¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

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Foto: esto es Judo

specialolympicsdusseldorf

Lo vio David Lenzen en el Campeonato Europeo de Special Olympics en Düsseldorf (Alemania), verano de 2014.

El judo entró en el curriculum de Special Olympics en 2003: es la única arte marcial que se practica de momento. A las categorías de peso y género se añade otra división por habilidades. Las estrangulaciones y las hiperextensiones de brazo (tipo juji-gatame y similares) están prohibidas en competición. Por lo demás, los combates discurren como en cualquier torneo de judo.

Los Special Olympics 2015 están teniendo lugar esta semana en Los Ángeles (EE.UU.). No habrá representación española; sí de Argentina y Costa Rica. Andorra ha participado en los Regionales del pasado 2014, pero no lleva a ningún judoka a Los Ángeles.

Físico: Street Workout

Llegó el verano (al hemisferio norte).

Para la mayoría de nosotros eso significa descansar: hay un post en el horno sobre ello, a sugerencia de EL PROFE STATHAM.

Para los que quieran alternar con algo de actividad física, o estén pensando en cross-trainear la próxima temporada, uno de nuestros amigos-que-todavía-no-hacen-QUÉ nos sugirió ayer los tutoriales de Al Kavadlo:

Como veis, Kavadlo entrena en la calle, no en un gimnasio: aunque él no se define como miembro, esta es la filosofía del Street Workout. Esta va a ser la primera vez que hablemos de este movimiento deportivo que basa su entrenamiento en utilizar lo que tengas a mano en casa o aprovechando el mobiliario urbano, y del que ya hay grupos de trabajo en España y América Latina. Ninguno de nosotros practica street workout ni calistenia (de momento), y todavía tenemos un cierto repelús por todo lo que no conlleve el acompañamiento de un preparador físico.

Sin embargo, nuestro amigo lector (que sí practica pero aun así no quiere compartir con vosotros su sabiduría) nos ha sugerido ya varias veces el nombre de Kavadlo como autoridad en la materia. Aporta a sus tutoriales explicaciones de biomecánica, y francamente no vemos gran diferencia entre seguir sus tutoriales o pagar por “aparatos más clases virtuales” en cualquier gimnasio low cost.

En todo caso, y como en la mayoría de nuestros posts, esto no está para enseñaros nada sino para que opinéis y compartamos. La clave, como en casi todo, es no hacerse daño.

Samurai Headhunters: Fumon y Ukyo Tanaka

En 2013, el Museo Smithsonian de Washington celebró varios eventos relacionados con el sable japonés, el más notorio de los cuales fue la producción de Samurai Headhunters, un documental de una hora que trataba de poner en equilibrio la fascinación romántica hacia la figura del samurai con sus aspectos menos amables. Con apostillas tan explícitas como “Héroes y Monstruos”, el museo llevó a cabo también varias exposiciones de obras de Hokusai, algunas espadas de su colección y exhibiciones de corte.

Ukyo Tanaka en su dojo, iaido, iaijutsu

Ukyo Tanaka en su dojo

Éstas fueron llevadas a cabo por Ukyo Tanaka, hija de Fumon Tanaka sensei, maestro de varios estilos antiguos y soke de Enshin Ryu, una escuela antigua integrada, junto con otras 77, en el Nihon Kobudo Kyokai (una de las dos instituciones que aglutinan en Japón a las escuelas antiguas, que ya hemos mencionado en otros posts). El nombre completo de este Kobudo es Enshin-ryu Iai Suemonogiri Kenpo (円心流居合据物斬剣法). La familia Tanaka ha destacado no sólo por su dedicación práctica sino por su compromiso con la divulgación académica: frente a otras posturas más reservadas, Tanaka sensei ha licenciado dojos europeos y norteamericanos de su escuela, ha participado en documentales y escrito libros y artículos de investigación que, como siempre, no encontraréis editados en español.

Es característico de la escuela que sus pruebas de corte no tengan nada que ver con el tameshigiri al que estamos acostumbrados: el bambú no está asegurado a la base y puede caerse con un roce mínimo. La precisión y energía necesarias para ejecutar estos cortes están sólo al alcance de budokas muy experimentados. La personalidad de Fumon Tanaka trasciende la pantalla. Por eso es doblemente agradable encontrarnos con que la demostración de corte la llevara a cabo Ukyo sensei, reconocida ya como “soke en funciones” [lit.] en el dojo:

Igualmente produce alegría ver un número considerable de mujeres en sus prácticas, varias de ellas de mediana edad. Algo difícil de ver por aquí cerca, no sólo en las artes marciales sino en la mayoría de los deportes.

Poco hemos logrado saber de estas mujeres, salvo la información en inglés del dojo Tanaka (que ya es bastante más completa que la mayoría de sus afines en Japón) y el ruido habitual de los foros de Internet. Seguimos buscando lectores de japonés que se unan a esta fiesta, aunque me temo que la falta de información sobre ellas se debe a algo más que la lingüística.

El post de Los Siete Samurais

En 1950, Akira Kurosawa llevó el cine de samurais al mainstream mundial con un ejercicio narrativo disfrazado de cine de época: Rashomon. Académicos, cineastas y críticos se pusieron en seiza y se dejaron seducir por una cinematografía de bambú, kimonos, guerreros con katana y amantes crucificados, que parecía haber vivido aislada del mundo exterior.

Nada más lejos. Los cineastas japoneses se sabían al dedillo parámetros como el expresionismo, el cine negro, y en el caso de Kurosawa, el western. Un género al que este otaku al revés reverenciaba con tanta pasión como Luis Buñuel le profesaba.

Uy, perdón. Me he liado.

En 1954, el festival de Venecia volvió a ovacionar un estreno de Akira Kurosawa: Los Siete Samurais. Una historia que no arranca con la llegada del tren pero sí con las penurias bajo el sol de una aldea de campesinos olvidada en mitad de un feudo cualquiera. Un territorio sin ley donde forajidos enmascarados campan a sus anchas. El Daimyo no va a aparecer para mantener el orden y nadie le espera.

Hasta que el viejo Gisaku tiene una idea: alquilar ronin como protección. Con el inconveniente de que para contratar ronin hay que pagar, y en la aldea no quedan más que unos pocos sacos de arroz. Afortunadamente se cruzan con Kenbei, un viejo y curtido samurai que acepta el trabajo por comida, aunque de lo que Kenbei está realmente hambriento es de dignidad. Kenbei es menos que un samurai sin señor: es un samurai derrotado en batalla. Su profundo sentido de la ética no le ha ayudado a mantener su clase social. Al viejo ronin se une Shichiroji, un antiguo camarada; dos guerreros venidos a menos que pasaban por allí; Katsuhiro, un chaval que desea convertirse en samurai más que nada en el mundo… a pesar de no ser de familia samurai, sino el hijo pequeño de un rico comerciante. Un pie tierno, vamos. Y por último, Kikuchiyo. Un mangante borracho, gambitero y lenguaraz. Un saqueador de cadáveres, un Han Solo con katana. Sabe mejor que los viejos samurai lo que significa sobrevivir, precisamente, a los abusos de los samurai.

Kikuchiyo (que por supuesto tiene la cara de Toshiro Mifune) es un campesino disfrazado. Un samurai de mentira.

Porque esto no es cine de samurais. Es cine de Kurosawa. Y ya sabemos que a Kurosawa (y a su guionista habitual, Hideo Oguni) le chiflan los perdedores.

En muchas películas del maestro el concepto de clase u honor se sostiene simbólicamente sobre la ausencia de armas: la princesa Yuki de La Fortaleza Escondida no lleva una espada, pero sí una vara de bambú. En este caso, los ronin llevan sus armas, tienen que luchar para sobrevivir. Gorobei y Kyuzo son maestros del arco y la espada: su habilidad no les ha llevado a ser ronin, sólo la mala suerte. Lo que sí define a Kikuchiyo es su forma de llevar el sable, a lo loco y de cualquier manera. Un desprecio a la casta que mató a sus padres; y otro recordatorio de que el hábito, o los accesorios, no hacen al guerrero, ni le da un alma, ni nada de nada.

En cambio, un elemento simbólico clave para describir el viaje interior de los personajes es el vestuario: samurais y campesinos arrancan la película casi desnudos, con harapos el más afortunado. Algunos terminarán la película [OJOCUIDAO] muertos, pero todos vestidos, limpios. En una cultura que ha hecho de la higiene una obsesión y de la etiqueta una religión, no es este un detalle de atrezzo.

Otro elemento fundamental es el clima. Un sol abrasador al principio, lluvia y barro en los peores momentos, y por fin ls primavera y con ella la siembra del arroz. En los Jidai-geki de Kurosawa es frecuente la presencia de campesinos entre los personajes principales. En esta obra, los samurai sólo podrán ganar la batalla (y por ende recuperar su honor) aliándose con los campesinos de la aldea; y estos, a su vez, tendrán que aprender a armarse con lanzas y mosquetes y luchar a brazo partido si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. Unos y otros trascienden las normas de clase que regían el Japón del Shogunato.

Es este un tema clave para entender esta película, ni mucho menos insólito en el cine japonés, pero con el aditivo de que no hay un precio a pagar por trascender la clase: en esta historia [OJOCUIDAO] las cosas salen bien. Hay muchos muertos, como no podría ser de otro modo (tenía que venir Joss Whedon a recordarnos a los gaijin que cuando te pegas con los malos alguien muere siempre). Pero esas muertes son sacrificios por el bien mayor: la derrota de los forajidos y la supervivencia de la aldea. Las muertes no son un precio a pagar. Kenbei y Shichiroji han sobrevivido a la batalla, otra vez, ahora satisfechos. Katsuhiro se encuentra a sí mismo, pero no muriendo heroicamente sino luchando nada más, porque ha encontrado el amor por el camino y ahora siente esa tierra como suya. Sus errores tienen consecuencias graves, pero nadie ve necesario sajarse las tripas por ello. Hay tiempo para el humor, y para que los campesinos entiendan que se lo tienen que currar solos. Una apuesta por la iniciativa individual en un periodo donde todo parecía estar medido y marcado por las castas. Hay quien ha visto en esto un mensaje sobre la modernidad: a partir de ahora, es el tiempo de los campesinos. El samurai, lo que quiera que signifique esa palabra, se hace.

 En 1960 John Sturges decidió adaptar al western Los Siete Samurais, demostrando que no se había enterado de nada pero dando lugar a una de las mejores películas del Oeste. Los siete magníficos fue a su vez carne de remake en la desparramada Los siete magníficos del espacio (escrita, por cierto, por un jovencísimo John Sayles) y se habla de una nueva versión. La historia de Kurosawa y Oguni sigue estando entre las más prestigiosas cintas de todos los tiempos, y se sigue cargando la idea que tenemos del guerrero impoluto, bondadoso por genética y atado a una reluciente espada.

 

Ahora acaba de salir una nueva edición de sus tres horazas en BluRay, restaurada por la Colección Criterion y con todos los extras que un fan pudiera soñar. Desde ayer se puede ver online en Filmin.

Referencias:

Chris Fujiwara: Cannon Fodder: what it means to call Seven Samurai a great film.

Aint’it Cool News: Nordling’s Samurai Sunday. Seven Samurai.

GIZMODO: How Criterion restores a film.

Como la lluvia de otoño y otras cosas fuera de temporada: leyendo Autumn Lightning

Grado arriba grado abajo, Matías Vain Rodríguez es un novato. Lleva menos de un año practicando kendo y iaido. Pero es uno de nuestros lectores más activos, nuestro primer amigo uruguayo, y lo más importante: se ha leído el libro. Esta es su reseña de Autumn Lighting: the education of an american samurai.

Grado arriba grado abajo, Matías Vain Rodríguez es un novato. Lleva menos de un año practicando kendo y iaido. Pero es uno de nuestros lectores más activos, nuestro primer amigo uruguayo, y lo más importante: se ha leído el libro. Esta es su reseña de Autumn Lighting: the education of an american samurai.

Autumn Lightning está escrito por Dave Lowry, el mismo autor de Persimmon Wind, libro en el que Lowry contaba sus experiencias en Japón entrenando en los principios de la Yagyu Shinkage-ryu, que en su momento fuera comentado aquí. De hecho es precedente de ese libro y ambos forman una suerte de saga. En aquel Lowry iba a reunirse con su sensei en Japón después de mucho tiempo sin verse, para proseguir con el entrenamiento. En este, Lowry nos cuenta como siendo un adolescente  conoce al Sr. Kotaro, un ingeniero japonés de mediana edad, y a su esposa Kaoru (que es tan importante para la formación de Lowry como lo fue su sensei). Al mismo tiempo, intercaladas con esta narración, hay una serie de viñetas acerca de los fundadores de la Yagyu Shinkage ryu, la escuela de guerra de los shogunes Tokugawa, de la cual Lowry es practicante.

Puedo ir diciendo que esas son las partes del libro que más me gustaron, será por mi afición a la novela histórica, será porque se ambientan en el mismo período en que se ambientaba Shogun, la muy divertida pero totalmente inexacta novela de James Clavell que a muchos nos metió en el Japón antiguo. Esta es la del final del período usualmente llamado Sengoku, que terminó cuando Tokugawa Ieyasu sube al poder. Tokugawa y su un tanto excéntrico (para la época) maestro de esgrima Yagyu Munetoshi son protagonistas junto con otros de este libro y Lowry toma los hechos históricos (hasta donde se puede confiar en ellos) puntuales y los adereza con diálogos y narrativas de su cosecha, permitiéndose cierta licencia poética; cosa de que uno se compenetre con la historia de su escuela, que es lo que él quiere contar. Funciona.

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Foto de juventud de Lowry
(C) Black Belt Magazine

Por la prosa sólo, el libro es muy recomendable y me arriesgaría a decir que una persona ajena al mundillo de las artes marciales lo puede encontrar de su gusto: el resto de la obra no desmerece sus capítulos históricos y, sea hablando de técnicas de kenjutsu con bokken, ironizando sobre el pésimo acento  de la esposa de su sensei o discutiendo conceptos tan intrincados y elusivos como el shibumi –la estética del despojo y la simpleza, que da a lo japonés su sabor tan particular- Lowry lo hace todo ameno y de fácil lectura, además de ser muy instructivo.

Evidentemente Lowry pasó mucho tiempo cultivando su lenguaje lleno de lindas florituras que le permite darle a la cosa un aire “de período” y a veces se le hace difícil abandonarlo cuando está contando otra cosa. Uno se encuentra cosas del estilo de “y Fulana atravesó el patio del centro comercial como el viento de Amatsu atraviesa los campos de sorgo” (cita no textual).

Sobre la temática, bien. Lowry es practicante de Shinkage-ryu, todo un nombre en las artes marciales clásicas. Tiene muchos años haciendo esto. Yo no.

Así que la mayoría de lo que diga a continuación es como si lo dijera un completo extraño y pido que me perdonen si digo muchas burradas.

El libro trata tangencialmente las artes marciales, siendo como es autobiográfico y centrándose en la experiencia de practicar una escuela antigua. No hay mucha discusión sobre técnicas propiamente dichas. Además, como estudiante de Koryu, Lowry no puede revelar lo que él desee. Aun así se mencionan cosas que nosotros kendokas no vamos a dejar de reconocer, como la noción de zanshin, o los sufrimientos de cualquiera que tuvo que aprender a sentarse en seiza y similares, aunque es una óptica distinta y que muestra las claras las diferencias entre nuestra disciplina y la forma en que se practicaba y vivía el arte del sable en los tiempos en los que era usado para el combate y la guerra.

Hay también conceptos como el ya citado shibumi, que además de ser una cualidad de minimalismo estético es también una virtud individual. Más de una vez Lowry habla de su sensei como un “hombre de shibumi”, y dado la manera en que lo describe las palabras que más me vienen a la mente son “parsimonia” o “parquedad”. Me gustaría ver dónde queda situado el shibumi y conceptos asociados en el famoso debate de Ética vs. Estética, siendo que muchas veces los japoneses parecen hacer de su estética una ética y viceversa.

En todo caso la estética, el apego a las formas, pero también a lo que hay debajo de ellas, es un tema central. Uno piensa en la práctica de Lowry como artista marcial. Más de una vez toca el asunto de las artes marciales como Arte (Lowry usa el termino bugeisha, artista de guerra, frente al más común budoka, seguidor de una vía marcial): la cualidad de practicar koryu como quien preserva un objeto de arte viviente, por contraposición a las Gendai Budo o artes marciales modernas (“un koryu no es algo que uno adapta a su vida, más bien al revés”, cita más o menos textual que es uno de los leit-motivs de ambos libros). Lowry no es dado a debatir: dice lo que piensa. Si te gusta bien, y si no, también.

Pero sus opiniones, nos gusten o no, están bien razonadas. Lowry da lo mejor de sí para hacernos comprender el porqué de las mismas. Contra lo que uno pueda suponer demuestra una sorprendente falta de elitismo, bastante menos que en la mayoría de los practicantes de koryu y wannabes asociados que se suelen encontrar en Internet. Sí, para él kendo es una disciplina más cercana al deporte de lo que le gustaría, pero más de una vez se le puede sorprender vertiendo palabras de simpatía o hasta admiración (y más le vale, porque si uno ha de creer sus historias el fundador de Yagyu tiene indirectamente la culpa de todo, al haber inventado el fukuro shinai). La misma simpatía que hacia otras artes marciales de nueva escuela.

Lo único que para mí empaña sus ideas es el sutil pero siempre presente orientalismo que se filtra en las mismas. Entendible por cierto, porque Lowry debe pertenecer a la segunda o tercera generación de artistas marciales orientales en Estados Unidos y eso le pegó fuerte. No se trata tanto de que Lowry piense que lo japonés es lo mejor de lo mejor, sino que los argumentos que usa para ilustrarlo son producto de cierto desconocimiento de cualquier cosa que no sea el área en la que es experto. Conste que Lowry es un hombre de vasta cultura, pero como muchos apasionados de una cosa, su visión puede en ocasiones volverse algo estrecha.

Además de divulgador del Budo, Lowry es un reputado crítico gastronómico. (C) Saint Louis Magazine

Por ejemplo, hablando del trabajo de caderas y la importancia de fortalecer el área del vientre característica de las artes marciales japonesas, Lowry hace una comparación con el boxeo bastante errada: el argumenta que el boxeador, como todo deportista occidental, desarrolla el énfasis en la fuerza de sus brazos y torso superior, y eso le resta eficiencia a sus golpes que “sólo aturden” mientras los de un karateka, por ejemplo, “matan”.

Sin desmerecer el golpe del karateka, 20 años de artes marciales mixtas (en donde el box es un componente del entrenamiento de striking), torneos de estilo libre y una triste historia de gente muerta en el ring antes de que se empezaran a usar guantes (porque los guantes son para eso, además de proteger la mano del que pega) lo desmienten bastante, al menos en cuanto a la efectividad del boxeo como arte de lucha. Y tengo entendido que el entrenamiento de box es de los más completos en cuanto a las áreas que trabaja, ya que la mecánica del golpe depende de muchas cosas. Pero en fin, tampoco quiero entrar en un debate que además de largo es improductivo, porque al final del día sólo estamos defendiendo variados caminos para llegar a la misma cosa.

En todo caso todo es sutil, opinable (como dije antes, yo estas cosas las toco de afuera, casi) y no arruina para nada la lectura del libro, que como he dicho antes, es ameno e instructivo, la mejor de las combinaciones.

El libro se puede conseguir en edición impresa como en formatos electrónicos a través de la página de Shambhala Publications, la editora del libro. La edición de Kindle, que es la que yo usé, está bien, y viene con un práctico glosario con los términos manejados en el mismo. Tiene algunas fotografías en blanco y negro, y pequeños dibujos al comienzo de cada capítulo, que reproducen los modelos de tsuba desarrollados por un famoso herrero de la línea Yagyu.

La edición de Kindle cuesta a la fecha 11,99 dólares americanos y tiene 192 páginas; la edición impresa cuesta 19,95 dolares y tiene 194 páginas con tapa a color. Desgraciadamente todo esto en inglés, cosa de esperar con el poco mercado que tienen estos libros, pero esperemos que en algún momento cambie. De hecho si yo empezara a publicar material sobre koryu en español, comenzaría por estos volúmenes, que pueden interesar también a otro tipo de público, dada la buena pluma y la temática exótica.

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