¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Category: Ficciones (page 1 of 3)

El post de Los Siete Samurais

En 1950, Akira Kurosawa llevó el cine de samurais al mainstream mundial con un ejercicio narrativo disfrazado de cine de época: Rashomon. Académicos, cineastas y críticos se pusieron en seiza y se dejaron seducir por una cinematografía de bambú, kimonos, guerreros con katana y amantes crucificados, que parecía haber vivido aislada del mundo exterior.

Nada más lejos. Los cineastas japoneses se sabían al dedillo parámetros como el expresionismo, el cine negro, y en el caso de Kurosawa, el western. Un género al que este otaku al revés reverenciaba con tanta pasión como Luis Buñuel le profesaba.

Uy, perdón. Me he liado.

En 1954, el festival de Venecia volvió a ovacionar un estreno de Akira Kurosawa: Los Siete Samurais. Una historia que no arranca con la llegada del tren pero sí con las penurias bajo el sol de una aldea de campesinos olvidada en mitad de un feudo cualquiera. Un territorio sin ley donde forajidos enmascarados campan a sus anchas. El Daimyo no va a aparecer para mantener el orden y nadie le espera.

Hasta que el viejo Gisaku tiene una idea: alquilar ronin como protección. Con el inconveniente de que para contratar ronin hay que pagar, y en la aldea no quedan más que unos pocos sacos de arroz. Afortunadamente se cruzan con Kenbei, un viejo y curtido samurai que acepta el trabajo por comida, aunque de lo que Kenbei está realmente hambriento es de dignidad. Kenbei es menos que un samurai sin señor: es un samurai derrotado en batalla. Su profundo sentido de la ética no le ha ayudado a mantener su clase social. Al viejo ronin se une Shichiroji, un antiguo camarada; dos guerreros venidos a menos que pasaban por allí; Katsuhiro, un chaval que desea convertirse en samurai más que nada en el mundo… a pesar de no ser de familia samurai, sino el hijo pequeño de un rico comerciante. Un pie tierno, vamos. Y por último, Kikuchiyo. Un mangante borracho, gambitero y lenguaraz. Un saqueador de cadáveres, un Han Solo con katana. Sabe mejor que los viejos samurai lo que significa sobrevivir, precisamente, a los abusos de los samurai.

Kikuchiyo (que por supuesto tiene la cara de Toshiro Mifune) es un campesino disfrazado. Un samurai de mentira.

Porque esto no es cine de samurais. Es cine de Kurosawa. Y ya sabemos que a Kurosawa (y a su guionista habitual, Hideo Oguni) le chiflan los perdedores.

En muchas películas del maestro el concepto de clase u honor se sostiene simbólicamente sobre la ausencia de armas: la princesa Yuki de La Fortaleza Escondida no lleva una espada, pero sí una vara de bambú. En este caso, los ronin llevan sus armas, tienen que luchar para sobrevivir. Gorobei y Kyuzo son maestros del arco y la espada: su habilidad no les ha llevado a ser ronin, sólo la mala suerte. Lo que sí define a Kikuchiyo es su forma de llevar el sable, a lo loco y de cualquier manera. Un desprecio a la casta que mató a sus padres; y otro recordatorio de que el hábito, o los accesorios, no hacen al guerrero, ni le da un alma, ni nada de nada.

En cambio, un elemento simbólico clave para describir el viaje interior de los personajes es el vestuario: samurais y campesinos arrancan la película casi desnudos, con harapos el más afortunado. Algunos terminarán la película [OJOCUIDAO] muertos, pero todos vestidos, limpios. En una cultura que ha hecho de la higiene una obsesión y de la etiqueta una religión, no es este un detalle de atrezzo.

Otro elemento fundamental es el clima. Un sol abrasador al principio, lluvia y barro en los peores momentos, y por fin ls primavera y con ella la siembra del arroz. En los Jidai-geki de Kurosawa es frecuente la presencia de campesinos entre los personajes principales. En esta obra, los samurai sólo podrán ganar la batalla (y por ende recuperar su honor) aliándose con los campesinos de la aldea; y estos, a su vez, tendrán que aprender a armarse con lanzas y mosquetes y luchar a brazo partido si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. Unos y otros trascienden las normas de clase que regían el Japón del Shogunato.

Es este un tema clave para entender esta película, ni mucho menos insólito en el cine japonés, pero con el aditivo de que no hay un precio a pagar por trascender la clase: en esta historia [OJOCUIDAO] las cosas salen bien. Hay muchos muertos, como no podría ser de otro modo (tenía que venir Joss Whedon a recordarnos a los gaijin que cuando te pegas con los malos alguien muere siempre). Pero esas muertes son sacrificios por el bien mayor: la derrota de los forajidos y la supervivencia de la aldea. Las muertes no son un precio a pagar. Kenbei y Shichiroji han sobrevivido a la batalla, otra vez, ahora satisfechos. Katsuhiro se encuentra a sí mismo, pero no muriendo heroicamente sino luchando nada más, porque ha encontrado el amor por el camino y ahora siente esa tierra como suya. Sus errores tienen consecuencias graves, pero nadie ve necesario sajarse las tripas por ello. Hay tiempo para el humor, y para que los campesinos entiendan que se lo tienen que currar solos. Una apuesta por la iniciativa individual en un periodo donde todo parecía estar medido y marcado por las castas. Hay quien ha visto en esto un mensaje sobre la modernidad: a partir de ahora, es el tiempo de los campesinos. El samurai, lo que quiera que signifique esa palabra, se hace.

 En 1960 John Sturges decidió adaptar al western Los Siete Samurais, demostrando que no se había enterado de nada pero dando lugar a una de las mejores películas del Oeste. Los siete magníficos fue a su vez carne de remake en la desparramada Los siete magníficos del espacio (escrita, por cierto, por un jovencísimo John Sayles) y se habla de una nueva versión. La historia de Kurosawa y Oguni sigue estando entre las más prestigiosas cintas de todos los tiempos, y se sigue cargando la idea que tenemos del guerrero impoluto, bondadoso por genética y atado a una reluciente espada.

 

Ahora acaba de salir una nueva edición de sus tres horazas en BluRay, restaurada por la Colección Criterion y con todos los extras que un fan pudiera soñar. Desde ayer se puede ver online en Filmin.

Referencias:

Chris Fujiwara: Cannon Fodder: what it means to call Seven Samurai a great film.

Aint’it Cool News: Nordling’s Samurai Sunday. Seven Samurai.

GIZMODO: How Criterion restores a film.

Pues a mí me gusta El Último Samurai

Hay una corriente narrativa que se conoce como de frontera, protagonizada por personajes desahuciados por su entorno o en los límites de la deserción, que encuentran un nuevo camino más allá de su propio mundo. A veces la frontera física y la emocioanl coinciden, a veces no están claras. A veces el otro lado viene con sus propias maldiciones. Lo cierto es que el western (sin ser el único género, ni la norteamericana la única cinematografía con línea fronteriza) nos fue dejando esta idea que se hizo más nítida, más agria también, al final del siglo XX. Bailando con lobos la redefinió para los estudios, y de vez en cuando reaparecen películas sobre nómadas que se encuentran al otro lado de la civilización.

Una de esas películas es El último samurai, de Edward Zwick. Y como de cine ya hay gente que sabe mucho, vamos a lo que nos interesa.

Hay una corriente narrativa que se conoce como de frontera, protagonizada por personajes desahuciados por su entorno o en los límites de la deserción, que encuentran un nuevo camino más allá de su propio mundo. A veces la frontera física y la emocioanl coinciden, a veces no están claras. A veces el otro lado viene con sus propias maldiciones. Lo cierto es que el western (sin ser el único género, ni la norteamericana la única cinematografía con línea fronteriza) nos fue dejando esta idea que se hizo más nítida, más agria también, al final del siglo XX. Bailando con lobos la redefinió para los estudios, y de vez en cuando reaparecen películas sobre nómadas que se encuentran al otro lado de la civilización.  Una de esas películas es El último samurai, de Edward Zwick. Y como de cine ya hay gente que sabe mucho, vamos a lo que nos interesa.      "¡No hay pan pa tanto chorizo!"  El argumento de la película se inspira tangencialmente en la Revolución Satsuma, que tuvo lugar durante la Era Meiji. De historia japonesa sabe mucho Jonathan y habla de la Satsuma en Historiajaponesa.com. Dice que el protagonista, Nathan Algren, aterriza en Japón como si viniera de Neptuno, y esa es la idea, en efecto. John Logan y Marshall Herskovitz armaron un guión donde éste es un testigo de otros hombres más que de una civilización o un tiempo, no sé si por temor a ser acusados de colonialistas o para quitar presión a Tom Cruise, que era un reclamo un tanto espinoso.  En cualquier caso este es probablemente uno de los rasgos más inteligentes de la historia, que apunta el foco hacia dos personajes en concreto: Katsumoto (Ken Watanabe) y Ujio (Hiroyuki Sanada). Ambos educados como samurais pero de caracteres opuestos, acaban haciéndose con la historia. Entre sus rasgos en común está precisamente la alegría de vivir y un sentido del humor ingenuo y bastante grueso que contrasta con la melancolía general. Saben que sus días están contados, pero tienen asumido que su destino, morir plantando cara, le dará valor al ideal de vida que defienden. Que a la larga este sacrificio le dé otra oportunidad a Nathan Algren es un gesto enormemente coherente.  La representación del samurai como icono para los occidentales pasa inevitablemente por el seppuku. El honor, y por ende la virilidad, están asociados a esta forma de ejecución. El último samurai toca el ritual pero la muerte de sus guerreros, en batalla o después de ésta, no es un objetivo sino un medio. Defienden una idea y están dispuestos a dar la vida para demostrar esa idea. Por eso, como los hombres de Takamori en la revolución de verdad, la Satsuma, posan orgullosos ante la cámara de placas.  Porque, otro rasgo original de la cinta, el Katsumoto de esta ficción no lucha contra unos demonios extranjeros. A quien le planta cara es al capitalismo.  La película está sembrada de elementos del western, género hermano del Chanbara. Uno de ellos es la llegada del tren, que entra en Japón como en el Oeste: a fuego y sangre. El ferrocarril pertenece a una contrata, igual que el ejército japonés, que va a estar provisto por una Blackwater de la época. No hay peli de samurais sin katanas ni malvado comerciante. Pero la dicotomía que plantea va más allá del brillo de las espadas o las cabezas volando: ¿merece el esfuerzo? ¿No se puede hacer de otra manera? Los hombres de Katsumoto no viven para la muerte. No viven para el honor tampoco (otro tropo sobadísimo): viven para defender a su comunidad. Su mundo no es perfecto: no siempre son respetados y demuestran ser terribles cuando se les va la mano. Pero lo que viene es mucho mucho peor. Al cabo, la tesis de Logan y Zwick es que los samurais no son caballeros sino hombres, hechos de otra pasta pero hombres al cabo, que se equivocan, rectifican, sufren, ríen (ríen mucho) y sobre todo creen en una idea. Pasan mucho más tiempo hablando que luchando. Katsumoto prefiere las conversaciones.  Y al fondo, narrando a Katsumoto y a Ujio, Algren. Un americano alcohólico y destrozado moralmente por la culpa que llega a Japón por dinero. Pero no se enamora del lugar ni de la idea del samurai, sino de esas personas. Es un testigo del mundo que muere con ellos y del mundo que viene. Por eso debe vivir, y por eso muchos otros y otras como él seguimos buscando esa pequeña medida de paz en Japón mismo o dentro de los dojos.  Uno de los hallazgos de la cinta es la presentación para el público occidental de Hiroyuki Sanada. A pesar del estilazo con la espada de Ujio, Sanada no practica iaido ni kenjutsu: es miembro del Japan Action Club, la escuela de interpretación marcial que enseña a los actores a hacer movimientos espectaculares y realistas a la vez. Entrenan a diario y con tanta dedicación como en cualquier dojo. Hay muchas licencias creativas en El Último Samurai, pero también muchísimo respeto por la forma de trabajar de estos actores y estos técnicos.  Por eso mismo no termino de entender la suspicacia que despierta en la comunidad kenshi esta película. Es ciertamente muy simple, pero rodada con gran delicadeza y brillantemente interpretada. Yo, que también soy muy simple y me conformo con cualquier cosa, acepto que en el cine siempre hay sitio para aparcar, que un oficial de carrera puede aprender a defenderse con la espada en unos meses y que se le verá mejor sin kabuto. Y agradezco mucho que los guionistas de El Último Samurai no se fueran directos a contar la historia de los samurais y contaran la mía. Por eso veo esta película con mi familia todas las navidades y me sigue emocionando como la primera vez.     Por cierto: el guión original de Logan está disponible aquí, y a mí me gusta todavía más.

“¡No hay pan pa tanto chorizo!”

El argumento se inspira tangencialmente en la Revolución Satsuma, que tuvo lugar durante la Era Meiji. De historia japonesa saben mucho en Historiajaponesa.com: Jonathan López Vera dice que el protagonista, Nathan Algren, aterriza en Japón como si viniera de Neptuno, y esa es la idea. John Logan y Marshall Herskovitz armaron un guión donde el personaje principal es un testigo de otros hombres, no sé si por temor a ser acusados de colonialistas o para quitar presión a Tom Cruise, que era un reclamo un tanto espinoso.

En cualquier caso este es probablemente uno de los rasgos más inteligentes de la película, que apunta hacia dos personajes en concreto: Katsumoto (Ken Watanabe) y Ujio (Hiroyuki Sanada). Samurais, fieles el uno al otro pero de caracteres muy opuestos, acaban haciéndose con la historia. Tienen en común mucha alegría de vivir y un sentido del humor ingenuo y bastante grueso que contrasta con la melancolía general. Saben que sus días están contados, pero tienen asumido que su destino, morir plantando cara, le dará valor al ideal de vida que defienden. No son los primeros que lo hacen así en pantalla, pero sí los primeros a los que el Oeste retrata como algo más que una abstracción con piernas.

La representación del samurai como icono para los occidentales pasa inevitablemente por el seppuku. El honor, y por ende la virilidad, están asociados a esta forma de ejecución. El último samurai toca el ritual pero la muerte de sus guerreros, en batalla o después de ésta, no es un objetivo sino un medio. Defienden una idea y están dispuestos a dar la vida para demostrar esa idea.

Porque, otro rasgo original de la cinta, el Katsumoto de esta ficción no lucha contra unos demonios extranjeros. A quien le planta cara es al capitalismo.

La película está sembrada de referncias al western, género hermano del chanbara. Uno de ellos es la llegada del tren, que entra en Japón como en el Oeste, a fuego y sangre. No hay peli de samurais sin katanas ni malvado comerciante, y el ferrocarril pertenece a una contrata, igual que el ejército japonés, que va a estar provisto por una Blackwater de la época. Pero la dicotomía que plantea va más allá del brillo de las espadas: ¿vale la pena todo esto? Los hombres de Katsumoto no viven para la muerte. Su mundo no es perfecto, no siempre son justos y se muestran terribles cuando se les va la mano. Pero creen que lo que viene es mucho mucho peor. La tesis de Logan y Zwick es que los samurais no son caballeros sino hombres, hechos de otra pasta pero hombres al cabo, que se equivocan, rectifican, sufren, ríen y sobre todo creen en una idea. Pasan mucho más tiempo hablando que luchando. Katsumoto prefiere las conversaciones.

Y al fondo, narrando a Katsumoto y a Ujio, Algren. Un americano alcohólico y destrozado moralmente que llega a Japón por dinero. Pero no se enamora del lugar ni de la idea sino de las personas. Que a la larga su sacrificio le dé otra oportunidad es un gesto enormemente coherente. Es un testigo del mundo que muere con ellos y del mundo que viene. Por eso debe vivir, y por eso muchos otros y otras como él seguimos buscando esa pequeña medida de paz en Japón mismo o dentro de los dojos.

Uno de los hallazgos de la cinta es la presentación para el público occidental de Hiroyuki Sanada. A pesar del estilazo con la espada de Ujio, Sanada no practica iaido ni kenjutsu: es miembro del Japan Action Club, la escuela de interpretación marcial que enseña a hacer movimientos espectaculares y realistas a la vez. Entrenan a diario y con tanta dedicación como en cualquier dojo. Hay muchas licencias creativas en El Último Samurai, pero también mucho respeto por la forma de trabajar de estos actores y estos técnicos.

Por eso mismo no termino de entender la suspicacia que despierta en la comunidad kenshi esta película. Es ciertamente simplona, pero rodada con gran delicadeza y brillantemente interpretada. Yo, que también soy muy simple y me conformo con cualquier cosa, acepto que en el cine siempre hay sitio para aparcar, que un oficial de carrera puede aprender a defenderse con la espada en unos meses y que se le verá mejor sin kabuto. Y agradezco mucho que los guionistas de El Último Samurai no se fueran directos a contar la historia de los samurais y contaran la mía. Por eso veo esta película con mi familia todas las navidades y me sigue emocionando como la primera vez.

 

El guión original de Logan está disponible aquí, y a mí me gusta todavía más.

Kendo, máscaras y muerte. Mishima, de Paul Schrader

El 25 de noviembre de 1970, el escritor Yukio Mishima entró en el cuartel general del ejército en Tokio con intención de liarla parda. La performance terminó como había previsto: con su propio suicidio y una entrada automática en el imaginario popular japonés.

Paul Schrader no podía dejar de lado una historia semejante: ya había escrito Taxi Driver y la injustamente maltratada La costa de los mosquitos, entre otras historias de antihéroes. Tenía que escribir y dirigir Mishima: una vida en cuatro capítulos. Una producción americana rodada íntegramente en japonés, con Phillip Glass dándolo todo y Francis Ford Coppola y George Lucas a los números, en su afición de producir películas personalísimas y arriesgadas mientras los más tontos seguimos haciendo chistes de midiclorianos.

mishima

Mishima: una vida en cuatro capítulos

Aunque llaman a Schrader un narrador de los excesos, sería más apropiado hablar de la contradicción. A pesar de su teatralidad hay poco o nada de excesivo en Mishima: lo que pudiera darse en el personaje real se pone al servicio de una intensa coherencia íntima. La muerte es origen, catalizador y motor de cada momento, no podía ser de otra manera. Pero cuando todo alrededor parece venir muerto de casa quizá la única respuesta posible sea la locura, el seppuku o el insomnio paranoide de Travis Bickle.

A Schrader no le interesa el biopic: el hombre Yukio es un personaje casi inadvertido en un relato en blanco y negro. Sólo merecen color las tres novelas que dan estructura al relato y la performance del día de su muerte. Y como obra y muerte parecen sinónimos, el sol anaranjado inunda toda la tercera parte, que Schrader tituló “Acción”.

 

La delicada narrativa de la obra maneja ese tercer capítulo en torno a la novela Caballos desbocados, que toca tangencialmente la práctica del kendo. Al protagonista, Isao, el shinai le sabe a poco, igual que el Japón en decadencia en el que vive. Isao cambia el shinai por la katana. La espada le acompaña en un atentado terrorista que acaba como el rosario de la aurora, un asesinato de consolación y finalmente en su suicidio ritual, lo único que le sale como ha planeado.

La dirección de arte estuvo a cargo de Eiko Ishioka, posteriormente escenógrafa del Drácula de Ford Coppola. Eishioka presenta el dojo escolar como un escenario, con la bandera japonesa a modo de telón. Durante todo el plano perdura la impresión de función de Navidad, y no precisamente por fallos en la técnica. Los kendokas son hombres crecidos, pero embutidos todavía en keikogis infantiles. Nada que ver con los policías de Sol Naciente: esto es todo de mentira. Isao lo sabe, y toma partido por lo auténtico. No hay vuelta atrás. Tampoco éxito.

El propio Mishima practicó kendo (era quinto dan) y también iaido, ambos relativamente tarde puesto que se inició con 33 años. Ken, uno de sus cuentos cortos, vuelve sobre el kendo para manifestar otra idea que flota en su obra: la vida de sacrificio, la trascendencia del propio cuerpo imperfecto como única excusa de la muerte. No hay espacio para el esfuerzo o la superación. Si no estás a la altura, sacrifícate o quítate de enmedio.  Una idea que, para alguien que ha salvado su vida gracias en gran parte al kendo, resulta profundamente perturbadora.

Fotograma de El pabellón dorado, primera parte de la película

¿Se sentía Mishima imperfecto? El blanco y negro nos habla de un niño enfermizo, de una abuela tiránica, de una homosexualidad reprimida, aspectos folklóricos de su leyenda; pero adivinamos en ese blanco y negro una frustración permanente y una profunda soledad. Según la tesis de Schrader, el gran drama de Yukio Mishima fue no poder librarse de la máscara que confesaba soportar en su primera obra. Un niño al que el abuso le parece normal, un pensador al que nadie escucha. Un hombre que va llegando tarde a los momentos decisivos de su vida y decide transformar su muerte en una opción estética, porque es la única decisión libre que le queda.

Cabe pensar si el Japón mítico que añoraba Mishima existió siquiera alguna vez. La película nunca ha sido estrenada en el país: Schrader señalaba al sol, pero la extrema derecha nipona, obsesionada con las alusiones a la homosexualidad del escritor, se quedó mirando al dedo. Dice el director que aún hoy los japoneses no saben qué pensar sobre Mishima. Escribió y murió solo: según los testigos su sepukku fue una chapuza infernalmente dolorosa que implicó varios tajos y dos personas para decapitarle, pues su kaishakunin resultó incapaz tras varios intentos. Pero el acto logró trascender en gran manera su trayectoria vital y fue lo que en definitiva le convirtió en un icono. Tanto que cuesta encontrar algunas ediciones de sus novelas, pero no fotografías de su cadáver en Internet.

Mishima ha sido remasterizada en la colección Criterion.

Eiko Ishioka homenajeó en su trabajo el mediometraje Patriotismo (Yukoku) , una de las breves incursiones de Mishima en el cine, que puedes ver aquí.

Lobezno: Inmortal. Podría haber sido peor

A estas alturas el trailer ya lo habéis visto todos y a más de uno se le ha hinchado la vena del ojo.

Ah, ¿que no? Pues a solucionarlo ahora mismo:

Tampoco es tan grave la cosa. Nueva película sobre (o alrededor de) Japón. Nuevo giro en torno a los tropos habituales: muerte, honor (en este caso encarnado en, ATIENDE, un joven ninja), tradición y samurai de plata un mecha tecnología. Lobezno, el universo Marvel en general, son un pretexto casi irrelevante. Japón siempre es un estado mental para los no japoneses.

La cosa es que, aunque hace muchos años de aquel Lobezno: honor, a mí de los mutantes me gustan hasta los andares y allí que me fui. Ya sabía que el argumento apenas tiene que ver con la trama original del personaje. Ya sabía que iba a ver un ejemplo más de kendo tróspido; y me imaginaba las ideas que la ambientación iba a verter. Ese Japón antiquísimo donde cualquier familia samurai que se precie tiene su buena colección de espadas, una casa con engawa y jardín de arena, y combinan la última tecnología con el shinto más rancio folklórico. Se junta de todo: ninjas, samurais y yakuzas en torno a Yashida, el viejo amigo de Lobezno, que en el universo original genera un conflicto similar al que se desata en esta película, con la diferencia de que el guión de Claremont se entiende.

A estas alturas el trailer ya lo habéis visto todos y a más de uno se le ha hinchado la vena del ojo.  Ah, ¿que no? Pues a solucionarlo ahora mismo:  <span class='embed-youtube' style='text-align:center; display: block;'><iframe class='youtube-player' type='text/html' width='560' height='315' src='http://www.youtube.com/embed/R71S5--vD2s?version=3&rel=1&fs=1&showsearch=0&showinfo=1&iv_load_policy=1&wmode=transparent' frameborder='0' allowfullscreen='true'></iframe></span>  Tampoco es tan grave la cosa. Nueva película sobre (o alrededor de) Japón. Nuevo giro en torno a los tropos habituales: muerte, honor (en este caso encarnado en, ATIENDE, un joven ninja), tradición y tecnología. un mecha. Lobezno, los mutantes, el universo Marvel en general, son en este caso un pretexto casi irrelevante. Japón siempre es un estado mental para los no japoneses.  La cosa es que, aunque hace muchos años de aquel Lobezno: honor, a mí de los mutantes me gustan hasta los andares y allí que me fui. Ya sabía que el argumento apenas tiene que ver con la trama original del personaje. Ya sabía que iba a ver un ejemplo más de kendo tróspido; y me imaginaba las ideas que la ambientación iba a verter. Ese Japón antiquísimo donde cualquier familia samurai que se precie tiene su buena colección de espadas, una casa con engawa y jardín de arena, y combinan la última tecnología con el shinto más rancio folklórico. Se junta de todo: ninjas, samurais y yakuzas en torno a Yashida, el viejo amigo de Lobezno, que en el universo original genera un conflicto similar al que se desata en esta película, con la diferencia de que el guión de Claremont se entiende.   Te cagas Las virivueltas de los kendokas no hacen más daño a la vista que aquellas de Se ha escrito un crimen. Más pupa hace el hecho de que el kendo se utilice como retrato, una vez más, del saber ancestral, porque una pirueta no hace daño pero un estereotipo sí. Resulta bastante triste que no se aprovechen más de la formación de Hiroyuki Sanada en el Japan Action Club, algo que la injustamente denostada El último samurai sí supo exprimir. Y, por otra parte, esa fascinación que América siente por el kendo como sinónimo de lo samurai queda reducido a la anticipación de un combate a espada menos espectacular que el keiko acrobático del primer acto. Lo cual a mí me hizo preguntarme ¿pero entonces por qué?  Interesante el retrato que se hace de las mujeres: ya hemos mencionado el tropo de la Banshee, esa identificación de la mujer armada con la muerte, que en la película toma forma en Yukio, una especie de trasunto de la Kitty Pride original, con bastante menos encanto y apariencia confusa. La dulce Mariko de Claremont simboliza otro tropo, el de la doncella sacrificial, la virgen indefensa. Un invento universal que no ha introducido el imaginario occidental, sino que lleva presente en la literatural popular japonesa desde el Shogunato.   Vaya souvenir guapo me he traído de Tokio, Scott Con todo y con eso, además de la peripecia incomprensible, los ninjas honorables y tal, hay algunos momentos realmente brillantes a lo largo de la película, ATENCIÓN OJOCUIDAO empezando por la delicadísima y cuidada escena de apertura. Es 1945... y resulta que es La Otra. Pena que el propio guión destroce su propia premisa de presentación de personaje. Sobre todo, y como ya he dicho que a mí de los mutantes me gustan hasta los andares y ando poniendo velas por Chris Claremont, con esta película reconciliamos a Lobezno con el universo X y le dejamos preparado para la reincorporación. Al fin y al cabo no ha habido más que una película de Lobezno en solitario. De verdad. Ninguna más. No. Era mentira. Lo hemos soñado. En serio. ¿Qué es lo peor de que la ofensa a la vista no sea para tanto? Pues que le quita el aliciente del placer culpable a un producto que es de por sí plano y con casi nula gracia. Si lo que queréis es gritar anatemas, ahorraos el dinero.

Te cagas

Las virivueltas de los kendokas no hacen más daño a la vista que aquellas de Se ha escrito un crimen. Más pupa hace el hecho de que el kendo se utilice como retrato, una vez más, del saber ancestral, porque una pirueta no hace daño pero un estereotipo sí. Resulta bastante triste que no se aprovechen más de la experiencia de Hiroyuki Sanada en el Japan Action Club, algo que la injustamente denostada El último samurai sí supo exprimir. Y por otra parte, esa fascinación que América siente por el kendo como sinónimo de lo samurai queda reducida a prefacio de un combate a espada menos espectacular que el keiko acrobático del primer acto. Lo cual me hizo preguntarme ¿pero entonces pa qué?

Interesante el retrato que se hace de las mujeres: ya hemos mencionado el tropo de la Banshee, esa identificación de la mujer armada con la muerte, que en la película toma forma en Yukio, una especie de trasunto de la Kitty Pride original, con bastante menos encanto y apariencia confusa. La dulce Mariko de Claremont simboliza otro tropo, el de la doncella sacrificial, la virgen indefensa. Un invento universal que no ha introducido el imaginario occidental, sino que lleva presente en la literatura popular japonesa desde el Shogunato.

A estas alturas el trailer ya lo habéis visto todos y a más de uno se le ha hinchado la vena del ojo.  Ah, ¿que no? Pues a solucionarlo ahora mismo:  <span class='embed-youtube' style='text-align:center; display: block;'><iframe class='youtube-player' type='text/html' width='560' height='315' src='http://www.youtube.com/embed/R71S5--vD2s?version=3&rel=1&fs=1&showsearch=0&showinfo=1&iv_load_policy=1&wmode=transparent' frameborder='0' allowfullscreen='true'></iframe></span>  Tampoco es tan grave la cosa. Nueva película sobre (o alrededor de) Japón. Nuevo giro en torno a los tropos habituales: muerte, honor (en este caso encarnado en, ATIENDE, un joven ninja), tradición y tecnología. un mecha. Lobezno, los mutantes, el universo Marvel en general, son en este caso un pretexto casi irrelevante. Japón siempre es un estado mental para los no japoneses.  La cosa es que, aunque hace muchos años de aquel Lobezno: honor, a mí de los mutantes me gustan hasta los andares y allí que me fui. Ya sabía que el argumento apenas tiene que ver con la trama original del personaje. Ya sabía que iba a ver un ejemplo más de kendo tróspido; y me imaginaba las ideas que la ambientación iba a verter. Ese Japón antiquísimo donde cualquier familia samurai que se precie tiene su buena colección de espadas, una casa con engawa y jardín de arena, y combinan la última tecnología con el shinto más rancio folklórico. Se junta de todo: ninjas, samurais y yakuzas en torno a Yashida, el viejo amigo de Lobezno, que en el universo original genera un conflicto similar al que se desata en esta película, con la diferencia de que el guión de Claremont se entiende.   Te cagas Las virivueltas de los kendokas no hacen más daño a la vista que aquellas de Se ha escrito un crimen. Más pupa hace el hecho de que el kendo se utilice como retrato, una vez más, del saber ancestral, porque una pirueta no hace daño pero un estereotipo sí. Resulta bastante triste que no se aprovechen más de la formación de Hiroyuki Sanada en el Japan Action Club, algo que la injustamente denostada El último samurai sí supo exprimir. Y, por otra parte, esa fascinación que América siente por el kendo como sinónimo de lo samurai queda reducido a la anticipación de un combate a espada menos espectacular que el keiko acrobático del primer acto. Lo cual a mí me hizo preguntarme ¿pero entonces por qué?  Interesante el retrato que se hace de las mujeres: ya hemos mencionado el tropo de la Banshee, esa identificación de la mujer armada con la muerte, que en la película toma forma en Yukio, una especie de trasunto de la Kitty Pride original, con bastante menos encanto y apariencia confusa. La dulce Mariko de Claremont simboliza otro tropo, el de la doncella sacrificial, la virgen indefensa. Un invento universal que no ha introducido el imaginario occidental, sino que lleva presente en la literatural popular japonesa desde el Shogunato.   Vaya souvenir guapo me he traído de Tokio, Scott Con todo y con eso, además de la peripecia incomprensible, los ninjas honorables y tal, hay algunos momentos realmente brillantes a lo largo de la película, ATENCIÓN OJOCUIDAO empezando por la delicadísima y cuidada escena de apertura. Es 1945... y resulta que es La Otra. Pena que el propio guión destroce su propia premisa de presentación de personaje. Sobre todo, y como ya he dicho que a mí de los mutantes me gustan hasta los andares y ando poniendo velas por Chris Claremont, con esta película reconciliamos a Lobezno con el universo X y le dejamos preparado para la reincorporación. Al fin y al cabo no ha habido más que una película de Lobezno en solitario. De verdad. Ninguna más. No. Era mentira. Lo hemos soñado. En serio. ¿Qué es lo peor de que la ofensa a la vista no sea para tanto? Pues que le quita el aliciente del placer culpable a un producto que es de por sí plano y con casi nula gracia. Si lo que queréis es gritar anatemas, ahorraos el dinero.

Vaya souvenir guapo me he traído de Tokio, Scott

Con todo y con eso, además de la peripecia incomprensible, los ninjas honorables y tal, hay algunos momentos realmente brillantes a lo largo de la película, ATENCIÓN OJOCUIDAO empezando por la delicadísima y cuidada escena de apertura. Es 1945… y resulta que es La Otra. Pena que el guión destroce su propia premisa. Sobre todo, y como ya he dicho que a mí de los mutantes me gustan hasta los andares y ando poniendo velas por Chris Claremont, con esta película reconciliamos a Lobezno con el universo X y le dejamos preparado para la reincorporación. Al fin y al cabo no ha habido más que una película de Lobezno en solitario. De verdad. Ninguna más. No. Era mentira. Lo hemos soñado. En serio.

¿Qué es lo peor de que la ofensa a la vista no sea para tanto? Pues que le quita el aliciente del placer culpable a un producto que es de por sí plano y con casi nula gracia. Si lo que queréis es gritar anatemas, ahorraos el dinero.

¡Eeeeeeh, que Shin Chan hace kendo!

Si llevas un tiempo por aquí ya te habrás dado cuenta de que si hay algo que me guste más que el kendo es tocar las narices. No podía ser de otra manera que mis otras series favoritas fueran Los Simpsons y Shin Chan.

Ambas tienen mucho en común: el defenestramiento sistemático de la clase media, el amor a los animales, la épica del fracaso social y eso sí, el valor inamovible de la familia, que es lo único que parece resistir la mala leche de los guionistas de ambas series.

Si llevas un tiempo leyendo este blog, te habrás dado cuenta de que si hay algo que me guste más que el kendo es tocar las narices. No podía ser de otra manera que mis otras series favoritas fueran Los Simpsons y Shin Chan.  Ambas tienen mucho en común, principalmente el defenestramiento sistemático de la clase media, el amor a los animales, la épica del fracaso social y eso sí, el valor inamovible de la familia, que es lo único que parece resistir la mala leche de los guionistas de ambas series.   ¿Pero ha venido Nanako o no? Los Noara además rebosan una envidiable alegría de vivir. Hiroshi enseña a sus hijos a comer sushi con las manos; los chistes de pedos abundan por doquier; hay personajes mentirosos, albañiles chapuzas e idiotas que ascienden. Yoshito Usui (que en paz descanse) se ha reído muy fuerte del sistema educativo, empresarial y social de su país. De las geishas, del pasado histórico y las películas de monstruos: Japón es una imagen mental, y Shinnosuke Noara ha nacido para hundirla.  Con esta premisa, era inevitable que antes o después el pequeño probara el kendo, como hizo su padre en la escuela. El maestro Kenta Musashino, un treintañero que anda por Kasukabe vestido a la manera tradicional conoce por casualidad a Shin Chan en el parque y descubre en él cualidades innatas para convertirse en un campeón de kendo. Tan impresionado queda que ofrece a los padres clases gratuitas en su dojo, el My Way (en serio). Y como al chaval le hace gracia y mamá Nisae no deja escapar un ofertón, Shin Chan se pasará 17 episodios dale que dale con el shinai.  A través de Shin Chan aprenderemos todo aquello que ya sabemos:  El kendo es beneficioso para construir carácter. Es tan tan beneficioso el kendo que de joven papá Hiroshi metió el pie en una sartén ardiendo para lesionarse y poder dejar el club del Instituto de una puñetera vez.  El kendo es un apreciado patrimonio nacional. Tanto que el dojo de Musashino sensei no tiene más alumno que Shin Chan y se cae a cachos.  El kendo es el arte del refinamiento personal, de la disciplina. Nisae sueña con ver a su hijo en las revistas, y Hiroshi que el chaval triunfe por él.  El kendo consiste en concentrar la fuerza en el estómagoCHISTE DE PEDOS.  El kendo es parte fundamental del alma japonesa. Por eso Robert, el vecino americano enamorado de Japón, acabará por apuntarse con Shin Chan, disfrazado de lo que él se imagina que es un samurai, y entre los dos le romperán el alma al sensei. Después de una eternidad tratando que Robert haga seiza, sólo Shin Chan hace notar que el americano tiene las piernas mucho más largas que ellos.  En el kendo, la impaciencia no tiene cabida. Nisae también se engancha y le sale mejor que Hiroshi en sus tiempos.  El kendo empieza y acaba con una cortesíaCHISTE DE PEDOS.  El kendo tiene cuatro golpes básicos: ramen,  wan tun, donburi y esquiar. Y una guardia principal: pilila larga.  El kendo es excelente para la educación de los niños. Y por eso, Shinnosuke hace excelente primer campeonato, llega a la final, y lo deja. Porque se lo ha pasado muy bien y ha hecho amiguitos nuevos, que era lo que quería, y ganar le importa un pimiento.  Y lo cierto es que, como casi siempre en la serie, cualquier adulto puede aprender muchísimo de la despreocupación inocente de Shin Chan. El niño hace kendo con alegría. Musashino no: es hijo, nieto y bisnieto de maestros de kendo y lleva a cuestas una colección de frustraciones competitivas. Debajo de su samu-e y sus geta hay un tipo que no disfruta ni del kendo, ni de nada. Pero es que el resto de los adultos no le van a la zaga: los dos episodios del torneo están sembrados de frases del tipo "humilla a ese idiota", "machácale" "no puedo perder: llevo todo el curso sin tocar un vídeojuego para nada", "haz trampas", "hazle daño a ese niño", y "llevas los calzoncillos del revés". Shin Chan acaba por llegar a la final precisamente gracias a que carece de presión. Otros instructores amenazan y golpean a los niños, mientras tú estás viendo la tele y recuerdas a Hiroshi asándose la planta de los pies.    De tal modo que la mayor victoria del campeonato es la de Musashino sensei, que pasa de ser un pringao sin alumnos a llevarse al My Way a los críos de Kasukabe, que están hartos de amenazas, insultos y malos rollos. Bueno, Musashino un pringao sigue siendo, pero un pringao feliz, que es de lo que al final trata esta serie. De ser feliz.  Si te gusta Shin Chan, este post no te hace falta. Si te gusta el kendo, es necesario que veas estos episodios.

¿Pero ha venido Nanako o no?

Los Noara además rebosan una envidiable alegría de vivir. Hiroshi enseña a sus hijos a comer sushi con las manos; los chistes de pedos abundan por doquier; hay personajes mentirosos, albañiles chapuzas e idiotas que ascienden. Yoshito Usui (que en paz descanse) se ha reído muy fuerte del sistema educativo, empresarial y social de su país. De las geishas, del pasado histórico y las películas de monstruos: Japón es una imagen mental, y Shinnosuke Noara ha nacido para hundirla.

Con esta premisa, era inevitable que antes o después el pequeño probara el kendo, como hizo su padre en la escuela. El maestro Kenta Musashino, un treintañero que anda por Kasukabe vestido a la manera tradicional (lo voy a repetir: Musashino), conoce por casualidad a Shin Chan en el parque y descubre en él cualidades innatas para convertirse en campeón de kendo. Tan impresionado queda que ofrece a los padres clases gratuitas en su dojo, el My Way (en serio). Y como al chaval le hace gracia y mamá Nisae no deja escapar un ofertón, Shin Chan se pasará 17 episodios dale que dale con el shinai.

A través de Shin Chan aprenderemos todo aquello que ya sabemos:

El kendo es beneficioso para construir carácter. Es tan tan beneficioso el kendo que de joven papá Hiroshi metió el pie en una sartén ardiendo para lesionarse y poder dejar el club del colegio de una puñetera vez.

Si llevas un tiempo leyendo este blog, te habrás dado cuenta de que si hay algo que me guste más que el kendo es tocar las narices. No podía ser de otra manera que mis otras series favoritas fueran Los Simpsons y Shin Chan.  Ambas tienen mucho en común, principalmente el defenestramiento sistemático de la clase media, el amor a los animales, la épica del fracaso social y eso sí, el valor inamovible de la familia, que es lo único que parece resistir la mala leche de los guionistas de ambas series.   ¿Pero ha venido Nanako o no? Los Noara además rebosan una envidiable alegría de vivir. Hiroshi enseña a sus hijos a comer sushi con las manos; los chistes de pedos abundan por doquier; hay personajes mentirosos, albañiles chapuzas e idiotas que ascienden. Yoshito Usui (que en paz descanse) se ha reído muy fuerte del sistema educativo, empresarial y social de su país. De las geishas, del pasado histórico y las películas de monstruos: Japón es una imagen mental, y Shinnosuke Noara ha nacido para hundirla.  Con esta premisa, era inevitable que antes o después el pequeño probara el kendo, como hizo su padre en la escuela. El maestro Kenta Musashino, un treintañero que anda por Kasukabe vestido a la manera tradicional conoce por casualidad a Shin Chan en el parque y descubre en él cualidades innatas para convertirse en un campeón de kendo. Tan impresionado queda que ofrece a los padres clases gratuitas en su dojo, el My Way (en serio). Y como al chaval le hace gracia y mamá Nisae no deja escapar un ofertón, Shin Chan se pasará 17 episodios dale que dale con el shinai.  A través de Shin Chan aprenderemos todo aquello que ya sabemos:  El kendo es beneficioso para construir carácter. Es tan tan beneficioso el kendo que de joven papá Hiroshi metió el pie en una sartén ardiendo para lesionarse y poder dejar el club del Instituto de una puñetera vez.  El kendo es un apreciado patrimonio nacional. Tanto que el dojo de Musashino sensei no tiene más alumno que Shin Chan y se cae a cachos.  El kendo es el arte del refinamiento personal, de la disciplina. Nisae sueña con ver a su hijo en las revistas, y Hiroshi que el chaval triunfe por él.  El kendo consiste en concentrar la fuerza en el estómagoCHISTE DE PEDOS.  El kendo es parte fundamental del alma japonesa. Por eso Robert, el vecino americano enamorado de Japón, acabará por apuntarse con Shin Chan, disfrazado de lo que él se imagina que es un samurai, y entre los dos le romperán el alma al sensei. Después de una eternidad tratando que Robert haga seiza, sólo Shin Chan hace notar que el americano tiene las piernas mucho más largas que ellos.  En el kendo, la impaciencia no tiene cabida. Nisae también se engancha y le sale mejor que Hiroshi en sus tiempos.  El kendo empieza y acaba con una cortesíaCHISTE DE PEDOS.  El kendo tiene cuatro golpes básicos: ramen,  wan tun, donburi y esquiar. Y una guardia principal: pilila larga.  El kendo es excelente para la educación de los niños. Y por eso, Shinnosuke hace excelente primer campeonato, llega a la final, y lo deja. Porque se lo ha pasado muy bien y ha hecho amiguitos nuevos, que era lo que quería, y ganar le importa un pimiento.  Y lo cierto es que, como casi siempre en la serie, cualquier adulto puede aprender muchísimo de la despreocupación inocente de Shin Chan. El niño hace kendo con alegría. Musashino no: es hijo, nieto y bisnieto de maestros de kendo y lleva a cuestas una colección de frustraciones competitivas. Debajo de su samu-e y sus geta hay un tipo que no disfruta ni del kendo, ni de nada. Pero es que el resto de los adultos no le van a la zaga: los dos episodios del torneo están sembrados de frases del tipo "humilla a ese idiota", "machácale" "no puedo perder: llevo todo el curso sin tocar un vídeojuego para nada", "haz trampas", "hazle daño a ese niño", y "llevas los calzoncillos del revés". Shin Chan acaba por llegar a la final precisamente gracias a que carece de presión. Otros instructores amenazan y golpean a los niños, mientras tú estás viendo la tele y recuerdas a Hiroshi asándose la planta de los pies.    De tal modo que la mayor victoria del campeonato es la de Musashino sensei, que pasa de ser un pringao sin alumnos a llevarse al My Way a los críos de Kasukabe, que están hartos de amenazas, insultos y malos rollos. Bueno, Musashino un pringao sigue siendo, pero un pringao feliz, que es de lo que al final trata esta serie. De ser feliz.  Si te gusta Shin Chan, este post no te hace falta. Si te gusta el kendo, es necesario que veas estos episodios.El kendo es un apreciado patrimonio nacional. Tanto que el dojo de Musashino sensei no tiene más alumno que Shin Chan y se cae a cachos.

El kendo es el arte del refinamiento personal, de la disciplina. Nisae sueña con ver a su hijo en las revistas, y Hiroshi que el chaval triunfe por él.

El kendo consiste en concentrar la fuerza en el estómagoCHISTE DE PEDOS.

El kendo es parte fundamental del alma japonesa. Por eso Robert, el vecino americano enamorado de Japón, acabará por apuntarse con Shin Chan, disfrazado de lo que él se imagina que es un samurai, y entre los dos le romperán el alma al sensei. Después de una eternidad intentando que Robert haga seiza, sólo Shin Chan hace notar que el americano tiene las piernas mucho más largas que ellos.

En el kendo, la impaciencia no tiene cabida. Nisae también se engancha y le sale mejor que Hiroshi en sus tiempos.

El kendo empieza y acaba con una cortesíaCHISTE DE PEDOS.

El kendo tiene cuatro golpes básicos: ramen,  wan tun, donburi y esquiar. Y una guardia principal: pilila larga.

El kendo es excelente para la educación de los niños. Y por eso, Shinnosuke hace un excelente primer campeonato, llega a la final, y lo deja. Porque se lo ha pasado muy bien y ha hecho amiguitos nuevos, que era lo que quería, y ganar le importa un pimiento. Y porque empieza Ultrahéroe en la tele.

Y lo cierto es que, como casi siempre en la serie, cualquier adulto puede aprender muchísimo de la despreocupación inocente de Shin Chan. El niño hace kendo con alegría. Musashino no: es hijo, nieto y bisnieto de maestros de kendo y lleva a cuestas una colección de frustraciones competitivas. Debajo de su samu-e y sus geta hay un tipo que no disfruta ni del kendo ni de nada. Pero es que el resto de los adultos no le van a la zaga: los tres episodios del torneo están sembrados de frases del tipo “humilla a ese idiota”, “machácale” “no puedo perder: llevo todo el curso sin tocar un vídeojuego para nada”, “haz trampas”, “hazle daño a ese niño” y “llevas los calzoncillos del revés”. Shin Chan acaba por llegar a la final precisamente gracias a que carece de presión. Otros instructores amenazan y golpean a los niños, mientras tú estás viendo la tele y recuerdas a Hiroshi asándose la planta de los pies.

Si llevas un tiempo leyendo este blog, te habrás dado cuenta de que si hay algo que me guste más que el kendo es tocar las narices. No podía ser de otra manera que mis otras series favoritas fueran Los Simpsons y Shin Chan.  Ambas tienen mucho en común, principalmente el defenestramiento sistemático de la clase media, el amor a los animales, la épica del fracaso social y eso sí, el valor inamovible de la familia, que es lo único que parece resistir la mala leche de los guionistas de ambas series.   ¿Pero ha venido Nanako o no? Los Noara además rebosan una envidiable alegría de vivir. Hiroshi enseña a sus hijos a comer sushi con las manos; los chistes de pedos abundan por doquier; hay personajes mentirosos, albañiles chapuzas e idiotas que ascienden. Yoshito Usui (que en paz descanse) se ha reído muy fuerte del sistema educativo, empresarial y social de su país. De las geishas, del pasado histórico y las películas de monstruos: Japón es una imagen mental, y Shinnosuke Noara ha nacido para hundirla.  Con esta premisa, era inevitable que antes o después el pequeño probara el kendo, como hizo su padre en la escuela. El maestro Kenta Musashino, un treintañero que anda por Kasukabe vestido a la manera tradicional conoce por casualidad a Shin Chan en el parque y descubre en él cualidades innatas para convertirse en un campeón de kendo. Tan impresionado queda que ofrece a los padres clases gratuitas en su dojo, el My Way (en serio). Y como al chaval le hace gracia y mamá Nisae no deja escapar un ofertón, Shin Chan se pasará 17 episodios dale que dale con el shinai.  A través de Shin Chan aprenderemos todo aquello que ya sabemos:  El kendo es beneficioso para construir carácter. Es tan tan beneficioso el kendo que de joven papá Hiroshi metió el pie en una sartén ardiendo para lesionarse y poder dejar el club del Instituto de una puñetera vez.  El kendo es un apreciado patrimonio nacional. Tanto que el dojo de Musashino sensei no tiene más alumno que Shin Chan y se cae a cachos.  El kendo es el arte del refinamiento personal, de la disciplina. Nisae sueña con ver a su hijo en las revistas, y Hiroshi que el chaval triunfe por él.  El kendo consiste en concentrar la fuerza en el estómagoCHISTE DE PEDOS.  El kendo es parte fundamental del alma japonesa. Por eso Robert, el vecino americano enamorado de Japón, acabará por apuntarse con Shin Chan, disfrazado de lo que él se imagina que es un samurai, y entre los dos le romperán el alma al sensei. Después de una eternidad tratando que Robert haga seiza, sólo Shin Chan hace notar que el americano tiene las piernas mucho más largas que ellos.  En el kendo, la impaciencia no tiene cabida. Nisae también se engancha y le sale mejor que Hiroshi en sus tiempos.  El kendo empieza y acaba con una cortesíaCHISTE DE PEDOS.  El kendo tiene cuatro golpes básicos: ramen,  wan tun, donburi y esquiar. Y una guardia principal: pilila larga.  El kendo es excelente para la educación de los niños. Y por eso, Shinnosuke hace excelente primer campeonato, llega a la final, y lo deja. Porque se lo ha pasado muy bien y ha hecho amiguitos nuevos, que era lo que quería, y ganar le importa un pimiento.  Y lo cierto es que, como casi siempre en la serie, cualquier adulto puede aprender muchísimo de la despreocupación inocente de Shin Chan. El niño hace kendo con alegría. Musashino no: es hijo, nieto y bisnieto de maestros de kendo y lleva a cuestas una colección de frustraciones competitivas. Debajo de su samu-e y sus geta hay un tipo que no disfruta ni del kendo, ni de nada. Pero es que el resto de los adultos no le van a la zaga: los dos episodios del torneo están sembrados de frases del tipo "humilla a ese idiota", "machácale" "no puedo perder: llevo todo el curso sin tocar un vídeojuego para nada", "haz trampas", "hazle daño a ese niño", y "llevas los calzoncillos del revés". Shin Chan acaba por llegar a la final precisamente gracias a que carece de presión. Otros instructores amenazan y golpean a los niños, mientras tú estás viendo la tele y recuerdas a Hiroshi asándose la planta de los pies.    De tal modo que la mayor victoria del campeonato es la de Musashino sensei, que pasa de ser un pringao sin alumnos a llevarse al My Way a los críos de Kasukabe, que están hartos de amenazas, insultos y malos rollos. Bueno, Musashino un pringao sigue siendo, pero un pringao feliz, que es de lo que al final trata esta serie. De ser feliz.  Si te gusta Shin Chan, este post no te hace falta. Si te gusta el kendo, es necesario que veas estos episodios.

La técnica secreta del pollo kung pao

De tal modo que la mayor victoria del campeonato es la de Musashino sensei, que pasa de ser un pringao sin alumnos a llevarse al My Way a los críos de Kasukabe, que están hartos de amenazas, insultos y malos rollos. Bueno, Musashino un pringao sigue siendo, pero un pringao feliz, que es de lo que al final trata esta serie.

Si te gusta Shin Chan, este post no te hace falta. Si te gusta el kendo, es necesario que veas estos episodios.

¿Y por qué os lo cuento en vez de poneros un vídeo, que para eso es viernes?

Hasta hace poco, varios de los episodios del arco estaban disponibles en español. Este con subtítulos en inglés es el único que queda. Han ido cayendo uno por uno por motivos de copyright, aunque podéis encontrarlos en servidores de torrent y de intercambio de archivos. He intentado subir los míos, pero ninguna plataforma los admite ya.

O también podéis pedirle a LUK Internacional que los añada a la web oficial de la serie. Otra cosa es que nos hagan caso.

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