés, que va a estar provisto por una Blackwater de la época. No hay peli de samurais sin katanas ni malvado comerciante. Pero la dicotomía que plantea va más allá del brillo de las espadas o las cabezas volando: ¿merece el esfuerzo? ¿No se puede hacer de otra manera? Los hombres de Katsumoto no viven para la muerte. No viven para el honor tampoco (otro tropo sobadísimo): viven para defender a su comunidad. Su mundo no es perfecto: no siempre son respetados y demuestran ser terribles cuando se les va la mano. Pero lo que viene es mucho mucho peor. Al cabo, la tesis de Logan y Zwick es que los samurais no son caballeros sino hombres, hechos de otra pasta pero hombres al cabo, que se equivocan, rectifican, sufren, ríen (ríen mucho) y sobre todo creen en una idea. Pasan mucho más tiempo hablando que luchando. Katsumoto prefiere las conversaciones.  Y al fondo, narrando a Katsumoto y a Ujio, Algren. Un americano alcohólico y destrozado moralmente por la culpa que llega a Japón por dinero. Pero no se enamora del lugar ni de la idea del samurai, sino de esas personas. Es un testigo del mundo que muere con ellos y del mundo que viene. Por eso debe vivir, y por eso muchos otros y otras como él seguimos buscando esa pequeña medida de paz en Japón mismo o dentro de los dojos.  Uno de los hallazgos de la cinta es la presentación para el público occidental de Hiroyuki Sanada. A pesar del estilazo con la espada de Ujio, Sanada no practica iaido ni kenjutsu: es miembro del Japan Action Club, la escuela de interpretación marcial que enseña a los actores a hacer movimientos espectaculares y realistas a la vez. Entrenan a diario y con tanta dedicación como en cualquier dojo. Hay muchas licencias creativas en El Último Samurai, pero también muchísimo respeto por la forma de trabajar de estos actores y estos técnicos.  Por eso mismo no termino de entender la suspicacia que despierta en la comunidad kenshi esta película. Es ciertamente muy simple, pero rodada con gran delicadeza y brillantemente interpretada. Yo, que también soy muy simple y me conformo con cualquier cosa, acepto que en el cine siempre hay sitio para aparcar, que un oficial de carrera puede aprender a defenderse con la espada en unos meses y que se le verá mejor sin kabuto. Y agradezco mucho que los guionistas de El Último Samurai no se fueran directos a contar la historia de los samurais y contaran la mía. Por eso veo esta película con mi familia todas las navidades y me sigue emocionando como la primera vez.     Por cierto: el guión original de Logan está disponible aquí, y a mí me gusta todavía más.

“¡No hay pan pa tanto chorizo!”

El argumento se inspira tangencialmente en la Revolución Satsuma, que tuvo lugar durante la Era Meiji. De historia japonesa saben mucho en Historiajaponesa.com: Jonathan López Vera dice que el protagonista, Nathan Algren, aterriza en Japón como si viniera de Neptuno, y esa es la idea. John Logan y Marshall Herskovitz armaron un guión donde el personaje principal es un testigo de otros hombres, no sé si por temor a ser acusados de colonialistas o para quitar presión a Tom Cruise, que era un reclamo un tanto espinoso.

En cualquier caso este es probablemente uno de los rasgos más inteligentes de la película, que apunta hacia dos personajes en concreto: Katsumoto (Ken Watanabe) y Ujio (Hiroyuki Sanada). Samurais, fieles el uno al otro pero de caracteres muy opuestos, acaban haciéndose con la historia. Tienen en común mucha alegría de vivir y un sentido del humor ingenuo y bastante grueso que contrasta con la melancolía general. Saben que sus días están contados, pero tienen asumido que su destino, morir plantando cara, le dará valor al ideal de vida que defienden. No son los primeros que lo hacen así en pantalla, pero sí los primeros a los que el Oeste retrata como algo más que una abstracción con piernas.

La representación del samurai como icono para los occidentales pasa inevitablemente por el seppuku. El honor, y por ende la virilidad, están asociados a esta forma de ejecución. El último samurai toca el ritual pero la muerte de sus guerreros, en batalla o después de ésta, no es un objetivo sino un medio. Defienden una idea y están dispuestos a dar la vida para demostrar esa idea.

Porque, otro rasgo original de la cinta, el Katsumoto de esta ficción no lucha contra unos demonios extranjeros. A quien le planta cara es al capitalismo.

La película está sembrada de referncias al western, género hermano del chanbara. Uno de ellos es la llegada del tren, que entra en Japón como en el Oeste, a fuego y sangre. No hay peli de samurais sin katanas ni malvado comerciante, y el ferrocarril pertenece a una contrata, igual que el ejército japonés, que va a estar provisto por una Blackwater de la época. Pero la dicotomía que plantea va más allá del brillo de las espadas: ¿vale la pena todo esto? Los hombres de Katsumoto no viven para la muerte. Su mundo no es perfecto, no siempre son justos y se muestran terribles cuando se les va la mano. Pero creen que lo que viene es mucho mucho peor. La tesis de Logan y Zwick es que los samurais no son caballeros sino hombres, hechos de otra pasta pero hombres al cabo, que se equivocan, rectifican, sufren, ríen y sobre todo creen en una idea. Pasan mucho más tiempo hablando que luchando. Katsumoto prefiere las conversaciones.

Y al fondo, narrando a Katsumoto y a Ujio, Algren. Un americano alcohólico y destrozado moralmente que llega a Japón por dinero. Pero no se enamora del lugar ni de la idea sino de las personas. Que a la larga su sacrificio le dé otra oportunidad es un gesto enormemente coherente. Es un testigo del mundo que muere con ellos y del mundo que viene. Por eso debe vivir, y por eso muchos otros y otras como él seguimos buscando esa pequeña medida de paz en Japón mismo o dentro de los dojos.

Uno de los hallazgos de la cinta es la presentación para el público occidental de Hiroyuki Sanada. A pesar del estilazo con la espada de Ujio, Sanada no practica iaido ni kenjutsu: es miembro del Japan Action Club, la escuela de interpretación marcial que enseña a hacer movimientos espectaculares y realistas a la vez. Entrenan a diario y con tanta dedicación como en cualquier dojo. Hay muchas licencias creativas en El Último Samurai, pero también mucho respeto por la forma de trabajar de estos actores y estos técnicos.

Por eso mismo no termino de entender la suspicacia que despierta en la comunidad kenshi esta película. Es ciertamente simplona, pero rodada con gran delicadeza y brillantemente interpretada. Yo, que también soy muy simple y me conformo con cualquier cosa, acepto que en el cine siempre hay sitio para aparcar, que un oficial de carrera puede aprender a defenderse con la espada en unos meses y que se le verá mejor sin kabuto. Y agradezco mucho que los guionistas de El Último Samurai no se fueran directos a contar la historia de los samurais y contaran la mía. Por eso veo esta película con mi familia todas las navidades y me sigue emocionando como la primera vez.

 

El guión original de Logan está disponible aquí, y a mí me gusta todavía más.

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