Hace una semana me incorporé a la asamblea de trabajadores de la cultura y entretenimiento del Mayo Global en Madrid. Como a las otras Mareas nos preocupa la precariedad de nuestro trabajo, y no solamente nuestros puestos de trabajo sino la calidad misma de lo que producimos. En estos momentos, lo que aporta la industria cultural son más parados a la supercifra de seis millones, y al incontable número de precarios, explotados y aterrorizados.

Algunos son artistas marciales o padres y madres de artistas marciales. Unos han tenido que dejarlo para sobrevivir, otros nos las vamos apañando. Los instructores también lo sufren: no se puede cobrar a quien no te puede pagar. Con todo todavía resistimos. Se intenta mantener la base en los colegios, se bajan sueldos para mantener las cuotas, se reducen los cursos. Se hace, como hacemos todos, lo que se puede.

En esta misma ciudad donde vivo hemos celebrado hace tres días un campeonato autonómico de kendo, en el que he competido por primera vez. Mi capitana, pediatra, terminó la guardia, se quitó la bata, se puso un bogu y salió al shiaijo sin dormir. La selección española de Iaido nos enviaba fotos desde la furgoneta, camino del Europeo de Andorra de 2011. Sé de un joven instructor novato al que una institución pública sugiere cambiar clases por beneficios académicos, del mismo modo que a otros quieren pagarnos nuestros contenidos con visibilidad. Y todo se complica más en este ámbito nuestro del Budo, que es deporte y es arte y cultura y juego a la vez, y por eso mismo, para muchos ahí fuera no es nada.  Esta misma ciudad quiere organizar unos Juegos Olímpicos. La obsesión olímpica de Madrid comenzó en 2004 y vamos coleccionando candidaturas, campañas y logos (y 7000 millones de euros de deuda) siempre con unas infraestructuras terminadas al 80% porque si algo estuviera terminado alguna vez esto no sería Madrid. Una de las instalaciones terminadas se llama Madrid Arena. Otra, la Caja Mágica, se utiliza dos veces al año. Dos de sus polideportivos más grandes y antiguos han sido privatizados y su entrada es restringida al apellido, la cuota o en el caso del Club de Campo ambas cosas. Nuestro estadio más antiguo, el Beti-Jai, se cae a trozos. El abismo entre el negocio del deporte de élite y el deporte de base es insondable, y eso ahora que las selecciones ganan. Para nosotros ni siquiera hay abismo. No hay élite cuando no se existe.

Así acabamos el Campeonato de Madrid

He introducido el tema del deporte en la asamblea porque vivo en una ciudad donde la piscina cuesta cinco euros, si tu barrio tiene la suerte de tener una abierta. En esta misma ciudad donde vivo hemos celebrado hace tres días un campeonato autonómico de kendo, en el que he competido por primera vez. Mi capitana, pediatra, terminó la guardia, se quitó la bata, se puso un bogu y salió al shiaijo sin dormir. La selección española de Iaido nos enviaba fotos desde la furgoneta, camino del Europeo de Andorra de 2011. Sé de un joven instructor novato al que una institución pública sugiere cambiar clases por beneficios académicos, del mismo modo que a otros quieren pagarnos nuestros contenidos con visibilidad. Y todo se complica más en este ámbito nuestro del Budo, que es deporte y es arte y cultura y juego a la vez, y por eso mismo, para muchos ahí fuera no es nada.

Esta misma ciudad quiere organizar unos Juegos Olímpicos. La obsesión olímpica de Madrid comenzó en 2004 y vamos coleccionando candidaturas, campañas y logos (y 7000 millones de euros de deuda) siempre con unas infraestructuras terminadas al 80% porque si alguna vez termináramos algo esto no sería Madrid. Una de las instalaciones terminadas se llama Madrid Arena. Otra (la Caja Mágica) se utiliza una vez al año. Dos de sus mayores polideportivos han sido privatizados y su entrada es restringida al apellido, la cuota, o en el caso del Club de Campo a ambas cosas. Nuestro estadio más antiguo, el Beti-Jai, se cae a trozos. El abismo entre el negocio del deporte de élite y el deporte de base es infinito, y eso ahora que las selecciones ganan. Para nosotros ni siquiera hay abismo. No hay élite cuando no se existe.

Y yo, que siempre he tenido a gala que no seamos olímpicos, para evitar ese abismo precisamente y porque quiero creer que lo que hacemos es otra cosa, pienso en esas inversiones pantagruélicas y me acuerdo de la furgoneta de los de Iaido y de mi taisho cambiando guardias, y de mi entrada de cinco euros a una piscina descascarillada para hacer físico, y me parece todo un contrasentido enorme, y a alguien se lo tenía que contar. Y para eso tengo un blog.

 

Sobre el dilema olímpico escribió este artículo Alexander Bennett sensei,

y Néstor de Makoto Valencia lo ha traducido.