¿Sabéis ese tipo tan gordo?

No ese tipo tan salao del trabajo. Un gordo de verdad, de los que ya no quedan. La clase de gordo al que, nada más verle, le calculas a ojo el quintal.

A este gordo, el médico, harto de advertirle de que le quedan como mucho diez años antes de que el corazón le haga CRACK, le ha recomendado hacer ejercicio. Cuando se ha convencido de que nunca ha corrido ni para coger el autobús, y de que no va a salir a correr ni mañana, ni el año que viene, busca otra alternativa. Y es posible que se decida por un arte marcial: se suda un montón, se trabaja un número importante de músculos, se practica en grupo, y mola mucho más dar patadas voladoras que hacer 30 series en cualquier máquina (el fitness, además, suele salir caro). El gordo, que no es un friki tarao atolondrado, ha investigado. Las Artes Marciales promueven la disciplina, la superación, hábitos de vida saludable; que es lo que él necesita tanto como (y para) perder peso. Y muy convencido se planta en el dojo o gimnasio que más le convence o más cerca le pilla.  Pero Gordo-san no adelgaza ni un gramo. Y no es que no le ponga voluntad, pero de entrada sus 113 kilos le impiden no ya dar patadas voladoras sino aguantar más de media clase. Gordo-san es un tipo afable y le acogen con cariño: tampoco es ese su problema.  Resulta que a Gordo-san le sigue gustando comer. Y cómo come. Justo después de entrenar se da un homenaje extra por lo bien que lo ha hecho. Para motivarse.  Si Gordo-san no asume que su dieta tiene que cambiar, dará igual lo divertido que sea pasearse en kimono o las ganas que ponga. ¡Porque Gordo-san le pone ganas! ¡Porque es verdad que las Artes Marciales fomentan el autocontrol, la disciplina y todo lo que decía Internet! Pero la nevera de Gordo-san está en su casa, no en el gimnasio, y ahí es donde Gordo-san tiene a su Némesis. Y al cabo de una temporada, congestionado, frustrado, y probablemente más gordo, recibirá una reprimenda más del médico de cabecera.  Mi gordo es un trasunto, al hilo del post escrito por mi compañera Elena, psicóloga clínica y cofundadora del dojo de kendo Aranami. Sostiene, sensata y atinadamente, los beneficios de la práctica del kendo en la salud mental. Varios estudios reivindican la práctica del budo como terapia o complemento de ésta. Muchos tratan de abarcar el amplio espectro de las Artes Marciales, de la misma manera que el aún mayor espectro de transtornos psicológicos.  Yo misma afirmo que el kendo me devolvió la salud mental (y consecuentemente la otra) y ha salvado mi vida. Pero creo necesario aportar algunos matices desde el otro lado del diván del psicólogo.  La mayoría de transtornos conllevan una pérdida progresiva de habilidades sociales. También es frecuente la ausencia o desaparición de rutinas. Cualquier actividad en la que una persona con transtorno mental logre implicarse le aportará una medida de ambas cosas. Citando el post que da pie a este, el entrenamiento en kendo no es fácil, requiere disciplina y constancia, así como aprender a dominar los propios instintos y el acto impulsivo y desordenado. En efecto, y mucho más. Si aguanta.   ¿Sabéis esas clases que sales cavando para que te trague la tierra? El Gordo llegaba a casa y se daba un homenaje. Un practicante de kendo con un transtorno de personalidad, como es mi caso, lleva puesta su nevera bajo el keikogi. Podemos encontrarnos con dificultades para controlar el miedo que deriven en ataques de ansiedad. En algún momento esa persona puede clavarse y no ejecutar el ejercicio. Pasará por momentos de bloqueo y también fases de depresión. Estas fases son corrientes en la mayoría de transtornos de personalidad: lo que hace especial su relación con el kendo es la enorme carga emocional que éste requiere. Conlleva un fuerte desgaste mental y pide grandes dosis de autocontrol. Muchos hemos visto bajas (o nos han tentado) tras clases especialmente desalentadoras. En el caso del TP puede disparar el gatillo de la depresión, que conlleva un grave riesgo de abandono.  Tras años de trabajo de introspección, cada cual desarrolla recursos para romper los bloqueos emocionales y desactivar los gatillos. Yo lloro. Lloro mucho. Sin embargo, he visto a compañeros abandonar o sufrir ansiedad durante meses antes de volver a entrenar: el dojo se convierte en el lugar de la exposición, en otro entorno hostil. Y esto nos dirige a las relaciones interpersonales y al estigma social.  Personalmente, soy partidaria de la desarmarización contra el estigma. Sin embargo tardé unos meses en contar mi condición a mis profesores y compañeros. Siempre se paga un precio por hacerlo, pero a la larga creo que hice bien. Cualquier circunstancia personal que se salga de lo ordinario, bien manejada con el conocimiento de los instructores, se convierte en un aspecto más del entrenamiento. Lo trabajas como tu estatura, o tu peso o tu elasticidad. Haces kendo con todo, no sólo con un shinai.  El asunto de la medicación puede resultar más peliagudo, puesto que una combinación de psicótropos potente reduce la ansiedad, pero también los reflejos, la respuesta a los estímulos, y puede provocar alteraciones psicomotrices. Movimientos terapéuticos y de usuarios trabajan desde hace décadas en un replanteamiento de la psicofarmacología negociada entre el usuario y su psiquiatra: más sucintamente, que aquello que te salva la vida por un lado no te la arruine por otro impidiéndote desarrollar tus actividades. Pero, mientras se utilice medicación, no viene mal avisar de ello para que la manía de cambiar del pie derecho al izquierdo tenga una explicación lógica. Que vamos, esto le ha pasado a una amiga.  ¿Recuerdan a Gordo-san? Probó a no abrir la nevera. A este gordo, el médico, harto de advertirle de que le quedan como mucho diez años antes de que el corazón le haga CRACK, le ha recomendado hacer ejercicio. Cuando se ha convencido de que nunca ha corrido ni para coger el autobús, y de que no va a salir a correr ni mañana, ni el año que viene, busca otra alternativa. Y es posible que se decida por un arte marcial: se suda un montón, se trabaja un número importante de músculos, se practica en grupo, y mola mucho más dar patadas voladoras que hacer 30 series en cualquier máquina (el fitness, además, suele salir caro). El gordo, que no es un friki tarao atolondrado, ha investigado. Las Artes Marciales promueven la disciplina, la superación, hábitos de vida saludable; que es lo que él necesita tanto como (y para) perder peso. Y muy convencido se planta en el dojo o gimnasio que más le convence o más cerca le pilla.

Pero Gordo-san no adelgaza ni un gramo. Y no es que no le ponga voluntad, pero de entrada sus 113 kilos le impiden no ya dar patadas voladoras sino aguantar más de media clase. Gordo-san es un tipo afable y le acogen con cariño: tampoco es ese su problema.

Resulta que a Gordo-san le sigue gustando comer. Y cómo come. Justo después de entrenar se da un homenaje extra por lo bien que lo ha hecho. Para motivarse.

Si Gordo-san no asume que su dieta tiene que cambiar, dará igual lo divertido que sea pasearse en kimono o las ganas que ponga. ¡Porque Gordo-san le pone ganas! ¡Porque es verdad que las Artes Marciales fomentan el autocontrol, la disciplina y todo lo que decía Internet! Pero la nevera de Gordo-san está en su casa, no en el gimnasio, y ahí es donde Gordo-san tiene a su Némesis. Y al cabo de una temporada, congestionado, frustrado, y probablemente más gordo, recibirá una reprimenda más del médico de cabecera.

Mi gordo es un trasunto, al hilo del post escrito por mi compañera Elena, psicóloga clínica y cofundadora del dojo de kendo Aranami. Sostiene, sensata y atinadamente, los beneficios de la práctica del kendo en la salud mentalVarios estudios reivindican la práctica del budo como terapia o complemento de ésta. Muchos tratan de abarcar el amplio espectro de las Artes Marciales, de la misma manera que el aún mayor espectro de transtornos psicológicos.

Yo misma afirmo que el kendo me devolvió la salud mental (y consecuentemente la otra) y ha salvado mi vida. Pero creo necesario aportar algunos matices desde el otro lado del diván del psicólogo.

La mayoría de transtornos conllevan una pérdida progresiva de habilidades sociales. También es frecuente la ausencia o desaparición de rutinas. Cualquier actividad en la que una persona con transtorno mental logre implicarse le aportará una medida de ambas cosas. Citando el post que da pie a este, el entrenamiento en kendo no es fácil, requiere disciplina y constancia, así como aprender a dominar los propios instintos y el acto impulsivo y desordenado. En efecto, y mucho más. Si aguanta.

¿Sabéis esas clases que sales cavando para que te trague la tierra?

El Gordo llegaba a casa y se daba un homenaje. Un practicante de kendo con un transtorno de personalidad, como es mi caso, lleva puesta su nevera bajo el keikogi. Podemos encontrarnos con dificultades para controlar el miedo que deriven en ataques de ansiedad. En algún momento esa persona puede clavarse y no ejecutar el ejercicio. Pasará por momentos de bloqueo y también fases de depresión. Estas fases son corrientes en la mayoría de transtornos de personalidad: lo que hace especial su relación con el kendo es la enorme carga emocional que éste requiere. Conlleva un fuerte desgaste mental y pide grandes dosis de autocontrol. Muchos hemos visto bajas (o nos han tentado) tras clases especialmente desalentadoras. En el caso del TP puede disparar el gatillo de la depresión, que conlleva un grave riesgo de abandono.

Tras años de trabajo de introspección, cada cual desarrolla recursos para romper los bloqueos emocionales y desactivar los gatillos. Yo lloro. Lloro mucho. Sin embargo, he visto a compañeros abandonar o sufrir ansiedad durante meses antes de volver a entrenar: el dojo se convierte en el lugar de la exposición, en otro entorno hostil. Y esto nos dirige a las relaciones interpersonales y al estigma social.

Personalmente, soy partidaria de la desarmarización contra el estigma. Sin embargo tardé unos meses en contar mi condición a mis profesores y compañeros. Siempre se paga un precio por hacerlo, pero a la larga creo que hice bien. Cualquier circunstancia personal que se salga de lo ordinario, bien manejada con el conocimiento de los instructores, se convierte en un aspecto más del entrenamiento. Lo trabajas como tu estatura, o tu peso o tu elasticidad. Haces kendo con todo, no sólo con un shinai.

El asunto de la medicación puede resultar más peliagudo, puesto que una combinación de psicótropos potente reduce la ansiedad, pero también los reflejos, la respuesta a los estímulos, y puede provocar alteraciones psicomotrices. Movimientos terapéuticos y de usuarios trabajan desde hace décadas en un replanteamiento de la psicofarmacología negociada entre el usuario y su psiquiatra: más sucintamente, que aquello que te salva la vida por un lado no te la arruine por otro impidiéndote desarrollar tus actividades. Pero mientras se utilice medicación no viene mal avisar de ello para que la manía de cambiar del pie derecho al izquierdo tenga una explicación lógica. Que vamos, esto le ha pasado a una amiga.

¿Recuerdan a Gordo-san? Probó a no abrir la nevera.