¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Tag: Así nos ven

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por nuestro dojo más a menudo de lo que nunca se imaginó, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la primera puerta a la derecha.

Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.

¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Foto de Alicia Pérez Gil

Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.

– ¿Que tienes QUÉ?

– Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas…

Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre… y ahí terminó la fantasía.

En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo “para que te hagas una idea”. Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.

Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.

– Es que es tinte natural- te dicen.

…y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Pie de foto (badumTSS!) Imagen de Alicia P. Gil

A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.
Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Así nos ven. Fernando Hugo Rodrigo Blanco, guionista (primera parte)

De vez en cuando mis amigos vienen a visitar el dojo cuando pasan por Madrid. El éxito de las visitas ha sido más bien nulo a efectos proselitistas, pero he convencido a uno para que nos cuente cómo somos desde su punto de vista. Fernando Hugo Rodrigo Blanco es guionista de cine y TV y esto es lo primero que escribió en su blog sobre nuestros QUÉS.

Todos tenemos nuestras pequeñas cápsulas de vida encajonadas en rutinas. Más, a medida que envejecemos, pero he aquí que, de cuando en cuando, uno tiene la suerte de topar con todo un universo que, si no es “alternativo” en el grado que tiene este adjetivo en la ciencia ficción, sí que te pone en contacto con una forma de vivir tan diferente a la tuya que no puedes sino hacerte preguntas.

Y hacerte preguntas es un método estupendo para aproximarte a un proyecto de guión.

Pese a mi usual desconfianza acerca de las bondades de las nuevas tecnologías, reconozco que en esto Twitter me ha traído ventajas, ya que ha sido a través de él que la conociera yo hace dos años, más o menos a @cristaljar  (y el otro proyecto lo estoy trabajando con otro compañero twitero, @SamuelDalva). Arancha me dio la oportunidad de sumarme a un proyecto que le llevaba viajando por las neuronas años y que proviene de un interés personal en un tema: las artes marciales.

En cuanto a la webserie, en principio, mis funciones como guionista eran las habituales, entre otras cosas, porque había cierta prisa. Había un concurso por ahí, y una fecha de entrega, y eso asienta muy bien las prioridades: personajes, tramas, subtramas, giros… Desarrollamos la propuesta de ficción, y, cuando nos dimos cuenta, casi lo teníamos al dente.  Claro, habrá que revisar, rescribir, afinar, pero la historia a la que aspirábamos está ahí. Nunca habíamos trabajado juntos. No vivimos en la misma ciudad. No nos conocemos, ya digo, desde hace tanto, y, siendo realistas, ni siquiera hemos hablado en persona en tantas ocasiones.

Y, sin embargo, “entré” en su mundo con relativa facilidad. Esto, creo, es fundamental para un trabajo entre dos (o más) guionistas: comprender lo más rápido que se pueda, no ya las intenciones de un proyecto, sino su tono. Y, si me apuran, hasta exactamente qué ronda la cabeza de tu compañero (no digamos ya, el de tu jefe) antes de que se refleje del todo en el Word, el PDF, o el Celtx.  Pero no es sencillo. No lo es porque, sorpresa, todos tenemos bastantes más diferencias de las que creemos. No nos obsesionan las mismas cosas.

No vemos ni nos gustan el mismo cine o series, ni nuestros intereses son tan similares, ni nuestras rutinas particulares, tan iguales. La edad y el país y su coyuntura sí, puede que nos acerquen, pero menos de lo esperado. Sí, casi todos estamos en paro o tenemos problemas de trabajo. Sí, casi todos estamos ya en un momento en que o nos hemos casado o tenemos pareja estable y hasta puede que tengamos hijos. Pero ni siquiera esta circunstancia social tan “equiparadora” expulsa peculiaridades en nuestro día a día.

Y eso es lo interesante. O, mejor dicho, es lo interesante si somos capaces de ver que es justo eso: interesante. Las historias también están ahí fuera. Donde se origina lo que es diferente. Lo que es curioso. Fuente de preguntas.

Arancha practica artes marciales. Kendo y Iaido. ¿QUÉ? Bueno, yo tampoco sabía qué era. Arancha practica estas dos disciplinas desde hace años. Cuando lo supe, me sorprendí. Me sorprendí por un detalle muy concreto: yo nunca podría.

Campeonato de kendo de Madrid 2011

¿Da miedo? Bueno. Lo que se desconoce siempre lo da, un poco ¿Pero no genera también curiosidad?

Encuentro que esto es una forma de aproximarse a la realidad de los otros. Otra, por supuesto, es la de “yo nunca lo haría”, pero eso me parece que contiene una especie de juicio. Un tanto de ese cinismo o superioridad del que cree que su vida, sus intereses, las decisiones que toma, son una especie de norma, y las de los demás, algo ajeno, incomprensible, cuando no estúpido. Ya conocen esa actitud: sobrevuela blogs de toda clase. Más, si son blogs “ideológicos”.

Pero con esa postura, es improbable que un guionista (o cualquiera que haga algo creativo) esté escuchando de veras a la otra persona. Es como ese turista, por otro lado tan extendido, que lleva una cámara que dispara fotos digitales a troche y moche igual por un paisaje que por un monumento que por algún tipo de ceremonia étnica. Miras pero no ves. Oyes, pero no escuchas. Pasas por allí, y vuelves a tu redil, y te congratulas de que has conocido mundo. Pero tu mundo sigue igual que antes con lo que en verdad no has conocido nada.

Arancha practica artes marciales y yo quería saber por qué. Quería y quiero saber, también, por qué se ha convertido al Islam, pero aún quedan muchos años, y proyectos posibles, con lo que mi amistad con ella tiene ocasión de crecer.

Y esto es Iaido. La imagen no transmite, no puede, todo lo que de fascinante y bello tiene este arte marcial.  Campeonato de España de iaido 2010

Y esto es Iaido. La imagen no transmite, no puede, todo lo que de fascinante y bello tiene este arte marcial.

Pero ahora mismo este proyecto, en su faceta documental, trata sobre las artes marciales. Y cuando aquello que sólo tenía ficción pasó a ser una cosa más transmedia, las posibilidades florecieron. Una forma de que algo que tú encuentras interesante se convierta en interesante para un futuro y potencial espectador es que puedas situarte, desde el principio, en la misma casilla de salida.

Y esa casilla de salida es siempre una pregunta. Bueno, una que abra todas las demás.

¿Quiénes son, todas estas personas que, en vez de descansar y relajarse, tras un día duro de trabajo van a un gimnasio (la palabra “técnica” es dojo) a castigarse el cuerpo? ¿No es lo bastante dura ya, la vida? ¿Y qué tiene esa filosofía oriental, que tan poco conocemos, y que tan mal interpretamos, más, en estos días en que la moda es la oposición a todo pensamiento un poco trascendente?

Todo se explica recordando ese estupendo título (y no menos estupendo relato) de Robert Heinlein que se titulaba “All of you zombies”. La historia hace uso de lo saltos temporales y de las incoherencias que produce. Pero aquí la clave es la postura del (no atípico, en Heinlein) protagonista: como, al final, cada ser con quien tiene relación derivan de él mismo, todos los demás, todos los que no sean “él”, son desconocidos, y, por tanto, un Otro demasiado “extraño”; demasiado “ajeno”. Merecedor de ese calificativo despreciativo: todos, menos él, son zombies. Todos los demás.

Pero como no parece adecuado ese vía hacia la misantropía, diría que el camino es el opuesto. Preguntarse quiénes son estos “otros”. Y si eso se convierte en una forma de desarrollar un proyecto creativo, miel sobre hojuelas. Arancha se ha embarcado en una historia que serán, además, varias historias, y lo hace porque es parte de su vida. Yo la acompaño porque quiero entenderla, y entender, un poco, no crean, eso tan complicado que es todo lo que queda fuera de la mente de uno mismo.

© 2017 ¿que haces QUÉ?

Theme by Anders NorenUp ↑

A %d blogueros les gusta esto: