¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Category: Ficciones (page 2 of 3)

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por nuestro dojo más a menudo de lo que nunca se imaginó, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la primera puerta a la derecha.

Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.

¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Foto de Alicia Pérez Gil

Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.

– ¿Que tienes QUÉ?

– Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas…

Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre… y ahí terminó la fantasía.

En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo “para que te hagas una idea”. Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.

Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.

– Es que es tinte natural- te dicen.

…y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.

Alicia Pérez Gil es escritora. Pasa por mi dojo más a menudo de lo que quisiera, y ha pasado también por aquí para contarnos cómo se ve el kendo desde esas casas donde hay shinais en el cuarto de baño y hakamas colgadas de la puerta que haya más a mano.  Hubo un tiempo en que las paredes de mi casa se encontraban en una esquina. Esto tenía sus ventajas y sus inconvenientes: como concepto, un par de muros infinitos tiene su encanto y es cierto que me llamo Alicia; quizá por eso no sería en exceso conveniente que mis habitaciones se perdieran en el espacio, como los dibujos de Escher. Ya tuve lo mío en la madriguera del conejo blanco, gracias. Sin embargo, como aficionada al bricolaje,  mis esquinas rebosan de imperfecciones. O sea, que están mal pintadas. He ahí el inconveniente.  ¿Y a mí que me cuentas? diréis. A mí lo que me mola es el kendo, guapa. Es posible que no le veáis el sentido a todo esto, pero lo tiene. La desaparición de las esquinas es una muestra más de las alteraciones que sufre una vida más o menos normal cuando entra en ella otra persona, a la sazón,  kendoka. O sea, uno de vosotros, hermosos. Una de vosotras.  Se dice que a las mujeres nos gustan los malotes o los caballeros.  Decirse, se dicen muchas tonterías,  sí.  Por ejemplo esa. Al parecer, buscamos aventura o protección.  Eso explicaría que, una vez visto que el muchacho de mi elección era más bien buena persona, mantuve mi decisión porque podría protegerme; cosa que  supe en el maravilloso momento en el que me informó de que me amaría locamente cinco  días en semana porque los otros dos tenía kendo.  - ¿Que tienes QUÉ? - Kendo. Es un arte japonés. Usamos espadas...  Entonces, la Alicia más atávica dejó de escuchar y se vio protagonista de la portada de una novela de caballerías: melena al viento, su galán espada en ristre... y ahí terminó la fantasía.    En realidad, ser kendoka consorte no te convierte en Dulcinea (lo que está muy bien, porque la buena mujer era un cardo), pero sí tiene efectos inmediatos sobre tu vida diaria. Y no sólo porque lo primero que hace tu samurai es ponerte una especie de colador en la cabeza y atizarte con un palo "para que te hagas una idea". Lo más significativo es, en realidad, lo mucho que aprendes: para empezar, tu vocabulario se amplía de manera exponencial. Por pura supervivencia, claro. Porque tu kendokita del alma se relaciona con otros kendokas, hacen cenas y comidas y quedadas. Al principio se esfuerzan por parecer seres humanos, eso hay que concedérselo; hasta que la primera anécdota abre camino. Entonces, o eres una esposa avezada o estás perdida. Diré en mi favor que ahora entiendo casi todo lo que dicen. Al final, un maki es un rollito en cualquier contexto oriental.  Aprendes también a ser una mejor ama de casa. Hay dos cosas del kendo que resultan incompatibles con los estándares de mi madre y, de rebote, con los míos: el añil omnipresente es la primera. Llega tu chico un martes; magullado, sudoroso aunque sea diciembre, cansado, con su bolsa al costado, te mira con ojitos y te acercas a abrazarle. Lo haces con buena intención, porque le ves cansado y necesitado de mimos. No hablaré aquí de lo difíciles que se hacen los abrazos cuando toda la superficie abrazable está dolorida y respinga, porque eso es muy personal y, yo que sé, no vamos a ofender a nadie. Los kendokas sufren y los consortes lo respetamos. Pero ¿Qué pasa con el primer susto que te pegas cuando resulta que el príncipe que elegiste muestra que sí, que es azul y que destiñe? Manos, tobillos, a veces el cuello, la bañera cada vez que se lava la faldita esa de tablas que no hay quien planche (lo hemos intentado ambos), lo que sea que por descuido caiga en la lavadora… Añil, todo añil.  - Es que es tinte natural- te dicen.  …y entonces abre la bolsa. Sí, esa que traía colgada del hombro junto con sus espadas de madera. La abre como quien abre un bolso cualquiera o la mochila del colegio, o una funda de contrabajo. Efectivamente, este es el mejor símil: abre su bolsa y tu casa se convierte en ese antro de la mafia, felices años veinte, donde alguien ha liberado el cadáver escondido hacía semanas en un estuche de contrabajo. En agosto. Segunda prueba para la empleada doméstica que nunca quisiste ser: acabar con ese olor. Olor a kendo, lo llaman. Ni el flus del súper, ni ventilar el trajecito de monja guerrera toda la semana en el balcón. Ese olor persiste y lo único que puede hacerse es unirse a él. No se vence al olor a kendo.    A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.  Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Pie de foto (badumTSS!) Imagen de Alicia P. Gil

A estas alturas quizá no recordéis que esto empezaba con una descripción de las inexistentes esquinas de mi casa. Tercera prueba para los consortes: encuentra un lugar para los shinais (las espadas, las espadas). Yo encontré uno: preparé un rinconcito monísimo estilo paragüero en nuestro cuarto. No pegaba con los muebles, pero quería demostrar la intensidad de mi amor cediendo parte del espacio común. De poco sirvió: ahora tengo piezas de bambú diseminadas por todas las esquinas. Parece que mi kendoka tiene predilección por el baño, así que allí se concentra la mayoría. Creo. No puedo estar segura.
Sospecho que al final una desarrolla tolerancia y que por eso estoy pensando en adoptar un panda. Total, el bosque ya lo tengo plantado…

Así nos ven. Fernando Hugo Rodrigo Blanco, guionista (primera parte)

De vez en cuando mis amigos vienen a visitar el dojo cuando pasan por Madrid. El éxito de las visitas ha sido más bien nulo a efectos proselitistas, pero he convencido a uno para que nos cuente cómo somos desde su punto de vista. Fernando Hugo Rodrigo Blanco es guionista de cine y TV y esto es lo primero que escribió en su blog sobre nuestros QUÉS.

Todos tenemos nuestras pequeñas cápsulas de vida encajonadas en rutinas. Más, a medida que envejecemos, pero he aquí que, de cuando en cuando, uno tiene la suerte de topar con todo un universo que, si no es “alternativo” en el grado que tiene este adjetivo en la ciencia ficción, sí que te pone en contacto con una forma de vivir tan diferente a la tuya que no puedes sino hacerte preguntas.

Y hacerte preguntas es un método estupendo para aproximarte a un proyecto de guión.

Pese a mi usual desconfianza acerca de las bondades de las nuevas tecnologías, reconozco que en esto Twitter me ha traído ventajas, ya que ha sido a través de él que la conociera yo hace dos años, más o menos a @cristaljar  (y el otro proyecto lo estoy trabajando con otro compañero twitero, @SamuelDalva). Arancha me dio la oportunidad de sumarme a un proyecto que le llevaba viajando por las neuronas años y que proviene de un interés personal en un tema: las artes marciales.

En cuanto a la webserie, en principio, mis funciones como guionista eran las habituales, entre otras cosas, porque había cierta prisa. Había un concurso por ahí, y una fecha de entrega, y eso asienta muy bien las prioridades: personajes, tramas, subtramas, giros… Desarrollamos la propuesta de ficción, y, cuando nos dimos cuenta, casi lo teníamos al dente.  Claro, habrá que revisar, rescribir, afinar, pero la historia a la que aspirábamos está ahí. Nunca habíamos trabajado juntos. No vivimos en la misma ciudad. No nos conocemos, ya digo, desde hace tanto, y, siendo realistas, ni siquiera hemos hablado en persona en tantas ocasiones.

Y, sin embargo, “entré” en su mundo con relativa facilidad. Esto, creo, es fundamental para un trabajo entre dos (o más) guionistas: comprender lo más rápido que se pueda, no ya las intenciones de un proyecto, sino su tono. Y, si me apuran, hasta exactamente qué ronda la cabeza de tu compañero (no digamos ya, el de tu jefe) antes de que se refleje del todo en el Word, el PDF, o el Celtx.  Pero no es sencillo. No lo es porque, sorpresa, todos tenemos bastantes más diferencias de las que creemos. No nos obsesionan las mismas cosas.

No vemos ni nos gustan el mismo cine o series, ni nuestros intereses son tan similares, ni nuestras rutinas particulares, tan iguales. La edad y el país y su coyuntura sí, puede que nos acerquen, pero menos de lo esperado. Sí, casi todos estamos en paro o tenemos problemas de trabajo. Sí, casi todos estamos ya en un momento en que o nos hemos casado o tenemos pareja estable y hasta puede que tengamos hijos. Pero ni siquiera esta circunstancia social tan “equiparadora” expulsa peculiaridades en nuestro día a día.

Y eso es lo interesante. O, mejor dicho, es lo interesante si somos capaces de ver que es justo eso: interesante. Las historias también están ahí fuera. Donde se origina lo que es diferente. Lo que es curioso. Fuente de preguntas.

Arancha practica artes marciales. Kendo y Iaido. ¿QUÉ? Bueno, yo tampoco sabía qué era. Arancha practica estas dos disciplinas desde hace años. Cuando lo supe, me sorprendí. Me sorprendí por un detalle muy concreto: yo nunca podría.

Campeonato de kendo de Madrid 2011

¿Da miedo? Bueno. Lo que se desconoce siempre lo da, un poco ¿Pero no genera también curiosidad?

Encuentro que esto es una forma de aproximarse a la realidad de los otros. Otra, por supuesto, es la de “yo nunca lo haría”, pero eso me parece que contiene una especie de juicio. Un tanto de ese cinismo o superioridad del que cree que su vida, sus intereses, las decisiones que toma, son una especie de norma, y las de los demás, algo ajeno, incomprensible, cuando no estúpido. Ya conocen esa actitud: sobrevuela blogs de toda clase. Más, si son blogs “ideológicos”.

Pero con esa postura, es improbable que un guionista (o cualquiera que haga algo creativo) esté escuchando de veras a la otra persona. Es como ese turista, por otro lado tan extendido, que lleva una cámara que dispara fotos digitales a troche y moche igual por un paisaje que por un monumento que por algún tipo de ceremonia étnica. Miras pero no ves. Oyes, pero no escuchas. Pasas por allí, y vuelves a tu redil, y te congratulas de que has conocido mundo. Pero tu mundo sigue igual que antes con lo que en verdad no has conocido nada.

Arancha practica artes marciales y yo quería saber por qué. Quería y quiero saber, también, por qué se ha convertido al Islam, pero aún quedan muchos años, y proyectos posibles, con lo que mi amistad con ella tiene ocasión de crecer.

Y esto es Iaido. La imagen no transmite, no puede, todo lo que de fascinante y bello tiene este arte marcial.  Campeonato de España de iaido 2010

Y esto es Iaido. La imagen no transmite, no puede, todo lo que de fascinante y bello tiene este arte marcial.

Pero ahora mismo este proyecto, en su faceta documental, trata sobre las artes marciales. Y cuando aquello que sólo tenía ficción pasó a ser una cosa más transmedia, las posibilidades florecieron. Una forma de que algo que tú encuentras interesante se convierta en interesante para un futuro y potencial espectador es que puedas situarte, desde el principio, en la misma casilla de salida.

Y esa casilla de salida es siempre una pregunta. Bueno, una que abra todas las demás.

¿Quiénes son, todas estas personas que, en vez de descansar y relajarse, tras un día duro de trabajo van a un gimnasio (la palabra “técnica” es dojo) a castigarse el cuerpo? ¿No es lo bastante dura ya, la vida? ¿Y qué tiene esa filosofía oriental, que tan poco conocemos, y que tan mal interpretamos, más, en estos días en que la moda es la oposición a todo pensamiento un poco trascendente?

Todo se explica recordando ese estupendo título (y no menos estupendo relato) de Robert Heinlein que se titulaba “All of you zombies”. La historia hace uso de lo saltos temporales y de las incoherencias que produce. Pero aquí la clave es la postura del (no atípico, en Heinlein) protagonista: como, al final, cada ser con quien tiene relación derivan de él mismo, todos los demás, todos los que no sean “él”, son desconocidos, y, por tanto, un Otro demasiado “extraño”; demasiado “ajeno”. Merecedor de ese calificativo despreciativo: todos, menos él, son zombies. Todos los demás.

Pero como no parece adecuado ese vía hacia la misantropía, diría que el camino es el opuesto. Preguntarse quiénes son estos “otros”. Y si eso se convierte en una forma de desarrollar un proyecto creativo, miel sobre hojuelas. Arancha se ha embarcado en una historia que serán, además, varias historias, y lo hace porque es parte de su vida. Yo la acompaño porque quiero entenderla, y entender, un poco, no crean, eso tan complicado que es todo lo que queda fuera de la mente de uno mismo.

Águila Roja: con dos cojones

El mito ha vuelto.

Es Águila Roja. Es el ninja toledano. Es el paladín de lo que se ponga por delante, el vengador del Rey Felipe ¿IV? y lleva un ninjato. No, una katana. No, una espada samurai. Bueno, qué puñetas. Es una serie de aventuras que lleva cinco temporadas en máxima audiencia, varios premios internacionales, repito una serie ES PA ÑO LA de aventuras que lleva cinco temporadas en horario de máxima audiencia, y ha sido vendida a 20 países, entre ellos Corea del Sur.  ¿Nos vamos a poner pajeros ahora con el tema de la espadita?

¡Chúpate esa, dr. Jones!

TVE la llama La Aventura Con Mayúsculas, que para eso es su serie estrella. Sus seguidores nos aseguran que el prota es monísimo, y está trufada de frases míticas como “¡Amo dónde va con ese ancla que se va a ahogar!“. Es Águila Roja. Es el ninja toledano. Es el vengador del Rey Felipe ¿IV? y lleva un ninjato. No, una katana. No, una espada samurai. Bueno, qué puñetas. Es una serie de aventuras que lleva cinco temporadas en máxima audiencia, varios premios internacionales, repito una serie ES PA ÑO LA de aventuras que lleva cinco temporadas en horario de máxima audiencia, y ha sido vendida a 20 países, entre ellos Corea del Sur.  ¿Nos vamos a poner pajeros ahora con el tema de la espadita?

En Águila Roja cabe casi todo y por eso la quieres ver: hay caballos, leones, chistes, amor, celos, brujería, necromancia, zulúes, conspiraciones palaciegas tipo Alatriste (otro despropósito, este en papel, al que incomprensiblemente se le han perdonado todas las licencias históricas), Y esta temporada ¡gladiadores! Emulando sin complejo alguno las últimas tendencias en el género; en este caso, la loquísima y maravillosa Spartacus.

FIGHT

Pues sí. Nos vamos a poner pajeros porque es lo que hacemos los miércoles, porque este no es un blog de producción audiovisual, y porque Globomedia nunca vendió el Palomo Rojo como una serie de época. No saber si lleva un daito o un ninjato resulta tan verosímil como que el protagonista sea maestro de Primaria en el Madrid del siglo XVII. A ver, su primera línea de diálogo fue “¡Mañana cae un dictado sobre el Apocalipsis!

En Águila Roja cabe casi todo y por eso la quieres ver: hay caballos, leones, chistes, amor, celos, brujería, necromancia, zulúes, conspiraciones palaciegas tipo Alatriste (otro despropósito, este en papel, al que incomprensiblemente se le han perdonado todas las licencias históricas), Y esta temporada ¡gladiadores! Emulando sin complejo alguno las últimas tendencias en el género; en este caso, la loquísima y maravillosa Spartacus.

¿Queréis Nito? Pues tomad dos tazas (y leed este post de Hernán Migoya)

Y eso que nos horroriza a algunos es uno de los mayores valores de la serie. En Águila Roja cabe casi todo y por eso la quieres ver: hay caballos, leones, chistes, amor, celos, brujería, necromancia, zulúes, conspiraciones palaciegas tipo Alatriste (otro despropósito, este en papel, al que incomprensiblemente se le han perdonado todas las licencias). Y esta temporada ¡gladiadores! Emulando sin complejo alguno las últimas tendencias del género; en este caso la loquísima y maravillosa Spartacus.

Como concepto, un tipo haciendo justicia con una katana al hombro por los alcázares tuvo que ser una audacia cuando Daniel Écija la presentó, pero tiene un atractivo indudable. Importa muy, muy poco que el ninja lleve en realidad una espada larga, que nunca le veamos desenvainar pero sí cortar, porque la cosa esta que lleva a la espalda parece más pesada que un mandoble, y que le cuelgue un plumero de estos chinos para la sangre.

PERO.

Toma ya

Lo cierto es que yo sí echo de menos algo más de rigor (rigor que por ejemplo sí cuida Spartacus entre todas sus amputaciones y culos al viento). En un siglo XVII donde ya había habido misiones diplomáticas entre España y Japón; y en una serie donde un fraile da saltos por los tejados que ya los quisiera Chow Yun Fat, parece poco o nada aprovechada la experiencia oriental de Gonzalo de Montalvo.

De la misma manera, muchos de los elementos reales de la época quedan reducidos a anécdotas o incluso son obviados, cuando bien leídos resultan tanto o más fantásticos que la trama principal del ninja bolo. La Inquisición, los alquimistas, El Escorial. La posición de la mujer, con esas monjas endemoniadas de puro aburrimiento, las intrigas conventuales y prostibularias (cuando no las dos cosas a la vez). Porque al final las aventuras de Águila Roja no dejan de ser absolutamente convencionales, y acaba dando igual que el protagonista y su katana, o su daito, o su espada samurai se paseen por el Madrid de los Austrias o por cualquier otro decorado.

Aun así el héroe ha vuelto con todo y más. Ha desafiado a la muerte, porque un año largo han tardado en darle salida en TVE. Vuelve con su supervillano Hernán Mejías, con los chistes de Sátur, con esas señoras guapísimas y rotundas. A mí me seguirá dejando fría, pero espero de corazón que sus cinco millones de espectadores sigan a tope con ella, porque hace falta. De momento le ha enseñado los colmillos a Gran Hermano, que ha buscado otro día de emisión. Ya me diréis si eso no lo hace un justiciero enmascarado quién lo va a hacer.

Una de Almodóvar

Cuantos tratan (tratamos) el cine de Pedro Almodóvar como de marciano deberían, en justicia, repasar más de cerca sus personajes. La que nos interesa hoy es Gloria. Es señora de la limpieza en un gimnasio, está casada con un taxista que se ha traído a su madre del pueblo, y tiene dos hijos a los que no sabe muy bien cómo dar de comer pasado mañana. Con esto, Fernando León os haría un drama de mucho llorar y concienciarse a tope. Fernando Colomo una comedia, trasladando la acción a Lavapiés. Almodóvar decidió llevarse al extrarradio un thriller neorrealista donde el arma homicida resulta ser una pelada y requetepelada pata de jamón.

¿Y el raro es Almodóvar? ¿En serio?

Hay mucho de disparatado en Almodóvar. Es lo que le ha convertido en género. En ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) hay un lagarto llamado Dinero (aunque si eres manchego eso es costumbrismo), unas falsas memorias de Hitler, un camello de doce años, telequinesis, un dentista que cobra una ortodoncia quedándose con el chavalín, que la madre ya las pasa bien putas para darle de comer y al fin y al cabo tiene otro. Y además, Hiruma sensei:

El que véis no es el primer dojo de kendo que hubo en Madrid, pero sí uno de los pioneros. Hiruma sensei continúa enseñando en Barcelona. Entre los alumnos que salen echando pestes de la paliza que les ha dado, el que tiene frase se llama Manuel Murillo y todavía entrena.

Consigue Almodóvar en su libertad integrar elementos aparentemente dispersos en un entorno costumbrista que los unifica. Ese universo permite que una señora que sobrevive junto a la M30 pueda tomar conciencia de sí con una katana de bambú en la mano. Sorprendentemente, hay poco escrito sobre esta película y el uso del kendo como catalizador visual del malestar existencial. Cinematográficamente el kendo sigue siendo carne de documental y siempre, siempre, narrado con la misma épica, una y otra vez. Ésta es una de las excepciones. Los kendokas calientan, sufren, se duchan y salen protestando con la bolsa a cuestas. La heroína, la mujer guerrera de este cuento, sigue fregando los vestuarios.

Dedicar tiempo a uno mismo, a kendo o a lo que fuera, para Gloria y las mujeres de su vecindario estaba por encima de todo alcance. Gloria hace horas en casa de un matrimonio de novelistas que se dedican básicamente a aburrirse como monas. Su marido echa culo en el taxi añorando tiempos y polvos mejores en Alemania. Como los hombres almodovarianos, culpa de su incapacidad o sus malas decisiones a la mujer, que no tiene tiempo para lamentar su infelicidad, estando muy entretenida ya con sacar adelante su casa de mierda. Historia que repite en sus melodramas de los 90 o en Volver, filmada cuando Almodóvar ya había trascendido el propio Asunto Almodóvar y las señoras de Calzada de Calatrava le hacían la ola y le pellizcaban los carrillos, y con razón.

Desconozco qué llevó a Almodóvar hasta los kendokas de la calle Doctor Flemming (el exterior que abre la película no se corresponde con el interior real), pero el shinai y el kirikaeshi canalizan la frustración vital de Gloria, que anda ya desde el primer minuto blandiendo una fregona en el rincón. Con el último cuarto de la película, Gloria ya ha dejado la fregona y ha cogido el shinai: ya se ha cargado al marido, ya se ha convertido en la Banshee de la trastienda de La Movida, y termina en el mismo sitio donde empezó. Pero haciendo, en vez de mirar desde la esquina.

Se ha escrito un crimen. Kendo Killing

Resulta que hubo una guerra y los japoneses la perdieron, pero ni los bombazos ni la ocupación militar lograron que los norteamericanos entendieran de qué rayos iba Japón. Así que se han tirado 70 años intentando pasar los apuntes a limpio. En este vídeo, Jessica Fletcher viaja a Japón para explicarnos que el kendo, ese arte misterioso, milenario y ancestral, de ese país aún más misterioso, más milenario y más ancestral, puede ser peligrosísimo en las manos equivocadas.

 

Kendo Killing se titula este episodio de Se ha escrito un crimen (Murder, she wrote), el duodécimo de la duodécima y última temporada (DOCE TEMPORADAS) de la serie producida y protagonizada por Angela Lansbury: una escritora de novela pulp de la Tercera Edad que resuelve asesinatos. Un icono de esa década y media que llamamos Los Ochenta. Se vendió a más de 40 países y recibió nombres tan deliciosos como el italiano La signora in Giallo.

Para cuando se emitió Kendo Killing, Lansbury llevaba un tiempo produciendo la serie junto a su marido e hijo además de protagonizarla. Los argumentos de este procedimental no cambiaron desde el piloto: los involucrados en el asesinato son amigos de Jessica Fletcher, pierden a un allegado y la escritora resuelve el crimen, cuando no salva una vida más. El asesino suele ser, oh sorpresa, un señor o señora que parecía estar pasando por allí.

En Kendo Killing Jessica viaja a Osaka a visitar a su amiga Miko, también escritora pero 30 años más joven. Miko y su mejor amigo, Koji, heredero de una fábrica de motos, son presionados por sus familias, muy tradicionales (muy japonesas) para casarse, aunque ninguno está por la labor y Miko se ha prometido con Rick, piloto de motociclismo y amigo a su vez de Koji. Hacen kendo juntos y el pobre Koji experimenta una cruel muerte por tsuki a manos de un torpe que, al llevar el men puesto, le confunde con Rick.

Todas las sospechas se dirigen al hermano mayor de Miko, que no tiene ninguna simpatía por el americano. Por si no había quedado claro que es un señor muy tradicional nos lo enseñan con haori, tomando té, rodeado de katanas de todos los colores, haciendo shodo con un yoroi en el salón y un BELLO cuadro antiguo de dos samurais haciendo kendo.

Al final, el asesino, como siempre, resulta ser un personaje con poco más de dos frases: otro norteamericano, Bill Dawson. Él y su sombrero de vaquero querían hacerse con un prototipo de moto de carreras. Con el tipo en manos de la justicia, Jessica se queda unos días en Osaka para asistir a la boda de Miko y Rick, que van a establecerse en Japón, mientras la hermana de Koji por fin accede a la dirección de la empresa. El padre de Koji, por cierto, estaba interpretado por Norijuki Pat Morita, como un muy tradicional, muy feudal (muy japonés) hombre de negocios. Por el camino nos llevamos una media hora de tradiciones milenarias, samurais, caligrafía, chistes sobre comida típica, rickshaws (en serio) y reflexiones sobre el papel de la mujer en la sociedad japonesa contemporánea.

El kendo ha fascinado a los norteamericanos desde que se dio a conocer. Los inmigrantes y sus hijos tuvieron prohibida su práctica durante la segunda guerra mundial, y muy limitada después. Ocurrió con otros budos, pero el kendo provocaba la mayor aprensión. Varios trabajos académicos han tratado el asunto en profundidad, y ya hemos mencionado alguno en posts anteriores. Por encima de que existiera un riesgo real o no de aplicar las técnicas por parte de la población japonesa ocupada, el kendo por encima de todas las disciplinas emparentaba con el sentimiento de identidad. Cuando tu enemigo tiene muy claro quién es, siempre es más difícil de vencer; y más allá, cuando no tienes ni idea de quién es, necesitarás un pepino nuclear para vencerle. Y los Estados Unidos no estaban desencaminados: el fascismo japonés, en sus distintas reformulaciones, ha utilizado y utiliza el Budo, y el kendo, para construir su ideal nacionalista. Pero de Mishima y su empanada mental hablaremos otro día, que ya tengo ganas. De momento, el episodio completo se puede ver online aquí.

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