¿que haces QUÉ?

Kendo. ¿Kempo? No, kendo. ¿Kenzo? No, kendo, el arte marcial ¿Judo? No, kendo. ¿Tendo? No, mira, te lo explico aquí que acabamos antes

Month: marzo 2014 (page 1 of 2)

El post de Los Siete Samurais

En 1950, Akira Kurosawa llevó el cine de samurais al mainstream mundial con un ejercicio narrativo disfrazado de cine de época: Rashomon. Académicos, cineastas y críticos se pusieron en seiza y se dejaron seducir por una cinematografía de bambú, kimonos, guerreros con katana y amantes crucificados, que parecía haber vivido aislada del mundo exterior.

Nada más lejos. Los cineastas japoneses se sabían al dedillo parámetros como el expresionismo, el cine negro, y en el caso de Kurosawa, el western. Un género al que este otaku al revés reverenciaba con tanta pasión como Luis Buñuel le profesaba.

Uy, perdón. Me he liado.

En 1954, el festival de Venecia volvió a ovacionar un estreno de Akira Kurosawa: Los Siete Samurais. Una historia que no arranca con la llegada del tren pero sí con las penurias bajo el sol de una aldea de campesinos olvidada en mitad de un feudo cualquiera. Un territorio sin ley donde forajidos enmascarados campan a sus anchas. El Daimyo no va a aparecer para mantener el orden y nadie le espera.

Hasta que el viejo Gisaku tiene una idea: alquilar ronin como protección. Con el inconveniente de que para contratar ronin hay que pagar, y en la aldea no quedan más que unos pocos sacos de arroz. Afortunadamente se cruzan con Kenbei, un viejo y curtido samurai que acepta el trabajo por comida, aunque de lo que Kenbei está realmente hambriento es de dignidad. Kenbei es menos que un samurai sin señor: es un samurai derrotado en batalla. Su profundo sentido de la ética no le ha ayudado a mantener su clase social. Al viejo ronin se une Shichiroji, un antiguo camarada; dos guerreros venidos a menos que pasaban por allí; Katsuhiro, un chaval que desea convertirse en samurai más que nada en el mundo… a pesar de no ser de familia samurai, sino el hijo pequeño de un rico comerciante. Un pie tierno, vamos. Y por último, Kikuchiyo. Un mangante borracho, gambitero y lenguaraz. Un saqueador de cadáveres, un Han Solo con katana. Sabe mejor que los viejos samurai lo que significa sobrevivir, precisamente, a los abusos de los samurai.

Kikuchiyo (que por supuesto tiene la cara de Toshiro Mifune) es un campesino disfrazado. Un samurai de mentira.

Porque esto no es cine de samurais. Es cine de Kurosawa. Y ya sabemos que a Kurosawa (y a su guionista habitual, Hideo Oguni) le chiflan los perdedores.

En muchas películas del maestro el concepto de clase u honor se sostiene simbólicamente sobre la ausencia de armas: la princesa Yuki de La Fortaleza Escondida no lleva una espada, pero sí una vara de bambú. En este caso, los ronin llevan sus armas, tienen que luchar para sobrevivir. Gorobei y Kyuzo son maestros del arco y la espada: su habilidad no les ha llevado a ser ronin, sólo la mala suerte. Lo que sí define a Kikuchiyo es su forma de llevar el sable, a lo loco y de cualquier manera. Un desprecio a la casta que mató a sus padres; y otro recordatorio de que el hábito, o los accesorios, no hacen al guerrero, ni le da un alma, ni nada de nada.

En cambio, un elemento simbólico clave para describir el viaje interior de los personajes es el vestuario: samurais y campesinos arrancan la película casi desnudos, con harapos el más afortunado. Algunos terminarán la película [OJOCUIDAO] muertos, pero todos vestidos, limpios. En una cultura que ha hecho de la higiene una obsesión y de la etiqueta una religión, no es este un detalle de atrezzo.

Otro elemento fundamental es el clima. Un sol abrasador al principio, lluvia y barro en los peores momentos, y por fin ls primavera y con ella la siembra del arroz. En los Jidai-geki de Kurosawa es frecuente la presencia de campesinos entre los personajes principales. En esta obra, los samurai sólo podrán ganar la batalla (y por ende recuperar su honor) aliándose con los campesinos de la aldea; y estos, a su vez, tendrán que aprender a armarse con lanzas y mosquetes y luchar a brazo partido si quieren tener una oportunidad de sobrevivir. Unos y otros trascienden las normas de clase que regían el Japón del Shogunato.

Es este un tema clave para entender esta película, ni mucho menos insólito en el cine japonés, pero con el aditivo de que no hay un precio a pagar por trascender la clase: en esta historia [OJOCUIDAO] las cosas salen bien. Hay muchos muertos, como no podría ser de otro modo (tenía que venir Joss Whedon a recordarnos a los gaijin que cuando te pegas con los malos alguien muere siempre). Pero esas muertes son sacrificios por el bien mayor: la derrota de los forajidos y la supervivencia de la aldea. Las muertes no son un precio a pagar. Kenbei y Shichiroji han sobrevivido a la batalla, otra vez, ahora satisfechos. Katsuhiro se encuentra a sí mismo, pero no muriendo heroicamente sino luchando nada más, porque ha encontrado el amor por el camino y ahora siente esa tierra como suya. Sus errores tienen consecuencias graves, pero nadie ve necesario sajarse las tripas por ello. Hay tiempo para el humor, y para que los campesinos entiendan que se lo tienen que currar solos. Una apuesta por la iniciativa individual en un periodo donde todo parecía estar medido y marcado por las castas. Hay quien ha visto en esto un mensaje sobre la modernidad: a partir de ahora, es el tiempo de los campesinos. El samurai, lo que quiera que signifique esa palabra, se hace.

 En 1960 John Sturges decidió adaptar al western Los Siete Samurais, demostrando que no se había enterado de nada pero dando lugar a una de las mejores películas del Oeste. Los siete magníficos fue a su vez carne de remake en la desparramada Los siete magníficos del espacio (escrita, por cierto, por un jovencísimo John Sayles) y se habla de una nueva versión. La historia de Kurosawa y Oguni sigue estando entre las más prestigiosas cintas de todos los tiempos, y se sigue cargando la idea que tenemos del guerrero impoluto, bondadoso por genética y atado a una reluciente espada.

 

Ahora acaba de salir una nueva edición de sus tres horazas en BluRay, restaurada por la Colección Criterion y con todos los extras que un fan pudiera soñar. Desde ayer se puede ver online en Filmin.

Referencias:

Chris Fujiwara: Cannon Fodder: what it means to call Seven Samurai a great film.

Aint’it Cool News: Nordling’s Samurai Sunday. Seven Samurai.

GIZMODO: How Criterion restores a film.

¿Qué hago yo corriendo por esta montaña arriba y abajo?

Empezamos hoy a traducir, con su permiso, algunos de los interesantes posts del dojo Nanseikan de Melbourne, Australia. El autor del blog de Nanseikan es su instructor Ben Sheppard: son reflexiones surgidas directamente de la enseñanza y la práctica diaria, y vienen a demostrar, entre otras cosas, que lo que nos intriga y seduce del kendo trasciende fronteras. Incluso hemisferios.

Por Caleb Paul, miembro del Melbourne Nanseikan.

 

 

Caleb corriendo el Monte Tiger de Taiwan

¿Que por qué corro por una montaña en esta foto (lo hago cinco veces al día, además con todas esas escaleras? Fijaos en lo que dice este artículo sobre crosstraining en Runners World.

Hay tres razones fundamentales por las que combino entrenamientos:

1. Esta quizá no se aplique a muchos de vosotros: como soy viejo, tengo que variar mi entrenamiento para no lesionarme ni quemarme al repetir y repetir y repetir. Desde el punto de vista del físico, simplemente no podría hacer kendo a diario.

Gracias al senderismo, la MTB, el gimnasio y algo de surf, soy capaz de hacer ejercicio cada día (más de una vez al día a veces, en realidad), y tener una forma que me sería imposible de obtener si solamente hiciera kendo. Para que os hagáis una idea, entre esto y una mejora en la dieta he perdido más de 17 kilos en once meses que llevo en Taiwan; y puedo aguantar en rutas largas más que muchos de mis compañeros diez años más jóvenes. Hace unos pocos meses fui de excursión a un templo en las afueras de Taipei con uno de mis mejores amigos aquí, que está bastante bien de forma. Queríamos comprobar cuánto nos llevaría subir los 1200 escalones: 14 minutos. Eso son 1,43 pasos por segundo. Yo no me entreno en un sentido convencional, no hago pesas, sino que busco sesiones cortas, muy intensas, no para ganar fuerza sino forma. De esas que te tienen todo el tiempo resoplando, pero que son las que necesitas para no resoplar en un kakari geiko, por ejemplo.

Mirad este vídeo:


(este tipo tiene un montón de vídeos buenos)

2. Durante los últimos meses he estado peleando con una lesión realmente molesta entre el pulgar y la muñeca. Otra vez: si solamente hiciera kendo, no entrenaría nada. He tenido que dejar de entrenar como un burro en kendo y medirme más, y trabajo físico de otros modos. Si una parte de mi cuerpo se lesiona puedo modificar el énfasis de mi entrenamiento. ¿Me duele el hombro? Hago más senderismo o más bici. ¿Me duele el tobillo? Hago más tronco superior y core.

3. Finalmente, la motivación es un factor importante para mí. Soy del tipo de persona que se aburre haciendo lo mismo todo el rato: no podría hacer kendo a diario tampoco desde el punto de vista psicológico. Haciendo más actividades me mantengo fresco mentalmente y mi entusiasmo por el kendo sigue por las nubes. El cross training consigue también que cuando me atasco (0 me aburro) con mi kendo no me desanime: no siento que todo es un asco. Combinar no parece muchas veces “entrenar” (aunque los pulmones digan lo contrario), porque es muy divertido.

(C) Caleb Paul 2008

Pincha aquí para leer el original en inglés.

Mi técnica favorita: José Antonio Pérez

Si de mayor quieres ser como alguno de ellos, te interesará saber cuál es su técnica favorita (o la que les provoca pesadillas).

 

José Antonio en el Trofeo de Kendo Ciudad de Vitoria 2012Una técnica favorita se gesta cuando todavía no tienes los conocimientos técnicos pero el instinto trabaja por dos; y repites, repites… Mi técnica ha sido siempre Kote: una mezcla de debana con ataque directo.

Se evoluciona en kendo como en Pokemon, y utilizas más variedad, pero “tu técnica” siempre está ahí. De la que tiras cuando la cosa está chunga o necesitas resultados más o menos inmediatos. Reconozco que ahora me gusta mucho trabajar Men, pero la mía es koté.

 

 

 

 

 

 

Si quieres compartir con nosotros tu técnica (o kata) favorito, o aquella que te provoca sudores fríos, escríbenos. Cuantos más seremos más reiremos aprenderemos.

Foto: ¡Oh dichosa ventura!

Haz click en la imagen para verla en tamaño grande.

Kendo no kata, dojo de la Universidad de Navarra (España)Cuando se ha empleado todo el caudal del alma, sólo queda el gozo.

 

Lo vio Raúl Riesco en el dojo de la Universidad de Navarra (España), en marzo de 2014.

Canon EOS 1100D

ISO 1600

f= 5,0

Homenaje a la vaca

Entreno cinco días por semana y tengo que cambiar la bolsa todas las tardes: kendo-iaido-kendo-iaido-kendo. Y he llegado a una edad en la que puedo asumir sin complejo alguno que no sé dónde pongo la cabeza. Lo que me salva el culo la vida es llevarlo siempre todo junto, salvo la ropa y el obi.

Y ahí es cuando entra en escena mi segunda mejor amiga (después del sujetador).

vaca

La vaca es más grande que un neceser, lavable, y tiene asas para llevármela en los cursos y no tener que andar cargando con la bolsa grande de un sitio a otro. La tengo desde que empecé a entrenar y ha demostrado ser mucho más útil que el neceser porque cabe TODO. Y es que entre mis imprescindibles para el vestuario se encuentran nada más y nada menos que:

  • Bote de champú. Procuro llevar un bote de tamaño medio y que pueda utilizar también como gel. Lo que vale para la piel no tiene por qué valer para el cabello, pero según mi experiencia, el daño es menor al revés. Las botellas de cosméticos tienen la sana afición de abrirse y desparrarmarse por la bolsa a la menor oportunidad, especialmente ANTES del entrenamiento, nunca después. Mi solución, luego de asumir que soy torpe, ha sido un frasco rellenable con tapón de rosca. No tiene ningún glamour ducharse con un bote rellenado de colutorio dental, pero es más ligero que un frasco entero de champú y sobre todo puedo rellenarlo con el producto que necesito.
  • Cepillo para el pelo. Y coleteros. Muchos coleteros. De todos los colores.
  • Cortauñas. Sí, hacedme caso. Os vendrá bien, y a la humanidad en general. En serio, chicos.
  • Un rollo de esparadrapo.
  • Un rollo (o paquete) de tiritas.
  • Unas tijeritas.
  • Trombocid.
  • Un Kit Reglote. Con eso tengo cubierto además el asunto analgésicos si el tortazo ha sido épico y voy a pasar el resto del día o la tarde por ahí.
  • Un kit de arreglo de shinai “mini”: un nakayui, una lija y un trapito húmedo.
  • Más toallitas húmedas. ¿Recordáis aquel curso en pleno diciembre cuando se estropeó el agua caliente? Yo ya no.
  • Una caja de gasas. No, no llevo tampoco un desfibrilador, pero tengo los pies un poco cavos, y el tarsiano medio hundido: si voy a entrenar más de un par de horas intento almohadillar el puente para amortiguar el roce y evitar ampollas y hematomas extra.
  • Un tenugui. Porque se me olvidan. Siempre.

 

Herberwest me ha contado además qué lleva él:

  • Otro cortauñas. Y no miramos a nadie.
  • Polvos de talco o polvos para pies. Además de por higiene, son una buena ayuda para el iaidoka cuando la tarima está demasiado sucia o demasiado seca para deslizarse. OJO al transporte: son muy escandolosos si se desparraman. Por el dojo aún recordamos aquella tarde en la que todos acabamos utilizando los polvos porque fue la única manera de quitar el sobrante de la tarima.
  • Set de limpieza de iaito (del cual me aprovecho también yo que para eso están las esposas y del que hablará Tsukiyomi dentro de unos días).

Cuando tenemos un curso largo, añadimos el botiquín kendoka  y algunas cosas más.

¿Y vosotros? ¿Qué lleváis en la mochila?

 

 

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