¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Compañeros de viaje

Santiago G. Velasco es profesor de kendo, iaido y jiu jitsu y árbitro nacional. Codirige el dojo Zanshin Madrid y colabora con la Federación Española de Judo y Disciplinas Asociadas.

Cuando arrancó este blog, sus editoras me propusieron colaborar con algún post sobre didáctica. Al principio pensé “¿y qué puedo aportar yo sobre eso?”. Si dejamos de lado que no tengo ni idea, se ha escrito tanto sobre el tema que cualquier cosa que yo pudiera escribir sería, como mínimo, redundante. Sin embargo, el otro día fui consciente de algo que creo que todo aquel que se pone delante de un grupo para enseñarles no debería perder de vista.

Desgraciadamente, en mis pocos años de budo (cerca ya de 30 y siguen siendo pocos) y en mi experiencia como instructor (algo más de 20 años) he visto que este punto en concreto tiende a olvidarse con demasiada frecuencia. Al contrario de lo que pueda parecer, y aunque suene muy tópico, el que más aprende en cada clase, el que más aprende en cada entrenamiento, es el profesor.

Motodachi, fotografía tomada durante una clase de Santiago G. Velasco en el dojo de kendo y iaido Zanshin Madrid, noviembre de 2012

Kiri kaeshi

Es muy importante que éste no lo olvide o puede caer fácilmente en manos de ese enemigo tan peligroso y sutil al que casi nunca ves llegar: el ego; y en los peores casos, la prepotencia. Las únicas armas que conozco para luchar contra estos enemigos son la autocrítica, la exigencia, la paciencia y la constancia.

Cada vez que le indico a un alumno en su primera clase cómo debe colocar su cuerpo, cómo debe agarrar el shinai (o el boken o iaito), cómo debe saludar… no me basta con repetirlo como un loro. Me examino a mí mismo realizando estas tareas que, para el practicante más avanzado, se han convertido en rutina.

Cuando el alumno comienza a ponerse el bogu o pasa a utilizar el iaito y le enseño cómo tratar y mantener su equipo, debo ser consciente de que si no hago lo mismo (aunque sea por falta de tiempo, lo cual no es excusa) el alumno no aprenderá jamás. Por lo que, pese a los años o a las clases que lleve a mis espaldas, me obligo a poner cada vez más atención en esos detalles. Precisamente para que nunca dejen de ser parte de mi práctica, y por lo tanto de la de aquellos que han depositado su confianza en mí para que les guíe.

Podría seguir así muchos párrafos: colocar bien los pies, buscar la distancia correcta, kikentai, kiai, zanshin. Con cada corrección nosotros también tenemos que corregir, trabajar y estudiar; para mejorar como budokas, y para mejorar como profesores. Por desgracia, hay profesores que a veces pierden esto de vista, y por lo tanto dejan de enseñar, por muchas horas que se pasen en clase. Muchas veces los alumnos te dicen que tienes una paciencia infinta o que estarás harto de repetir siempre lo mismo: es difícil hacerles entender que lo único que haces es trabajar tu propio camino a través del suyo. ¿Cómo puedo aburrirme de trabajar la postura? ¿el kamae? El día que eso ocurra habrá llegado el momento de colgar definitivamente el shinai.

No hay que tener miedo a las preguntas de los alumnos, por muy descabelladas que nos puedan parecer o por muy descolocados que nos pillen. Y creo que no hay que tener ningún pudor a reconocer que no sabemos las respuestas. En lugar de verlo como una merma de nuestras habilidades, es interesante recoger el reto de buscar la respuesta con el alumno que la ha planteado.

men tore. Clase de kendo en el dojo Zanshin Madrid. Noviembre 2012.

Men o tsuke

Tampoco hay que tener miedo a las observaciones que nos pueden hacer los alumnos al vernos practicar. Hay clases,semanas, o incluso épocas en que es necesario que no entrenemos y nos quedemos dirigiendo los entrenamientos y corrigiendo constantemente; pero hay que entrenar con los compañeros y alumnos.

Uno de mis mejores y más apreciados sensei siempre reconoce sus límites a la hora de mostrar esta o aquella técnica (a causa de viejas lesiones) y pide a otras personas que lo hagan, demostrando así lo buen maestro que es. Por lo tanto, ¿es una buena actitud reprender a ese alumno, compañero de viaje, que te dice tras una clase “te he visto hacer esta técnica y creo que haces una cosa rara en este punto. Quizá si…”? Yo creo que no, muy al contrario. Es más: probablemente lleve razón, pues la mayoría de las veces el mejor espejo que necesitamos para ver nuestra técnica son los demás, que se esfuerzan y sudan con nosotros, para ayudarnos a progresar al progresar ellos.

Y es cuando llegan al punto en que ven tus fallos y te ayudan a mejorarlos, cuando les ves superar un examen o superarse a sí mismos en un combate o una competición (independientemente del resultado) cuando ves recompensado tu trabajo. Tu kendo o iaido reflejado en ellos. Y donde encuentras la motivación para volver a ponerte delante al día siguiente y buscar formas y entrenamientos que os ayuden a crecer a todos.

3 Comments

  1. Yo creo que la relación entre profesores y alumnos debe ser simbiótica. Un profesor sin alumnos que le motiven a repartir sus conocimientos es como un libro sin nadie que lo lea. Y unos alumnos sin un profesor en quien puedan confiar su aprendizaje, no van a ninguna parte. Así que ¡¡gracias por encauzarnos!!

  2. En este camino, unos tiran y otros empujan, siempre en la misma dirección, siempre adelante.

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