¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Month: febrero 2015

Vídeo: Desafío en el Dojo Nakamura

El otro día apareció esto por la Kendosfera, y amigos, cómo resistirse:

Así que decidimos pedir consejo a los amigos de Contacto Japón para que nos tradujeran algo del vídeo. Se trata de un programa “de chicas” de la cadena local Miyazaki Cable TV titulado Buriri anto Joshi Bu, algo así como “las chicas brillantes”, en cada uno de cuyos episodios asumen retos como reporteras. En este, Nakamura sensei se presta a la broma y afirma muy serio que “una cara bonita también puede aprender el arte de la espada”. La televisión japonesa es conocida por su iconoclastia. La mayoría recordamos las Zamburguesas del descarrachante concurso El Castillo de Takeshi, que en España conocimos con el título de Humor Amarillo.  Si un programa de TV de aquí se acercara a un arte marcial japonesa como es el iaido tirando del tópico de la rubia, estaríamos viendo explotar cabezas en hilera; sin embargo, a los propios japoneses parece no molestarles, al menos no a los japoneses que hacen tele o publicidad. De hecho, es un youtuber occidental el que comenta en inglés “vaya, al tal Iai Mania le gusta bastante ponerse delante de las cámaras”, con ese tono que los españoles definimos como retintín.

Con la poca información de que disponemos parece algo injusto hablar de machismo en el vídeo, pero es imposible no reparar en el estereotipo. Y lo cierto es que, si bien el problema del machismo en Japón es innegable, el Dojo Nakamura afirma en su perfil que hombres y mujeres son bienvenidos y que las practicantes gozan de instalaciones y vestidor propio desde la reforma de 2010. Takashi Nakamura sensei, al que conocéis en Facebook con el apodo de Iai Mania, lleva más de 30 años practicando iaido y 25 representando a la prefectura de Miyazaki en campeonatos y taikais de todo Japón.

Cuánto pesa un zekken (II)

Anochece a las seis de la tarde en esta época del año, así que no puedo decir que sea importante que sea de noche, pero es de noche. Son las ocho y conduzco calculando el tiempo, pensando cuánto tardaré en aparcar y cuánto tardaré en volver para dar el pecho a mi hija de siete semanas. Dejo atrás Atocha y esta vez giro al contrario. Suena Baba O’Reily. He aprendido a usar un sacaleches, y mi marido a dar biberones, y mi madre ahora vuelve a acostar bebés. Y creo que todo esto también es un poco kendo.

Hace poco menos de un año escribía

Lo que más pesa no es el bogu ni el equipaje: lo que más pesa es el zekken. Llevas a todo tu dojo contigo. Llevas a cuestas a tus instructores, a tus senpai, a todas tus compañeras y compañeros, y flota por encima de ti esa ansiedad de estar a la altura de tus anfitriones, y de todos los que te acompañan a diario.

Me pongo el bogu y siento el peso de mis kilos de más. Siento el peso de mis piernas reblandecidas, y el peso de un suelo que mis pies no conocen todavía. Siento el peso de los muchos meses sin tai atari, sin keiko. Siento el peso de estar a la altura de mis anfitriones, y el peso de las enseñanzas que recuerdo.

Mantén el centro. 

Más cuerpo ahí.

Koté, chudan.

Pero el zekken no pesa nada.

No creo que los kendokas seamos los únicos en construir vínculos profundos: seguro que los montañeros o los corredores o los ciclistas pueden darnos lecciones a este respecto. Kendo es vida (esto lo dice mucho el Profe Statham, y también es una enseñanza que me llevo) y he desarrollado con los años una gran confianza con personas con las que no puedo entrenar todos los días, incluso viéndonos un puñado de ocasiones al año. No puedo negar que una siente pertenecer a una familia, pero llegado el momento he tenido que aprender que la familia es, si acaso, todos y todas las que hacemos kendo. También escribí en ese mismo post que uno no cambia de dojo porque otro le pille más cerca; pero cuando llega el momento, sea por la circunstancia que sea, sea queriendo o sin querer, kendo es kendo en todas partes. Kendo es vida. Y no puedes permitirte dejar de vivir.

Gracias a que no siento el peso del zekken en la cadera puedo sentir, de hecho, el peso de cuanto me han enseñado hasta ahora. Y sentir también que no estoy sola, que mis compañeras y compañeros me acompañan sobre este suelo diferente y más pronto que tarde nos vamos a cruzar como si nada; anda que a Latiguillo le va a importar mucho qué zekken lleve cuando trate de hacerme volar el shinai ni Bombardero va a dejar de distraerme a traición a la que me descuide. Los demás, las demás, sabéis quiénes sois y también estáis conmigo en cada men que tiro (lo cual lo mismo no os hace ninguna gracia, porque MADRE MÍA).

Son las once menos diez de la noche y vuelo camino de Atocha, giro a la izquierda hacia el sureste. El Oldie anda pinchando cosas de Van Halen. Me duele el cuerpo después de aguantar apenas una hora de kendo y tengo ampollas en las manos como si fuera la primera vez que cojo mi shinai, pero el alma no me duele salvo cuando me acuerdo de los keikos. Suspiro aliviada cuando me dicen que mi hija se ha pasado las tres horas durmiendo y todavía no sé que mi padre ha decidido volver al karate, después de 20 años de parón, y todo esto también es kendo.

© 2017 ¿que haces QUÉ?

Theme by Anders NorenUp ↑

A %d blogueros les gusta esto: