Grado arriba grado abajo, Matías Vain Rodríguez es un novato. Lleva menos de un año practicando kendo y iaido. Pero es uno de nuestros lectores más activos, nuestro primer amigo uruguayo, y lo más importante: se ha leído el libro. Esta es su reseña de Autumn Lighting: the education of an american samurai.

Grado arriba grado abajo, Matías Vain Rodríguez es un novato. Lleva menos de un año practicando kendo y iaido. Pero es uno de nuestros lectores más activos, nuestro primer amigo uruguayo, y lo más importante: se ha leído el libro. Esta es su reseña de Autumn Lighting: the education of an american samurai.

Autumn Lightning está escrito por Dave Lowry, el mismo autor de Persimmon Wind, libro en el que Lowry contaba sus experiencias en Japón entrenando en los principios de la Yagyu Shinkage-ryu, que en su momento fuera comentado aquí. De hecho es precedente de ese libro y ambos forman una suerte de saga. En aquel Lowry iba a reunirse con su sensei en Japón después de mucho tiempo sin verse, para proseguir con el entrenamiento. En este, Lowry nos cuenta como siendo un adolescente  conoce al Sr. Kotaro, un ingeniero japonés de mediana edad, y a su esposa Kaoru (que es tan importante para la formación de Lowry como lo fue su sensei). Al mismo tiempo, intercaladas con esta narración, hay una serie de viñetas acerca de los fundadores de la Yagyu Shinkage ryu, la escuela de guerra de los shogunes Tokugawa, de la cual Lowry es practicante.

Puedo ir diciendo que esas son las partes del libro que más me gustaron, será por mi afición a la novela histórica, será porque se ambientan en el mismo período en que se ambientaba Shogun, la muy divertida pero totalmente inexacta novela de James Clavell que a muchos nos metió en el Japón antiguo. Esta es la del final del período usualmente llamado Sengoku, que terminó cuando Tokugawa Ieyasu sube al poder. Tokugawa y su un tanto excéntrico (para la época) maestro de esgrima Yagyu Munetoshi son protagonistas junto con otros de este libro y Lowry toma los hechos históricos (hasta donde se puede confiar en ellos) puntuales y los adereza con diálogos y narrativas de su cosecha, permitiéndose cierta licencia poética; cosa de que uno se compenetre con la historia de su escuela, que es lo que él quiere contar. Funciona.

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Foto de juventud de Lowry
(C) Black Belt Magazine

Por la prosa sólo, el libro es muy recomendable y me arriesgaría a decir que una persona ajena al mundillo de las artes marciales lo puede encontrar de su gusto: el resto de la obra no desmerece sus capítulos históricos y, sea hablando de técnicas de kenjutsu con bokken, ironizando sobre el pésimo acento  de la esposa de su sensei o discutiendo conceptos tan intrincados y elusivos como el shibumi –la estética del despojo y la simpleza, que da a lo japonés su sabor tan particular- Lowry lo hace todo ameno y de fácil lectura, además de ser muy instructivo.

Evidentemente Lowry pasó mucho tiempo cultivando su lenguaje lleno de lindas florituras que le permite darle a la cosa un aire “de período” y a veces se le hace difícil abandonarlo cuando está contando otra cosa. Uno se encuentra cosas del estilo de “y Fulana atravesó el patio del centro comercial como el viento de Amatsu atraviesa los campos de sorgo” (cita no textual).

Sobre la temática, bien. Lowry es practicante de Shinkage-ryu, todo un nombre en las artes marciales clásicas. Tiene muchos años haciendo esto. Yo no.

Así que la mayoría de lo que diga a continuación es como si lo dijera un completo extraño y pido que me perdonen si digo muchas burradas.

El libro trata tangencialmente las artes marciales, siendo como es autobiográfico y centrándose en la experiencia de practicar una escuela antigua. No hay mucha discusión sobre técnicas propiamente dichas. Además, como estudiante de Koryu, Lowry no puede revelar lo que él desee. Aun así se mencionan cosas que nosotros kendokas no vamos a dejar de reconocer, como la noción de zanshin, o los sufrimientos de cualquiera que tuvo que aprender a sentarse en seiza y similares, aunque es una óptica distinta y que muestra las claras las diferencias entre nuestra disciplina y la forma en que se practicaba y vivía el arte del sable en los tiempos en los que era usado para el combate y la guerra.

Hay también conceptos como el ya citado shibumi, que además de ser una cualidad de minimalismo estético es también una virtud individual. Más de una vez Lowry habla de su sensei como un “hombre de shibumi”, y dado la manera en que lo describe las palabras que más me vienen a la mente son “parsimonia” o “parquedad”. Me gustaría ver dónde queda situado el shibumi y conceptos asociados en el famoso debate de Ética vs. Estética, siendo que muchas veces los japoneses parecen hacer de su estética una ética y viceversa.

En todo caso la estética, el apego a las formas, pero también a lo que hay debajo de ellas, es un tema central. Uno piensa en la práctica de Lowry como artista marcial. Más de una vez toca el asunto de las artes marciales como Arte (Lowry usa el termino bugeisha, artista de guerra, frente al más común budoka, seguidor de una vía marcial): la cualidad de practicar koryu como quien preserva un objeto de arte viviente, por contraposición a las Gendai Budo o artes marciales modernas (“un koryu no es algo que uno adapta a su vida, más bien al revés”, cita más o menos textual que es uno de los leit-motivs de ambos libros). Lowry no es dado a debatir: dice lo que piensa. Si te gusta bien, y si no, también.

Pero sus opiniones, nos gusten o no, están bien razonadas. Lowry da lo mejor de sí para hacernos comprender el porqué de las mismas. Contra lo que uno pueda suponer demuestra una sorprendente falta de elitismo, bastante menos que en la mayoría de los practicantes de koryu y wannabes asociados que se suelen encontrar en Internet. Sí, para él kendo es una disciplina más cercana al deporte de lo que le gustaría, pero más de una vez se le puede sorprender vertiendo palabras de simpatía o hasta admiración (y más le vale, porque si uno ha de creer sus historias el fundador de Yagyu tiene indirectamente la culpa de todo, al haber inventado el fukuro shinai). La misma simpatía que hacia otras artes marciales de nueva escuela.

Lo único que para mí empaña sus ideas es el sutil pero siempre presente orientalismo que se filtra en las mismas. Entendible por cierto, porque Lowry debe pertenecer a la segunda o tercera generación de artistas marciales orientales en Estados Unidos y eso le pegó fuerte. No se trata tanto de que Lowry piense que lo japonés es lo mejor de lo mejor, sino que los argumentos que usa para ilustrarlo son producto de cierto desconocimiento de cualquier cosa que no sea el área en la que es experto. Conste que Lowry es un hombre de vasta cultura, pero como muchos apasionados de una cosa, su visión puede en ocasiones volverse algo estrecha.

Además de divulgador del Budo, Lowry es un reputado crítico gastronómico. (C) Saint Louis Magazine

Por ejemplo, hablando del trabajo de caderas y la importancia de fortalecer el área del vientre característica de las artes marciales japonesas, Lowry hace una comparación con el boxeo bastante errada: el argumenta que el boxeador, como todo deportista occidental, desarrolla el énfasis en la fuerza de sus brazos y torso superior, y eso le resta eficiencia a sus golpes que “sólo aturden” mientras los de un karateka, por ejemplo, “matan”.

Sin desmerecer el golpe del karateka, 20 años de artes marciales mixtas (en donde el box es un componente del entrenamiento de striking), torneos de estilo libre y una triste historia de gente muerta en el ring antes de que se empezaran a usar guantes (porque los guantes son para eso, además de proteger la mano del que pega) lo desmienten bastante, al menos en cuanto a la efectividad del boxeo como arte de lucha. Y tengo entendido que el entrenamiento de box es de los más completos en cuanto a las áreas que trabaja, ya que la mecánica del golpe depende de muchas cosas. Pero en fin, tampoco quiero entrar en un debate que además de largo es improductivo, porque al final del día sólo estamos defendiendo variados caminos para llegar a la misma cosa.

En todo caso todo es sutil, opinable (como dije antes, yo estas cosas las toco de afuera, casi) y no arruina para nada la lectura del libro, que como he dicho antes, es ameno e instructivo, la mejor de las combinaciones.

El libro se puede conseguir en edición impresa como en formatos electrónicos a través de la página de Shambhala Publications, la editora del libro. La edición de Kindle, que es la que yo usé, está bien, y viene con un práctico glosario con los términos manejados en el mismo. Tiene algunas fotografías en blanco y negro, y pequeños dibujos al comienzo de cada capítulo, que reproducen los modelos de tsuba desarrollados por un famoso herrero de la línea Yagyu.

La edición de Kindle cuesta a la fecha 11,99 dólares americanos y tiene 192 páginas; la edición impresa cuesta 19,95 dolares y tiene 194 páginas con tapa a color. Desgraciadamente todo esto en inglés, cosa de esperar con el poco mercado que tienen estos libros, pero esperemos que en algún momento cambie. De hecho si yo empezara a publicar material sobre koryu en español, comenzaría por estos volúmenes, que pueden interesar también a otro tipo de público, dada la buena pluma y la temática exótica.