Por Alan Mauricio Cedillo González.
Dojo de la Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Para nosotros es un honor publicar las entrevistas de senseis y kenshis veteranos, pero también lo es que otros kenshis quieran compartir sus primeros pasos. Alan escribió esto cuando apenas llevaba entrenando tres semanas; y como estos días se celebra el IV Campeonato Latinoamericano en Yucatán, lo publicamos hoy deseando lo mejor a los kendokas participantes y muy especialmente a todos los estudiantes mexicanos hagan kendo o no. Ganbatte kudasai!

Cuando estás en la orilla, o al menos cuando yo estaba en la orilla (literal y metafóricamente) lo único que podía pensar era en algo que me impidiera hacerlo. De cierta forma cuando estás ahí parado lo que esperas es que se aparezca alguien y te diga “no lo hagas”, pero eso no pasó. Fue entonces que empecé a tratar de buscar una razón, la que fuera, aun cuando esta fuera que llevaba conmigo la computadora de la agencia donde trabajo y que ellos la pagaron y no les podía hacer esto. ¿Ven? La que fuera.

De cierta forma la computadora me salvó. Esa fue una manera de lidiar con el momento: transferir toda la responsabilidad de una decisión a un objeto inerte para así no cargar con el peso. Después de ese incidente, y cuando empecé a ir a terapia, volví a los libros de Chuck Palahniuk, mi autor favorito, y fue cuando empecé a entender las otras capas más allá de la trama.

Si eres el nuevo, TIENES que hacer kakari geiko

¿Qué tiene todo esto que ver con el kendo? Pues quizá pareciera que no mucho, pero entre los libros que releí estaba El Club de la Pelea. Palahniuk ha dicho en varias entrevistas que él cree que el triunfo de la película se basa en que le mostraba a la gente algo que poco a poco está perdiendo: el sentido de pertenencia. “Tú no eres tu nombre” podría parecer a simple vista algo duro, pero por el contrario es el inicio de tu pertenencia a la comunidad. Se podría traducir a un “Si estás aquí eres uno de nosotros, un igual. Tus distinciones no importan aquí”.

Un sentido de pertenencia tan parecido he encontrado en el kendo, quizá incluso desde la primera vez que entras al dojo. Ser el nuevo no te exime de guardar respeto, de seguir los protocolos; en el momento en el que te han aceptado eres uno del grupo y ese tipo de hermandad llena de muchas maneras.

Uno de los primeros días de entrenamiento Carlos, uno de nuestros senpai, nos habló del miedo y fue de ahí que puede darme cuenta que: 1) El kendo requiere dos y 2) La mitad del tiempo no estás peleando contra el oponente que está frente a ti. Tu oponente te ayuda, es sólo el avatar de lo que sea con lo que en verdad estás peleando. Miedos, ansiedades, inseguridad, enfermedades y muertes; todo eso puede llegar a representar tu oponente y para él quizá tú también eres algo más allá. Creo que de ahí nace el agradecimiento al oponente (tanto al principio como al final), es un agradecimiento por permitirte pelear con lo que te estaba manteniendo atrás. Y también es un ejercicio de crecimiento mutuo.

Una de las reglas del Club de la Pelea que puede tener el significado más profundo es la séptima regla: las peleas durarán tanto como deban durar. Este precepto en el libro después se ve completado con algo que el kendo me ha hecho sentir:

Nada se ha resuelto al terminar la pelea, pero nada importa.

Y es precisamente esta sensación de alivio que me ha dejado el kendo lo que siento que lo hace un arte marcial especial, que se centra en un hombre completo y no sólo en un “guerrero”. O quizás antes de pensar en ser un guerrero, digno de enfrentarse en guerra, se debe ser un hombre completo. Es también el ejercicio de introspección que tenemos después de cada entrenamiento: analizar qué aprendimos hoy algo que nos complementa de muchas maneras. Así puedes aprender la posición correcta de los brazos como puedes aprender que el miedo te detiene y ambos son igual de valiosos. Eso hace, a mi parecer, que el kendo sea más que un arte marcial un camino para la vida.