El título es muy pobre, pero Ko Ken Chi Ai ya lo teníamos cogido adjudicado, y el precioso Crossing swords and borders es el lema de Kendo World. Es lo que hay.

No recuerdo exactamente cuándo conocí a Lourdes, pero de curso de kendo en curso de kendo nos fuimos haciendo amigas hasta hoy.  El regalo de bodas que Lourdes y Josevi nos hicieron fue invitarnos a pasar unos días a Valencia y entrenar con ellos en Makoto Shin Kai.  A esta convocatoria se sumó nuestro armero favorito, Javier Villa, que añadió una jornada de iaido (y comilona) en Bushinkai Castellón. Sin ofender, mamá, puede que haya sido el mejor regalo de bodas del mundo.

Y a la que te corte te llevo al buffet.

Muchos hacemos bromas sobre cómo cargamos el coche cuando hay curso, más en pleno Kendotour veraniego que añade bañadores, toallas, balones y hasta disfraces. Viajas con lo normal: cuatro shinais, dos bokken, dos iaitos, tres kimonos completos, tenuguis, un bogu, regalos para los dojos anfitriones. Y la ropa justa, claro; tan justa que como llueva tendrás un problema, pero es que no puedes cargar con nada más. Un compromiso algo complicado de entender si no tienes la suerte de que tu familia también entrene: fines de semana, vacaciones, cálculos de tiempo y dinero que giran en torno al kendo que podemos hacer. Y vacaciones normales en las que tanteas los kilómetros hasta ese dojo de amigos que has ido haciendo a base de cruzar bambú. No soy la primera que constata que no puedes hacer kendo solo. Ni siquiera es la primera vez que lo mencionarmos por aquí: no os descubro nada, pero a ver dónde lo voy a contar.

Y todavía falta la bolsa de los shinais...

Y todavía falta la bolsa de los shinais…

Aunque cuando sales de casa sin la excusa del seminario (y sin la protección de tu dojo) llevas contigo algo más que todo el equipaje que incomprensiblemente has logrado encajar en el maletero y que pesa el doble que todo eso junto. Lo que más pesa no es el bogu ni el equipaje: lo que más pesa es el zekken. Llevas a todo tu dojo contigo y eso puede ser un tanto abrumador. Llevas a cuestas a tus instructores, a tus senpai, a todas tus compañeras y compañeros, y flota por encima de ti esa ansiedad de estar a la altura de la generosidad de tus anfitriones, así como de todos los que te acogen a diario. No eres sólo tú quien viaja, y esa es una sensación que necesitas controlar si no quieres que te arruine la visita.

Esa ansiedad por otra parte no deja de ser natural: no pagamos una cuota por un servicio, al fin y al cabo. Construimos vínculos profundos que van más allá del kisaki de nuestras espadas. Nadie deja un dojo porque otro le pille más cerca. Ese vínculo, a veces, como con Lourdes, como con Javi, lo encontramos también en otros dojos y en otras ciudades, a veces hasta en otros países. Si tienes la oportunidad de tejer un poco más ese vínculo no la desaproveches nunca: pone de manifiesto todos los deberes que tienes que hacer, pero también te da un poco de perspectiva de por dónde vas. Aprendes algún ejercicio nuevo que podrás incorporar en casa, y quizá puedas compartir alguna de tus rutinas con los demás. Y si le das duro a esto de las redes, pondrás cara y kiai a gente que hasta ahora eran sólo conocidos digitales, y al fin y al cabo eso también es divertido.