¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Los jueves foto: Un antebrazo romano

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Esta foto la saqué hace meses. Apenas tuve que “postprocesarla” (me encanta usar palabros técnicos siendo un mindundi) una vez que la vi en formato RAW. Me encanta. Está feo que lo diga yo, pero me parece cojonuda.

Men himo

Pelayo san

Pero en realidad creo que me gusta por otros motivos. Motivos que van mucho más allá del mero logro técnico u oportunista de disparar en el momento justo. A ver si consigo explicar todo lo que este antebrazo, tan digno de una escultura clásica, representa para mí.

Todo aquél que me conozca sabe que la persona dentro de la máscara es uno de los profesores de Zanshin Madrid, allí donde estudio Kendô (sí, estudio además de entrenar). Este antebrazo nos ha dado tanto a tantos que merece un hueco en nuestros “kokoros“. Sin ser un dechado de simpatía, es capaz del humor más directo. Sin ser alguien con ínfulas de filósofo de la vida, es un ejemplo de pragmatismo vital sin tapujos. Sin “ir de sensei“, es un ejemplo a seguir para todos los budoka del dôjô. Sin querer ser el amigo del alma que todos necesitamos de vez en cuando, es una presencia inmutable cuando lo necesitas.

Sabe perfectamente que su labor es ser tu profesor de Kendô. Pero no se queda ahí. Analiza, estudia, comprende. No lo sabrá todo, pero lo que sabe es mucho más que suficiente para dar lo que tiene. No te va a regalar nada y te lo va a exigir todo. Es duro como la piedra de ese antebrazo. Sabe ser inclemente cuando tienes que recibir palos. Y cuando tu sacrificio sale adelante, su mano es la primera que va a palmear tu espalda o la que va a estar tendida para levantarte del suelo. Con esa media sonrisa que se gasta, el muy puñetero, diciéndote que “primero, los pies en la Tierra”.

Podría entrar en el ámbito de lo personal, de lo que él ha hecho por mi, de todo lo que tengo que agradecer a este antebrazo marmóreo. En los peores momentos. En los mejores. No es un mero profesor: es una presencia. Tiró de mi cuando más difícil me resultaba ir a entrenar. Cuando NO iba a entrenar. Pero no quiero extenderme.

Cuando le tengas delante, metido en el bogu, con la punta de su shinai directa a tu garganta, sabrás dos cosas sin atisbo de duda: como no te dejes la piel, vas a sufrir y si te la dejas, habrás hecho feliz a un compañero. Que es lo que él quiere ser: un compañero feliz.

2 Comments

  1. Genial foto y genial texto

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