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Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Se ha escrito un crimen. Kendo Killing

Resulta que hubo una guerra y los japoneses la perdieron, pero ni los bombazos ni la ocupación militar lograron que los norteamericanos entendieran de qué rayos iba Japón. Así que se han tirado 70 años intentando pasar los apuntes a limpio. En este vídeo, Jessica Fletcher viaja a Japón para explicarnos que el kendo, ese arte misterioso, milenario y ancestral, de ese país aún más misterioso, más milenario y más ancestral, puede ser peligrosísimo en las manos equivocadas.

 

Kendo Killing se titula este episodio de Se ha escrito un crimen (Murder, she wrote), el duodécimo de la duodécima y última temporada (DOCE TEMPORADAS) de la serie producida y protagonizada por Angela Lansbury: una escritora de novela pulp de la Tercera Edad que resuelve asesinatos. Un icono de esa década y media que llamamos Los Ochenta. Se vendió a más de 40 países y recibió nombres tan deliciosos como el italiano La signora in Giallo.

Para cuando se emitió Kendo Killing, Lansbury llevaba un tiempo produciendo la serie junto a su marido e hijo además de protagonizarla. Los argumentos de este procedimental no cambiaron desde el piloto: los involucrados en el asesinato son amigos de Jessica Fletcher, pierden a un allegado y la escritora resuelve el crimen, cuando no salva una vida más. El asesino suele ser, oh sorpresa, un señor o señora que parecía estar pasando por allí.

En Kendo Killing Jessica viaja a Osaka a visitar a su amiga Miko, también escritora pero 30 años más joven. Miko y su mejor amigo, Koji, heredero de una fábrica de motos, son presionados por sus familias, muy tradicionales (muy japonesas) para casarse, aunque ninguno está por la labor y Miko se ha prometido con Rick, piloto de motociclismo y amigo a su vez de Koji. Hacen kendo juntos y el pobre Koji experimenta una cruel muerte por tsuki a manos de un torpe que, al llevar el men puesto, le confunde con Rick.

Todas las sospechas se dirigen al hermano mayor de Miko, que no tiene ninguna simpatía por el americano. Por si no había quedado claro que es un señor muy tradicional nos lo enseñan con haori, tomando té, rodeado de katanas de todos los colores, haciendo shodo con un yoroi en el salón y un BELLO cuadro antiguo de dos samurais haciendo kendo.

Al final, el asesino, como siempre, resulta ser un personaje con poco más de dos frases: otro norteamericano, Bill Dawson. Él y su sombrero de vaquero querían hacerse con un prototipo de moto de carreras. Con el tipo en manos de la justicia, Jessica se queda unos días en Osaka para asistir a la boda de Miko y Rick, que van a establecerse en Japón, mientras la hermana de Koji por fin accede a la dirección de la empresa. El padre de Koji, por cierto, estaba interpretado por Norijuki Pat Morita, como un muy tradicional, muy feudal (muy japonés) hombre de negocios. Por el camino nos llevamos una media hora de tradiciones milenarias, samurais, caligrafía, chistes sobre comida típica, rickshaws (en serio) y reflexiones sobre el papel de la mujer en la sociedad japonesa contemporánea.

El kendo ha fascinado a los norteamericanos desde que se dio a conocer. Los inmigrantes y sus hijos tuvieron prohibida su práctica durante la segunda guerra mundial, y muy limitada después. Ocurrió con otros budos, pero el kendo provocaba la mayor aprensión. Varios trabajos académicos han tratado el asunto en profundidad, y ya hemos mencionado alguno en posts anteriores. Por encima de que existiera un riesgo real o no de aplicar las técnicas por parte de la población japonesa ocupada, el kendo por encima de todas las disciplinas emparentaba con el sentimiento de identidad. Cuando tu enemigo tiene muy claro quién es, siempre es más difícil de vencer; y más allá, cuando no tienes ni idea de quién es, necesitarás un pepino nuclear para vencerle. Y los Estados Unidos no estaban desencaminados: el fascismo japonés, en sus distintas reformulaciones, ha utilizado y utiliza el Budo, y el kendo, para construir su ideal nacionalista. Pero de Mishima y su empanada mental hablaremos otro día, que ya tengo ganas. De momento, el episodio completo se puede ver online aquí.

2 Comments

  1. Bueno… no diré nada de como llevan el men puesto, la técnica depurada entre postguerra y fantasía, los shinais de la puerta con los cordoncitos de fijación aun puestos señal inequívoca de que son reliquias de familia y el último “tsuki” tripero que tan siquiera se molestan en usar un hasugi más apropiado para meterlo entre el do y el tare. ¡Leches! que hasta en la época de Luis Candelas lo hubieramos hecho mejor.

    • Ayer estuve tentada de enlazar con este post sobre Gekkiken, pero cuando el de la izquierda dio la patada voladora ya no hizo falta. Lo del tsuki tiene más sentido: al final el sesino es el yanqui del sombrero de vaquero. ¡Si de hecho mata al tío equivocado porque con el men se confunde de víctima!

      Es volver a mi rollo de miércoles favorito: si quieres vender el Japón misterioso, ancestral, milenario y blablabla… samurais. ¿Que no encuentras a mano un samurai? Coge un bogu: no falla. Luego decimos que muchos vienen a kendo buscando otra cosa. Claro. Todo esto.

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