Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por nuestro dojo más a menudo de lo que nunca se imaginó, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la primera puerta a la derecha.

Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.

¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Foto de Alicia Pérez Gil

Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.

– ¿Que tienes QUÉ?

– Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas…

Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre… y ahí terminó la fantasía.

En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo “para que te hagas una idea”. Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.

Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.

– Es que es tinte natural- te dicen.

…y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Pie de foto (badumTSS!) Imagen de Alicia P. Gil

A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.
Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…